El tonel de Diógenes resucita en Amandi

Dos viejas cubas amuebladas sirven de dormitorio y sala de estar en la bodega de Jorge Carnero


MONFORTE / LA VOZ

Triste final el de las cubas de castaño que mandaban en la Ribeira Sacra antes de la irrupción del acero inoxidable. Las que sobrevivieron a la modernidad enológica se apolillan en viejos lagares abandonados o en algún apartado alpendre. Tampoco corrieron mejor suerte las que acabaron recicladas. Más de una sirve caseta de aire rústico para el perro en el jardín de un chalé. A los toneles que un día hicieron vino en Viña Cazoga les sonrió la fortuna hace cuarenta años, cuando fue rehabilitada la casona en la que se encuentra la bodega. Jorge Carnero era entonces un niño cuyo juego preferido era ayudar a su padre a convertirlos en un pequeño dúplex provisto de dormitorio y sala de estar.

«En una de las cubas había dos literas. Yo dormía en la de abajo y mi padre en la de arriba. Ya con la casa arreglada, muchas veces él prefería dormir en las cubas. Allí podía sentir el olor de la bodega, que está justo al lado. Siempre fue un enamorado del vino de Amandi. Creía en él cuando aquí nadie reparaba en su verdadero valor», relata Jorge.

La historia de la bodega tiene su miga. Diego Carnero pasó la mayor parte de su vida lejos de Sober. Estuvo en Guinea con la guardia colonial y después de la independencia fue asignado a la embajada española en ese país. Pero la distancia no le hizo olvidar sus raíces. «La viña era una obsesión para él. Incluso cuando vivía fuera de Galicia sentía la llamada de la ribeira. Siempre hablaba de los recuerdos de la infancia, el trajín de la vendimia, las arcas enormes llenas de uvas», rememora su hijo.

De vuelta a España, afincado en Vigo como director de zona de una editorial, Diego Carnero tomó la decisión de arreglar la casa familiar y poner en marcha una bodega. Las dos cubas amuebladas fueron su hogar mientras duraron las obras. «A mi padre -explica Jorge- le llamaban en Amandi ‘o tolo da Cazoga’, porque dormía en una cuba e iba a enterar sus ahorros en la ribeira».

Las cubas se encuentran al lado de la entrada a la bodega, pionera en esta denominación de origen. Una de ellas está situada en posición horizontal y sirve de dormitorio. Comunica con un segundo tonel que está en posición vertical y viene a ser la sala de estar. «Esa cuba está colocada así porque en la otra no podíamos ponernos de pie para vestirnos», detalla el bodeguero. Con trece años, Jorge construyó el pedestal de cantería sobre el que se levanta esta peculiar habitación con ventanas al exterior.

Hombre viajado, culto y siempre cuidadoso en el vestir, Diego Carnero suspiraba por colgar el traje y la corbata ir con su hijo a trabajar la viña de A Cazoga, una pared casi vertical sobre el Sil a la que debe su nombre esta bodega de Amandi. «Cuando bajábamos a la ribeira -recuerda Jorge- casi siempre dormíamos en una caseta a pie de viña. No había pista para ir en coche y volver andando tras un día de trabajo era una salvajada».

Luz y televisión

Las barricas tienen piso de madera y por dentro están pintadas de un color verde que les da calidez. Disponen de instalación eléctrica y al lado de la cama se levanta una repisa sobre la que descansa un pequeño televisor. Fotos y recuerdos familiares, libros y viejas herramientas decoran el dormitorio y la sala de estar, donde hay un asiento cubierto por un tapiz. «Está tal cual, pero ya no se duerme en ella salvo que vengan niños o haya muchos invitados», apunta Jorge.

Diego Carnero fue un hombre clarividente. Pasaba por excéntrico, pero iba varios pasos por delante su tiempo. No le habría sorprendido que uno de los vinos de la bodega, al que se dio su nombre como homenaje póstumo, sea de los preferidos del crítico estadounidense John Gilman. Jorge conserva con especial cariño una foto de su padre que parece levitar sobre la niebla que emerge del cañón del Sil. La enseña con orgullo mientras mira de soslayo a las cubas. «Aunque no lo creas, pasé en ellas gran parte de mi niñez», dice el bodeguero.

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