El asilo de ancianos, del monasterio de San Vicente a la calle de la Peña

La congregación religiosas que lo atiende pasó por tres ubicaciones desde su llegada a la ciudad hace 130 años

Vecinos de la calle Benito Vicetto, en el desaparecido edificio del asilo de esa calle
Vecinos de la calle Benito Vicetto, en el desaparecido edificio del asilo de esa calle

MONFORTE

Más de doscientas monjas pasaron por los distintos edificios en que estuvo el asilo en los más de ciento treinta años que lleva la congregación atendiendo a los más necesitados. Lejos queda la fecha en la que cinco religiosas acompañadas de Sor Vicenta -fallecida a los diez años de estar en Monforte, cuando solo contaba cuarenta- llegaron para hacerse cargo del asilo. En su origen, las Hermanitas de los Ancianos de Desamparados se establecieron en las dependencias del antiguo convento de San Vicente do Pino, actual Parador Nacional de Turismo. El edificio había visto cómo los monjes tenían que abandonarlo forzosamente debido a la Desamortización, allá por los años veinte del siglo XIX.

Además de prestar atención a los ancianos, las religiosas se harían cargo de administrar el hospital municipal que funcionaba allí. En julio de 1887 el Ayuntamiento debate «a propuesta del Sr. Pérez Feijoo» designar una comisión «compuesta por los Sres. Hermida, Saco y Pérez Feijoo, para que en unión de los que componen la Permanente de Beneficencia estudien y propongan a la Corporación la forma y medios de instalar en el convento de San Vicente del Pino las Hermanitas de los pobres con el cargo de asistir y cuidar a los enfermos del Hospital Municipal».

En ese mismo mes y año, por acuerdo plenario se decide que se instalen en el referido lugar. Votaron diez concejales a favor y dos en contra. Se imponen una serie de condiciones a las religiosas, que tendrían cedido el local indefinidamente, salvo los bajos que ocupaba entonces la beneficencia local. El capellán lo nombrarían juntamente el obispo de Lugo y el Ayuntamiento, al igual que el médico y el cirujano. El Ayuntamiento tenía a su cargo, igualmente, la dirección e inspección del centro hospitalario y de cuidado de ancianos.

En mayo de 1890 el Ayuntamiento decide que se le facilite a las religiosas la habitación de la planta baja, donde según afirmaban viviera fray Leandro de

Prado. También, la habitación que hay debajo del aljibe, que era bodega y despensa, pues ambas estaban en aquel momento desocupadas. La beneficencia particular establecida en los bajos del edificio había sido instaurada con dineros de Andrés Andrade.

Un traslado fallido

En sesión plenaria de junio de 1914 se trata sobre la cantidad de dinero que el Ayuntamiento facilitará para ayudas del nuevo edificio de las Hermanitas. No había consenso entre los concejales, ya que algunos defendían que no debía de darse nada. Los disconformes entendían que, facilitando su marcha, se aceleraría la ruina del edificio de San Vicente do Pino al quedar vacío. Otros planteaban que, una vez desalojado, el Ayuntamiento podría llevar allí sus dependencias y arrendar el edificio de la calle Comercio donde estaban. Ese traslado nunca llegó a materializarse.

Construida residencia propia por la Comunidad de Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se procedió a su inauguración el 16 de octubre de 1919. El nuevo asilo, sito en la actual calle Benito Vicetto, todavía carecía en 1923 de alumbrado eléctrico. «Caso único  que ocurre en toda la población debido a que por la Compañía de Caminos de Hierro de Orense a Vigo, pone el obstáculo de no consentir que atraviese la línea férrea por el kilómetro 0.6000 un cable de baja tensión», detalla un documento de la época.

En este su nuevo destino, llegó a albergar a casi cien residentes, y en la etapa inmediata a su último traslado entre setenta y noventa. En 1970 se acuerda dar el nombre de Benito Vicetto a la calle que antes era del Asilo.  En septiembre del año 1971 vuelve a mudar de lugar pasando al edificio que todavía hoy ocupa en la Peña Ancha, como se denominaba entonces popularmente esa parte de la calle Doctor Casares.

La filántropa María Rodríguez Yáñez, viuda del diplomático Ángel Cano y descendiente de Antero Yáñez, fundador del Pazo de Antero, dona los terrenos en los que se edifica el nuevo asilo de ancianos, rodeado de amplias tierras destinadas a cultivo, jardines, y zona de esparcimiento. Además de la finca, dona un millón de pesetas de aquellos años que permiten levantar el nuevo Hogar de San José. Más recientemente, se realizaron obras de mejoras y ampliación que dieron como resultado el actual edificio, con más de cien plazas.

María Rodríguez Yáñez donó la finca y un millón de euros de entonces para el actual asilo

Los pobres se quedaron sin albergue con la vuelta de los benedictinos

El monasterio benedictino de San Vicente do Pino quedó vacío con motivo de la Desamortización. Incautado por el Ayuntamiento de Monforte, el edificio albergó primeramente un hospital municipal. Posteriormente se hizo entrega del inmueble a la Comunidad de Hermanitas de los Ancianos Desamparados, cuya institución religiosa -subvencionada por el Ayuntamiento- debía compaginar sus fines benéficos con la atención de los servicios que prestaba el hospital municipal.

En la planta baja del monasterio fueron instalados por el Ayuntamiento los servicios de una entidad benéfica creada en Monforte con el nombre de Fundación López Monteagudo, en la que recibían atenciones y tenían su alojamiento un gran número de pobres de esta localidad. Nada de ella está presente en la memoria de la sociedad local, pese a que sería merecedora de su recuerdo.

Entrega a los benedictinos

Construida residencia propia por la Comunidad de Hermanitas de los Ancianos Desamparados en 1919 cuando se inauguró el nuevo edificio de la calle Benito Vicetto, las monjas hicieron entrega nuevamente al Ayuntamiento de Monforte del edificio de San Vicente do Pino. Como propietario del mismo, y considerando que el destino verdadero del expresado edificio era aquel para que había sido edificado, la administración municipal atendió a los requerimientos de la comunidad católica.

El Ayuntamiento acuerda por ellos «hacer entrega del mismo al Ilmo Sr. Obispo de la Diócesis, para la instalación de la Orden Benedictina, habiendo aceptado dicha oferta, con la obligación de tener un Seminario menor, de que estaba necesitado la Diócesis». Aquella decisión dejó sin albergue a los pobres hasta entonces socorridos por la Fundación Monteagudo.

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