Cuando papá pone las carpas, los niños montan el circo

El Circo Alves es un ejemplo de este tipo de espectáculos que recorren Galicia y España al amparo de una familia


lugo / la voz

La familia, como reflejaron las mafias italianas de mediados del siglo XX, muchas veces deja de ser una agrupación de personas con lazos sanguíneos entre sí para pasar a convertirse en una empresa, una asociación en la que cada uno juega un papel para mantener el negocio vivo. Eso es lo que hoy sobrevive de lo que fueron los grandes circos que viajaron por España a la sombra de Los payasos de la tele. Miliki, Gabi y Fofó inspiraron a una generación de artistas que rápidamente trabajaron para crear un nuevo circo, uno en el que no solo los animales y la magia tuviesen protagonismo, sino también los números de humor.

Pero aquella gran época pasó y ahora, como sucede en los negocios, solo las familias más fuertes e innovadoras sobreviven a una época que subsiste diezmada por tiempos pasados. Así lo cuenta Toni Fernández, representante del Circo Alves, uno de los pocos espectáculos que ha superado el bum circense de hace dos décadas y que hoy en día trabaja duro hacia un futuro prometedor. «A xente cansouse daqueles circos que anunciaban de todo e logo non daban nada. Aquilo fixo moito dano aos que anunciaban o que realmente había porque algúns agora acoden con certo escepticismo», asegura.

Origen portugués, en 1956

El suyo, el que representa desde hace dos años y que estos días recorre Galicia, tiene como pilar fundamental la familia. Este principio de asociación tiene lugar en sus orígenes, en 1956, cuando dos jóvenes portugueses (Amílcar Alves y Estrela de Almeida) decidieron lanzarse a la aventura y actuar en las calles y teatros de las ciudades.

Una década después se puede decir que todo lo que se movía entorno al circo era fruto de una misma unión. Los 18 hijos que tuvo la pareja fueron los artistas, acomodadores, montadores y transportistas de las primeras carpas de los Alves.

Hoy, esa historia, aunque parecida, es de menores proporciones. Dos son las familias descendientes de los primeros Alves que manejan este circo junto a diez artistas ajenos a la historia familiar. Por un lado está uno de los hijos de los fundadores, actualmente padre de familia, que se encarga de montar y desmontar las carpas antes de que comience el espectáculo.

Su mujer, acomodadora, lleva hasta sus sitios a los espectadores con la mirada puesta en el futuro del circo, sus dos hijas, de 14 y 16 años. Dos adolescentes que comienzan a introducirse en el negocio familiar practicando números de equilibrismo en sus ratos libres y acomodando, como su madre, a los espectadores antes de la función. Su tío, cabeza de la otra rama de los Alves, acompaña las tareas circenses con trabajos de publicidad y relaciones públicas para dar a conocer el circo y seguir abriendo puertas en un mundo complicado. Su mujer y otro familiar más se unen a la tarea.

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