La mayoría sufrimos los efectos de la crisis, causando daños irreparables. Paro, pandemias, leyes carentes de justicia, son el pan nuestro de cada día. Paralelo, los gallegos estamos asistiendo a un proceso silencioso de degradación relacionado con la riqueza natural que se suma a la multidimensional crisis. El inicio de este deterioro al que me refiero tiene su origen en los mil embalses construidos a partir de 1945 de forma fraudulenta, al carecer muchas de escalas de salmónidos. Se formó así el mapa que produciría millones de kilovatios, que en un 60% se iría fuera de nuestras fronteras, sin contribuir al desarrollo de Galicia: con la paradoja vigente de gentes con mal servicio a pie de gigantescas centrales, pagando el recibo más alto de Europa.
En los 60 se ofrecía un relativo abanico de modernidad ante los ojos de vecinos, pueblos y empresas. Nadie se imaginaba que las gigantescas barreras de hormigón que cortaban nuestro ríos dejarían a Galicia sin un tesoro: la pesca continental caminaba hacia su desaparición. Por si fuera poco, en la actualidad hay escandalosos vertidos, núcleos de población, empresas dispersas y todo tipo de actividades humanas que usan el agua como medio de transporte de la basura, permitiendo a los contaminadores pagar en función del vertido y de su carga, norma que nuestros vecinos asturianos ven como tolerancia 0.
La norma de pescar sin muerte impuest a los pescadores tiene sentido en época de escasez, pero ¿por qué a los que todo el año destruyen y pescan con muerte no se les aplica la misma ley? Sería bueno que los viejos embalses hagan las escalas de salmónidos que privaron a Galicia de la riqueza piscícola y recordar que las grandes civilizaciones nacen al borde de los ríos. ¡Del agua vivimos y bebemos!