La torre del Homenaje, su origen y el enigma de las marcas de cantero

La mayor de las torres medievales de Galicia tiene treinta metros de altura y su parte más antigua es del siglo XIII


monforte

La torre del Homenaje es la construcción más sobresaliente del complejo fortificado monfortino. Tras la gran guerra irmandiña (1467-1469), Pedro Alvar Osorio, primer conde de Lemos, manda levantar de nuevo las fortalezas que habían sido derribadas. La disponibilidad económica impedía que todo pudiese realizarse con bloques de granito y la torre del Homenaje es el único edificio del complejo fortificado monfortino levantado con sillares bien trabajados en sus treinta metros de altura.

La mayor de las torres medievales militares de Galicia conserva un doble plinto escalonado. Sus paredes poseen un grueso espesor, llegando en algunos tramos a los tres metros y medio. Su distribución interna se desarrolla en cuatro pisos, tendidos sobre vigas y apoyados sobre impostas muy salientes, junto con alguna ménsula. El basamento es escalonado, con planta rectangular casi cuadrada, y medidas de trece con diez metros de largo y doce con ochenta y cinco de ancho.

Existen dos construcciones diferentes. Una primitiva, de entre los siglos XIII y XIV, situada en la cara este con un esquinal de la norte y la sur. Y otra más reciente, del siglo XV, en la cara oeste, con parte de la cara sur y la norte. A simple vista, se aprecia la diferencia entre ambas. La parte más antigua tiene una serie de signos lapidarios o marcas de canteros, siendo el que más abunda la estrella de cinco puntas.

Para los celtas era signo de divinidad. Durante la Edad Media fue denominada cruz de trasgo y perteneció a una logia numérica, para la que representa los cinco sentidos corporales, y entre ellos los dos principales, masculino y femenino. Pero debemos de tener en consideración que la presencia de estas estrellas de cinco puntas no es el resultado de una expresión de piedad. Con respecto a la iconografía cristiana, más concretamente a la católica, estos signos son lejanos. Están más ligados a prácticas de carácter esotérico, brujería y magia. Este signo lapidario así colocado, es más un acto de exorcismo sobre un poder maléfico que una representación relacionada con la religión.

Preservar sus secretos

El papel de los números tiene una función simbólica. El tres, por ejemplo, es el número perfecto, que refleja armonía. El dos, por el contrario, simboliza las tinieblas, y el cinco se refiere al matrimonio. Estas marcas de cantero, por otro lado, están asociadas a la masonería. A los masones también se les denomina hiramitas, término derivado de Hiram, el maestro de obras del templo de Salomón. Masón significa obrero y se vincula con el embrión medieval de la masonería, los gremios de constructores de catedrales y otros grandes edificios que buscaban preservar sus conocimientos sobre arquitectura, de la competencia.

A estas marcas se las identifica en ocasiones como una especie de aval de garantía, de trabajo de calidad en la época medieval. Tras la Edad Media, la costumbre de usar estos signos lapidarios desaparece. El Renacimiento aporta nuevos hábitos y cambios de mentalidad, hasta el punto de que su falta de utilización llevó a al olvido su significado original.

Los signos lapidarios o marcas de canteros que se ven en la torre del Homenaje, así como en otros puntos del complejo fortificado, pueden pertenecer a canteros judíos que cincelaran estas marcas en las construcciones para inmortalizar su trabajo en ellas, a modo de firma. Esta interpretación está avalada por el hecho de que en la época que se levanta dicho edificio varios de los titulares de la población y mecenas de la construcción tuvieron hebreos a su servicio.

Pedro Fernández de Castro, el de la guerra, tenía a su servicio, entre otros, a «don Samuel el judío», en el año 1334, y «el judío don Guilleumo», en la misma fecha y con el cargo de recaudador. La entrada de hebreos de la misma familia en la administración señorial era habitual, ya que el almojarife y el recaudador de don Pedro Fernández de Castro, don Samuel y don Guilleumo, eran hermanos. El hijo de Pedro, Fernán Rúiz de Castro fue acusado, como su rey Pedro I, de protector de los judíos. Los canteros semitas serían unos más de los que engrosarían esta lista de empleados de la casa feudal monfortina.

Diferentes escudos

En los procesos de Tabera?Fonseca o de María Bazán contra Rodrigo Enríquez Osorio de Castro, segundo conde de Lemos, se aportan relevantes datos sobre la reconstrucción del complejo fortificado medieval monfortino. Dice uno de los testigos: «Alvaro de Valcárcel, vecino de Villafranca de LV años dize que estando casado el conde don Pedro Alvares con doña María de Baçan vio que el conde fizo labrar la cerca de las torres de la villa de Monforte e la meytad de la torre del castillo e después lavio acabada».

La torre del Homenaje tiene varios escudos. En la cara sur está de los Enríquez de Castro y Osorio, el castillo de tres torres y el león rampante de los Enríquez, los seis roeles de los Castro y los dos lobos andantes de los Osorio. Sobre la puerta de entrada al interior de la torre, en la cara norte, hay un escudo de pequeñas dimensiones con las armas de los Castro, los seis roeles. A pesar de que en el momento que se reconstruye, los titulares del valle eran Pedro Álvaro Osorio y María Bazán, las armas de los Bazán no aparecen y por el contrario podemos observar las de los Enríquez de Castro.

Las manchas negras y la lucha contra los sarracenos, una falsa leyenda

En el tercer piso de la torre del Homenaje se puede apreciar una chimenea, así como un bello ventanal, con arcos trebolados y tímpano semicircular descargado por un arco. Fue bautizada por Ángel del Castillo como la ventana de la reina. En la construcción se puede observar otra ventana al poniente, de dintel sobre canecillos. La cubierta de la torre es de bóveda de cañón apuntado en dirección norte a sur.

En la cara este, se ve una gran mancha negra que, dándole tintes novelescos, algunos quisieron relacionar con el vertido de aceite hirviendo, que lanzarían los soldados del señor feudal ante un eventual intento de toma de la fortaleza por los sarracenos. Con los pies en el suelo, diremos que la mancha es el resultado de la caída de agua durante siglos por el aliviadero existente en la parte superior, en su cara este. Hasta allí llegaba el agua de las lluvias por medio de unos canales labrados en el piso de la cubierta superior.

Los aljibes

A través de otro canal labrado en el interior de la cara norte, el agua que entraba por el orificio de la cubierta superior llegaba a uno hueco labrado en el suelo del primer piso y era conducido al sótano, donde se encuentra un gran depósito que abarca toda la superficie de la torre y que realizaba las funciones de aljibe. El aljibe tiene una puerta en la cara oeste que o bien daba acceso a una mina de agua o hacía las veces de desaguadero en caso de llenarse.

La torre remata en su parte superior en un brillante conjunto de matacanes y almenas. Aquí podemos ver los clásicos elementos defensivos como saeteras, troneras, así como unos huecos en las bases de las almenas, hoy enrejados para prevenir caídas al vacío de personas. La torre recuperó, hace décadas, unas almenas esquineras que se perdieran en el pasado. Son las correspondientes al ángulo sur-oeste.

Unas cómodas escaleras de madera, que no deslucen en nada el ambiente que rodea a la torre en su interior, permiten el acceso a la parte superior de la misma, desde donde se disfruta de un inmejorable panorama del valle de Lemos El edificio está habilitada de un sistema de iluminación artificial, que refuerza la luz natural que le dan las ventanas de arcos geminados. Una interesante exposición permanente, con alguna pieza de notable valor, enriquecen el interior de tan magno inmueble.

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