monforte / la voz

Por lo menos está el edificio construido. Es la frase de consuelo que más se oye en Sober desde que el proyecto de hotel de lujo de la empresa Alvaher 98 empezó a dar síntomas evidentes de naufragio. Primero fueron comentarios en voz baja sobre impagos a los suministradores de material, después las quejas del personal por retrasos en las nóminas y el griterío final llegó con el expediente de regulación de empleo que expiró el pasado marzo. Ese mes, el Palacio de Sober tenía que haber reabierto sus puertas, pero aún hoy sigue cerrado. Nadie sabe qué va a pasar con el proyecto, que abrió con 36 trabajadores, una inversión inicial de 5,2 millones (todo apunta a que el gasto final fue bastante superior) y unas ayudas públicas que suman la friolera de 4,6 millones de euros.

Los discursos del 6 de octubre del 2010, el día de la inauguración del hotel, insistieron en el concepto del sueño hecho realidad. No era para menos. En tres años, se había levantado un edificio de cuatro plantas y 4.000 metros cuadrados en cuatro plantas sobre las ruinas -ilustres, pero ruinas- de la vieja sede de los López de Lemos, una de las estirpes nobiliarias más antiguas de Galicia. El primer cinco estrellas de la provincia de Lugo nacía con aspiraciones de gran lujo y para un turismo prácticamente inédito en la Ribeira Sacra, capaz de pagar 320 euros por una noche -el precio de la más económica de las 43 habitaciones del palacio-.

Inexperiencia y poco respaldo

La experiencia nacía de la mano de la empresa de Ángel Vaquero, un industrial cárnico madrileño que había diversificado su actividad invirtiendo también en el negocio inmobiliario. Sober era su primera experiencia en hoteles. Parece evidente que su inexperiencia en este mercado le ha pasado factura. Había alcanzado un acuerdo de colaboración con el grupo hotelero Husa, pero solo duró unos meses.

Según las fuentes consultadas, el nivel de ocupación nunca alcanzó los objetivos esperados, pero la empresa no quisieron rebajar sus expectativas y ajustar precios en busca de otra clientela. Eso y la falta de un grupo hotelero detrás capaz de asumir pérdidas y de introducir el hotel en su circuito hicieron el resto.

En estos momentos, el hotel solo emplea a cuatro personas en labores de simple mantenimiento. Se trata de que el edificio no se deteriore hasta que los dueños encuentren una salida al embrollo, con una nueva inyección de dinero para reflotarlo o encontrando comprador. Y quien sabe si también de no incumplir las condiciones de las ayudas públicas. La más cuantiosa, el crédito a bajo interés concedido por el Banco Europeo de Inversiones en el 2009 obligaba a la empresa a mantenerlo con actividad al menos cinco años. Es decir, hasta que termine este año.

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El Palacio de Sober, un sueño que no duró más que cuatro años