¿Se puede confiar en los relojes que miden el sueño? «La precisión de sus métricas es muy poco fiable»

VIDA SALUDABLE

Una mujer duerme con un reloj inteligente en su muñeca.
Una mujer duerme con un reloj inteligente en su muñeca. iStock

Un especialista considera que existe un negocio creciente que hace creer al consumidor que se puede conseguir un descanso perfecto

19 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Lo de que «lo que no se cuenta no existe», parece haber evolucionado a «lo que no se mide, tampoco». Cada vez es más frecuente —también más sencillo— llenar de métricas el diario. Un reloj de muñeca consigue aunar frecuencia cardíaca, pasos, calorías, horas de sueño, así como profundidad y calidad del sueño. Algo natural como dormir se ha vuelto objeto de estudio y observación; muchas veces, sin saber con exactitud en qué centrar la mirada.

Lo cuenta el catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid Alfredo Rodríguez, en su libro Dormir para vivir, donde habla de cómo ha evolucionado la tecnología a este respecto: «Los primeros en medir el sueño no fueron los relojes, sino los cables. En los años cincuenta, la polisomnografía inauguró una era de observadores con bata: electrodos en la cabeza, sensores y una noche en laboratorio rodeado de máquinas que registraban hasta tus señales eléctricas. A partir de los años setenta, y ya de forma consolidada en los ochenta, los actígrafos tradujeron ese conocimiento en un reloj de muñeca que infería el sueño a partir del movimiento. Luego llegó la revolución del bienestar cuantificado: Fitbit, Oura, Apple Watch». Así, lo que empezó como una herramienta médica se convirtió en lo que el experto define como un accesorio aspiracional. Ese objeto que ayuda a buscar un supuesto «sueño perfecto» cuando el sueño perfecto no existe.

El especialista reconoce que, poco a poco, se está generando un mercado y negocio muy creciente: la ortosomnia —la preocupación excesiva y obsesiva por dormir bien— «Y esto es una paradoja. Si existe un sueño perfecto siempre te va a faltar algo para conseguirlo, y ese algo puede ser un suplemento, un elemento, un consejo de biohacking o un reloj», lamenta Rodríguez, quien considera que la tendencia es convertir el sueño en una tarea a cumplir más. «Además, es importante entender que el hecho de que una aplicación te de un número exacto de algo no significa que esa medida sea exacta. Las medidas que se utilizan comerciales son muy limitadas en cuanto a los aspectos del sueño».

Si bien puede haber cierta validez en los datos que ofrecen, los dispositivos electrónicos jamás deben convertirse en jueces del sueño. «Lo importante es la experiencia subjetiva que tengas, que tengas la sensación de que has podido descansar, que tienes energía en el día para afrontarlo. Y hay informaciones de los relojes que usa la gente que tiende a ser interesante para ver tendencias». Así, pueden ser útiles para detectar hábitos a mejorar, como la hora a la que uno se acuesta o se despierta, pero todo lo relativo a métricas más complejas, como el sueño profundo, el sueño REM o las fases, se debe tomar con precaución: «La precisión es muy poco fiable», comenta.

Los relojes y pulseras inteligentes no tienen, todavía, la capacidad de saber si uno duerme o no. A diferencia de un electroencefalograma, que registra la actividad eléctrica del cerebro, estos dispositivos hacen una estimación a partir de señales indirectas, como cuántos se mueven las personas —mediante un acelerómetro—, cómo varía el ritmo cardíaco o cómo está la respiración. Por así decirlo, interpretan y deducen una situación.

Así que, para el experto, es mejor no darles tanta importancia: «Es imposible distinguir entre sueño profundo y sueño REM con un reloj o con un anillo, porque lo miden con movimientos y mediante parámetros asociados al sueño como la respiración». Prueba de la confusión que pueden suponer son los pequeños momentos en los que uno se despierta por la noche sin enterarse y después se vuelve a dormir tener; o todo lo contrario, estar despiertos, pero quietos, y que el reloj lo interprete como un descanso.

De esta forma, el registro y la percepción de cada uno pueden no coincidir; o incluso que uno influya sobre el otro. Es decir, que se produzca un efecto de placebo y de nocebo. «El primero actúa por sugestión: duermes mejor porque crees que estás durmiendo mejor. El simple hecho de confiar en el dispositivo reduce la ansiedad pre-sueño y, paradójicamente, facilita el descanso. El segundo es su reflejo negativo: cuando el reloj marca una puntuación baja, el cuerpo reacciona como si realmente hubiera dormido mal. Esa expectativa adversa, el efecto nocebo, basta para activar respuestas fisiológicas reales: más fatiga, peor humor, menor concentración», escribe el especialista en su libro.

Rodríguez también centra la atención en los reclamos publicitarios que prometen ayudar a entrenar el sueño. Nada más lejos de la realidad. Si bien el descanso tiene que tener un espacio adecuado, «como entender que no puedes quedarte viendo diez capítulos de Netflix por la noche», tampoco se debe forzar ni pretender controlar.

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.