Por el Camino de Invierno descalzo, sin dinero... y feliz

David Vidal tenía una empresa en Barcelona, pero la crisis le puso la vida patas arriba y busca reinventarse


chantada / la voz

El barcelonés David Vidal Figuls tenía una vida como la de cualquiera, con su trabajo, su familia y su casa. Pero llegó el 2008 y con él la crisis económica y su naufragio personal. Su empresa cerró y él empezó a perderse. Una historia relativamente común, salvo por el final. Diez años después David Vidal se ha convertido en algo así como un habitante del Camino de Santiago. Vivió unos años anclado a un páramo cercano a Astorga en una cabaña de tierra que decidió bautizar como la «Casa de los Dioses» y en la que vendía a los peregrinos lo que cultivaba en una pequeña huerta, pero ha empezado a moverse. Estos días hace el Camino de Invierno. Y va descalzo.

Pasó por Monforte el martes e hizo noche bajo un roble en algún lugar de O Saviñao, probablemente en las cercanías de Fión. Y el miércoles pasaba por Chantada. Con la subida al monte Faro todavía por delante, contaba por qué se había marchado de Astorga. «Tenía que matar al personaje que yo mismo había creado -explica-, aquel David de la Casa de los Dioses, así que decidí dejar el lugar y todo lo que había hecho allí». Aquel «personaje» que cultivó durante nueve años se había convertido en toda una celebridad, como lo atestiguan las referencias que se pueden encontrar en los foros digitales en los que los peregrinos se cuentan sus experiencias y dan consejos a los primerizos.

Lo que David no ha dejado atrás es el modo de vida de resonancias hippies que ensayó durante los últimos años en la llanura de Astorga. Por eso va descalzo. Y también sin móvil, dinero ni nada del equipamiento habitual entre los peregrinos del siglo XXI. «Se trata de volver un poco a la naturaleza, porque caminar descalzo da otra perspectiva de la realidad», explica.

Como no lleva en los pies nada más que unas tiritas, David va más lento que los demás y pone mucha más atención para ver dónde pisa. Al fin y al cabo, si decide acelerar el paso lo acaban sufriendo en sus pies. Pero renunciar a las comodidades le proporciona otras cosas, que pueden parecer pequeñas, pero a él le merecen la pena: «Está la alegría de encontrarte con los lavaderos, con un manantial... que cuando uno va con un móvil y lo controla todo no son lo mismo».

Una ruta todavía solitaria

Así que David Vidal está tratando de reinventarse otra vez a sí mismo mientras camina descalzo hacia Santiago. En ese viaje, tampoco parece casual la elección del Camino de Invierno, una ruta todavía solitaria, en las antípodas de la turistificación de las rutas más concurridas. No sabe apenas nada de los lugares por los que está pasando, y eso le encanta. «Estoy encantado -dice con una gran sonrisa-, disfrutar de estos lugares es increíble». Y no habla solo del paisaje. Aunque no lleva dinero encima, tampoco acostumbra a pedir. En lugar de eso, deja que las cosas vengan.

Y en esta ruta, parece que las cosas vienen. David caminaba uno de estos días pensando en lo mucho que le gustaría poder beber un vaso de leche y acompañarlo con algo de chorizo. Así que en una aldea le pidió leche a una señora, que se la dio sin ningún problema. Y al cabo de un rato le salió al paso otra mujer que le preguntó si quería algo. Él le contestó que agradecería un poco de pan, así que ella se metió en su casa y salió con pan y con una generosa ración de chorizo de propina. «Es la providencia», dice encogiéndose de hombros.

David espera llegar a Santiago en los próximos días. No sabe exactamente cuándo, pero no tiene ninguna prisa.

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