monforte / la voz

El 8 de septiembre es un día de romerías multitudinarias en el sur lucense desde tiempo inmemorial y el día de ayer no fue la excepción, a pesar de la inestabilidad meteorológica y del temor a las tormentas. En la madrugada previa a esta jornada, tampoco faltó la tradicional Queima das Fachas en el castro de Castelo, en Taboada. Aunque estaban previstos unos ascensos en un globo aerostático cautivo, las condiciones meteorológicas no lo permitieron, pero no impidieron que ardiesen las típicas antorchas ni que el festejo congregase a un gran número de personas.

Ya por la mañana, el santuario del monte Faro atrajo a miles de visitantes de diferentes puntos de las comarcas de Chantada y del Deza, que asistieron a los oficios religiosos celebrados a lo largo de la mañana y disfrutaron de una jornada al aire libre. Muchos de ellos renovaron la tradición de recorrer de rodillas el último tramo de camino. Lo que no pudieron hacer fue beber agua de la fuente de la Virgen, de la que excepcionalmente no salía agua por ninguno de sus dos grifos. No pocos romeros se mostraron disgustados por no haber podido cumplir el rito tradicional. Los accesos a la cima del monte, por otra parte, se abarrotaron de automóviles.

Medidas de precaución

También reunió a muchos visitantes la romería de la Virgen de los Remedios del santuario de Cadeiras, en Sober. A algunos de los romeros que se congregaron en este singular paraje del cañón del Sil les pareció que la multitud fue algo menos numerosa que otros años y lo atribueron al temor a los chaparrones. De todas maneras, los asistentes no fueron pocos. Algunos grupos tomaron la precaución de montar toldos para proteger las mesas en las que celebraron la comida campestre. La lluvia no hizo acto de presencia, pero los toldos fueron igualmente útiles para protegerse del sol.

Otra romería de los Remedios que se celebró también ayer fue la de la parroquia de A Ermida -en el municipio de Quiroga-, que figura entre los festejos de mayor interés etnográfico de la provincia gracias a la presencia de los peculiares personas conocidos como las Pampórnigas y el Meco. Esta vez tampoco faltaron a su cita anual y, tal como manda la tradición, el Meco se dedicó a perseguir a los romeros con una escoba de tojos frente a la puerta de la iglesia. Y como es habitual, también se agachó para recoger las monedas que le lanzaban al suelo y para recibir las collejas que le propinaban en la nuca, protegida por una sólida almohadilla. Lo mismo que ha venido haciendo con incontables generaciones.

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Las tormentas no aguaron las romerías del sur lucense