Recordando el puente colgante, después de tantos años


Yo recuerdo bien aquel puente colgante cuya airosa belleza nos hacía recordar un poco la parisina elegancia de la Torre Eiffel erigida para la Exposición Universal de 1889. Aquel emblemático puente cuyo embarcadero frecuentábamos bastante durante las vacaciones veraniegas no es fácil de olvidar. Allí mismo, junto al pretil que asomaba hasta el borde de la calle, se colocaba una paisana con su cesta de mimbre al brazo cuyo contenido consistía, nada más y nada menos, que en unas exquisitas y sabrosas zocas que hacían las delicias de nuestra merienda después de la excursión fluvial. Una vez instalados en la espaciosa barca, remábamos con fuerza y sana alegría hasta un lugar verde y apacible donde las zocas iban desapareciendo regadas de una inocente y suave sangría, tan inocente como nosotros mismos.

Pero aquel hermoso puente una perversa y desgraciada noche se derrumbó de viejo y de cansado, y allí quedaron sus oxidadas costillas de hierro quebradas y despiadadamente vencidas a la orilla del río.

En mi humilde parecer, pienso que es allí, solamente allí, donde un puente similar, que no igual, podría ser erigido, puesto que tanto la anchura del río como la distancia entre una y otra zona de la ciudad son espacios lo suficientemente correctos y acertados. Proyectarlo en otro lugar no me parece prudente ni razonable. Cada cual debe mantener su sitio y su nobleza, y cada cual aguantar lo que tiene que aguantar.

Nuestro querido Puente Viejo lleva soportando cargas desde finales del siglo XVI y no se ha quejado todavía, pues los dos arcos laterales que posteriormente quedaron bajo tierra ayudan a que el monumento pueda resistir algunos años más su eterno traqueteo. La verdad es que no lo imagino de otra manera.

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Recordando el puente colgante, después de tantos años