Un grano al final del desierto

LUGO

GARCÍA ARÉVALO

Crónica | Voluntarios de Cruz Roja de Sarria en Tenerife Jaime, Manolo y Alba regresaron con la satisfacción del deber cumplido y con la tristeza de comprobar como cada vez llegan más cayucos con inmigrantes

22 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Los tres voluntarios sarrianos de Cruz Roja que estuvieron durante diez días en Tenerife colaborando en la asistencia a los centenares de inmigrantes que cada día llegan a las costas canarias regresaron ya a casa. En sus mochilas guardan muchas vivencias y la satisfacción del deber cumplido, pero también les acompaña la tristeza de tener casi la certeza de que la situación será cada vez más complicada. El primer contacto con la realidad es calificado por los protagonistas como «dramático». Luego aseguran que la situación ya se interioriza un poco más y que a los dos días ya incluso entendían lo que los senegaleses les decían en dialecto Wolof . La mirada de miedo, cansancio y sufrimiento de todos los que llegaban al puerto, algunos después de 4 días bebiendo únicamente agua de mar dicen que es lo que más les ha marcado. «Al principio nos tienen miedo, pero luego entienden que estamos para ayudarlos y hablan con nosotros. La mano tendida de la Cruz Roja es ya un gesto internacional de solidaridad», dice Jaime Capellá. Las anécdotas se cuentan por decenas, desde la cantidad de personas que vienen vestidas con camisetas del Madrid o del Barcelona hasta la excepción cultural en medio de tanta miseria. «Una persona nos oyó hablar entre nosotros en gallego y se despidió con un 'muito obrigado'. Al ver nuestra sorpresa se dirigió a nosotros para decirnos que hablaba inglés, francés, italiano y portugués», comentó Jaime Capellá. Un dato que refleja la desesperación de estas personas es que una gran mayoría son campesinos de lugares del interior de Senegal que no saben nadar. Sólo una minoría disponen de chaleco salvavidas. El duro trabajo fue soportado sin demasiados problemas por los tres voluntarios sarrianos. Lo que mantienen que llevaron peor fue la tensión de estar esperando la llegada de un cayuco en cualquier momento o la de discriminar a los enfermos según su gravedad. Lo que más les dolió fue comprobar como día a día la llegada de embarcaciones es mayor y en el propio puerto ya casi no es noticia. «Es surrealista ver como se cruzan a pocos metros del puerto un barco con turistas con un cayuco remolcado con más de un centenar de inmigrantes», dijo Jaime Capellá. En todos esos días nunca se sintieron solos, en gran parte debido al exquisito comportamiento de los coordinadores Oswaldo y Austin, el fotógrafo García Arévalo y la familia sarriana Alarcón González Zaera, que aseguran que los hicieron sentir como en su propia casa.