La fiesta que cerró en Monforte un verano particularmente seco y caluroso discurrió en la parroquia de A Parte con un tiempo apacible, aunque las previsiones meteorológicas alertaban de la posibilidad de lluvias a lo largo de la tarde. El ambiente sosegado no solo reinó en la atmósfera, sino también en el campo de la fiesta. El hecho de que la romería de San Mateo cayese en mitad de la semana -como ya sucedió el año pasado- probablemente contribuyó a que no llegase a concentrar las grandes muchedumbres que se han visto en otras ocasiones, aunque fueron numerosos los vecinos que acudieron a esta tradicional cita. No hubo problemas para estacionar y tampoco para instalar los toldos bajo los que muchos grupos de romeros se guarecen para disfrutar de la comida campestre al abrigo de las molestias que puedan ocasionar los chubascos inoportunos o el exceso de sol.

Por el puente que salva el cauce del Cabe en el escenario de la romería a escasa distancia de su confluencia con el Mao se pudo pasar a lo largo de la mañana sin ninguna apretura y sin tener que hacer cola, al contrario de lo que ha ocurrido muchas veces. Y es que al otro lado del río -donde suelen acampar los grupos de jóvenes- sobraba espacio disponible. El grueso de los romeros se concentró con mucha diferencia en la otra margen.

Pero tanto si la afluencia es masiva como si es más modesta, la romería de San Mateo sigue siendo una de las tradiciones más arraigadas de Monforte y de toda la comarca de Lemos. Lo es especialmente para los vecinos de A Parte, para los que es en primer lugar la fiesta propia de la parroquia. Las misas que se oficiaron durante las primera parte de la jornada -especialmente la de una de la tarde- llenaron de fieles la iglesia de Santa María, donde se renovó la tradición de pasar los oídos por una caja petitoria con la imagen del santo evangelista, a fin de solicitar su protección. Sobre el campanario del templo destacaba la voluminosa presencia de un nido de cigüeñas que ha ido creciendo hasta alcanzar más de dos metros de altura, pero la mole de ramas no causó ninguna inquietud a los feligreses que se agrupaban justo debajo de ella, ante la puerta del templo, por falta de sitio en el interior. Mientras tanto, en la carretera que pasa junto a la iglesia, el tránsito de vehículos y caminantes que se dirigían al campo de la fiesta se iba haciendo cada vez más intenso.

Muchas parrillas

A los puestos de pulpo instalados junto a este espacio no les faltaron clientes, pero -como es habitual- muchos otros romeros optaron por llevar su propia comida o por preparársela en el mismo lugar. Llamaba la atención el elevado número de parrillas, tal vez más importante que otros años, que se instalaron en muchos puntos. Mientras unos cocinaban o se ponían ya a comer, otros se animaron a bailar al ritmo de las orquestas que actuaron en la sesión vermú. La fiesta continuó a lo largo de la jornada sin incidentes dignos de mención y se cerró con una verbena. A Parte y Monforte ya dejaron atrás el verano, pero una vez más se han mantenido fieles a una tradición propia del equinoccio de otoño cuyos orígenes se remontan probablemente a la Edad Media.

Las misas de la mañana llenaron de fieles la iglesia de Santa María FOTos

Las comidas al aire libre son tradicionalmente uno de los principales atractivos del festejo

Un feligrés invoca la protección del santo

Un aspecto del campo de la fiesta

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Una concurrida pero apacible fiesta del equinoccio de otoño