Los colores de Beatriz Pérez


Todos atentos, no lo voy a repetir», decía en sus clases de Educación Plástica y Visual, pero ella sabía que mentía. Lo repetiría cuantas veces fuese necesario. Incluso para aquellos a los que todavía se les resistía el primer ejercicio: trazar una línea recta con una regla. Había un momento en el que creías que por fin tenías todo bajo control haciendo paralelas y tangentes con una escuadra y un cartabón. Sin embargo, Bea tenía guardado un truco bajo la manga. Tocaba la construcción de una circunferencia por tres puntos no alineados o, mejor aún, dibujar la bisectriz de un ángulo cuyo vértice quedaba fuera del papel. Esto era ya para expertos.

Bea es una de esas mujeres fuertes, de las que no tienen miedo a decir lo que piensan, de las que hacen resonar su voz y cuyo carácter denota valentía. Feminista implicada, como no podía ser de otra forma. Defendía que el matriarcado traería cordura al mundo y quizás no fuese desencaminada. Reivindicativa en el aula, en la calle y en las redes sociales contra todo aquello que consideraba injusticias.

Supo llenar de buen rollo sus clases. Todos conocemos el vaso de la paciencia de Bea. Ese que se iba llenando «gota a gota» con nuestros incordios y molestias. Pero sabíamos cómo jugar. Llenarlo sin que se desbordase. Cuando aquel vaso dibujado en el encerado ya no admitía más gotas comenzaba una cuenta atrás. Los tres segundos para que una tiza voladora pasase a nuestro lado.

Más allá de la Bea profesora existía la Bea humana. Esa que te encontrabas fuera de los muros del colegio. Siempre dispuesta a charlar contigo y a mostrar una preocupación real por cómo te ha ido. No era necesario hablar mucho tiempo con ella para notar que no se había olvidado de ti. Un alumno nunca olvida a un buen profesor, pero un buen profesor nunca olvida a sus alumnos. Y Bea es y será siempre una buena profesora.

Los días suceden y buena parte de lo que nos rodea pasa desapercibido a nuestros ojos. Ella nos explicó que solo era necesario pararse un instante y observar. Es en ese momento cuando comienzas a adquirir una sensibilidad especial que te permite apreciar belleza en todo, o en casi todo. Descubres el Arte. Y es que el arte no es solo Picasso, Van Gogh o Barcelona en una excursión de fin de curso, sino que también está en un urinario de Marcel Duchamp. Bea decía que había un significado, un trasfondo, un propósito, que el arte también era provocar. Por algo la Humanidad se ha preocupado tanto en preservar el Arte... porque es un reflejo de lo que fuimos y somos: el legado más bello.

El magenta, el amarillo y el azul cian nos dan todos los colores. En la penúltima clase nos enseñó a mezclarlos con paciencia para hacer un aula más acogedora. Nos hizo entender que en algo tan simple como ensuciarse las manos reside el arte. La última lección consistía en sacar esos colores del aula para hacer un mundo mejor. Estamos en ello.

Querida Bea, va a ser inevitable volver a ver un arco iris sin pensar que detrás de él estarás tú con tus colores. Y tu sonrisa cómplice.

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