El especialista insiste en la importancia de comer despacio ante la avalancha de consultas que recibe su especialidad por problemas como la hinchazón o la dispepsia, que crecen entre la población
01 sep 2026 . Actualizado a las 14:38 h.Cuando Roi Ribera Sánchez (Vigo, 1988) completó su especialidad en nefrología, decidió volver a presentase al examen mir. Aprobó, claro. Cuatro años de experiencia clínica hacen ver el temario y los apuntes de otra forma. Tras su primera etapa en el hospital de A Coruña (Chuac), cogió la maleta y se fue hasta Mallorca para un nuevo comienzo, esta vez como especialista en medicina digestiva. «En ambas áreas predomina el paciente crónico. De hecho, la nefrología es el paradigma de la especialidad donde todo tiene que ser tenido en consideración, porque todo acaba desembocando en el riñón. Tengo claro que me vino bien para hacer lo que hago ahora», replica al ser preguntado si formarse en dos disciplinas aparentemente poco relacionadas ayudan en esa aspiración de la medicina moderna de ver al paciente de una forma más global. No hubo más exámenes para él, por lo que sí que debe de haber dos sin tres. Allí se quedó. Concretamente, en el hospital universitario Son Llàtzer de Palma.
—La enfermedad renal crónica va a ser un gran problema en un futuro no tan lejano. Los problemas digestivos ya son, a día de hoy, un problema que presenta una prevalencia altísima en la población. Con las especialidades que eligió, parece que pacientes no le van a faltar.
—En ambas especialidades predomina el paciente crónico, especialmente en nefrología. El área de Digestivo es más variada, englobando muchos órganos diferentes: el hígado, el páncreas y los trastornos gastrointestinales.Todos ellos están asistencialmente cubiertos por nosotros. Y luego está la parte de endoscopia, que es más intervencionista, con pruebas que no llegan a ser cirugías, pero que cada vez se acercan más.
—Pero habrá cosas más y menos frecuentes.
—Lo que más predomina, la patología más frecuente con diferencia, es lo que llamamos trastornos funcionales digestivos. Está el síndrome de intestino irritable, la hinchazón o la dispepsia funcional, que son patologías bastante complicadas porque no tenemos una prueba que nos diga que un paciente tiene esto o lo otro, sino que son síndromes que diagnosticas excluyendo otras cosas. Es lo más complicado de manejar. Al final hablamos de trastornos crónicos y es difícil darle al paciente una solución, porque están muy relacionados con los hábitos de vida.
—Resulta sorprendente que la mayor parte de su trabajo lo acaparen problemas como la hinchazón, ¿en qué momento esto se convirtió en el principal motivo de consulta hospitalaria?, ¿antes era así?
—Es un problema que crece. Aunque ciertos problemas se podrían seguir desde medicina de atención primaria, los médicos de familia están desbordados y los suelen derivar. Muchas veces, el paciente lo que pide es descartar algo grave, quedarse tranquilo y asegurarse de no hay algo que se está pasando por alto. Ese primer paso podríamos decir que es fácil, porque básicamente debes descartar organicidad, que no existan trastornos como un cáncer o una inflamación intestinal. Otra cosa es el seguimiento; el tratamiento de su hinchazón o de los problemas que a ellos les causan sus trastornos funcionales a diario. Y esto es muy difícil, porque requeriría un seguimiento de la dieta, de hábitos y probar fármacos que requerirían ver al paciente cada mes, cada dos meses o cada tres. Eso, en una consulta especializada a nivel hospitalario, es imposible. Pero es curioso como, simplemente descartando lo grave, tranquilizándolos y haciéndoles ver mediante pruebas que sus síntomas no irán a más, mejoran de su sintomatología. El factor estrés, la preocupación, juega un papel importante en los trastornos digestivos.
—¿Qué le cuentan los veteranos de cómo era antes el servicio?
—La percepción general de los veteranos es que antes nos encontrábamos con muchos más paciente descontrolados con patologías graves. Muchas más cirrosis, por ejemplo, mucho de lo que llamamos paracaidistas: una persona que nadie conocía, que llevaba años siendo cirrótico, y que aparece en consultas o en urgencias con una hemorragia digestiva o con el hígado completamente descompensado. Y lo mismo con otras enfermedades, como la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa, donde el paciente no estaba en el radar hasta que ya llegaba muy mal. En ese sentido, sí creo que la población con enfermedades digestivas importantes está mucho más controlada. Se les proporciona un seguimiento y un tratamiento mucho mejor, pero, por contra, se tiene la percepción de que antes, todos estos trastornos funcionales, o se derivaban menos, o no eran motivo de consulta.
—Dentro de las patologías graves, los datos dicen que los casos de cáncer de colon en pacientes jóvenes son ahora más frecuentes, ¿a qué lo achaca?
—Todavía no está muy claro . Probablemente los factores ambientales, donde se incluye la dieta, jueguen un papel, pero todavía no está muy claro por qué está ocurriendo todo eso. La nueva situación, de momento, no se ha traducido en que se adelanten en el tiempo los sistemas de screening. Generalmente, el cribado de cáncer de colon en España se hace entre los 50 y los 75 años. Posiblemente, en el futuro, habrá que ampliar esos rangos de detección. Tanto hacia arriba como hacia abajo.
—No beba, no fume, haga ejercicio. ¿Hay algo que quede fuera de esa santísima trinidad y que a usted le resulte especialmente relevante?
—En los trastornos funcionales digestivos hay algo que es importante y de lo que, sin embargo, se habla poco. Se le da poca importancia a la velocidad con la que se come, a no engullir, a no meter mucho aire. Eso es algo que muchas veces ni se comenta o pasa un poco desapercibido y es importante. Realizar las comidas con cierta calma, con lentitud, hace que los mecanismos de saciedad vayan apareciendo progresivamente. Estos procesos no ocurren en los primeros minutos, sino que van activándose a medida que uno come, generando ese límite que nos invita a parar. Si tú tienes mucha hambre y comes muy rápido, la sensación de saciedad tarda un tiempo en aparecer. Por tanto, tomarse las cosas con calma, masticar bien, comer tranquilo, es importante.
—Antes hablaba de la somatización digestiva del nerviosismo. La prisa es otra de las características de la sociedad actual, y quizás también parte de ese nerviosismo en el que estamos instalados. ¿Al final están recibiendo pacientes que tienen más problemas de salud mental que orgánicos?
—Todo esto, al final, está muy relacionado con los hábitos. Vemos como mucha gente integra la comida como algo que toca porque se tiene hambre. Se le dedica cinco minutos y a seguir con otra actividad sin dejar un tiempo para una digestión. Nos ponemos a hacer cosas justo después de comer, no se reposa y, al final, repercute en forma de síntomas. Y ocurre lo mismo, por ejemplo, con el tema de la defecación, de las deposiciones y demás. Hay que dedicarle tiempo a ir al baño. Cuando recibes la señal de que tienes ganas de hacer de vientre y no vas, lo postergas, tiene una repercusión. Hay gente que llega a perder cierta sensibilidad a la hora de realizar deposiciones porque no va cuando tiene ganas, porque lo posterga, porque está tan centrado en lo que está haciendo que en toda una mañana o en toda una tarde se olvida de que tiene que ir al baño.
—Es decir, se trata de acudir al baño cuando sienta las ganas, no una cuestión de pasarse un rato sentado en la taza. Lo digo porque ha dicho lo de que hay que dedicarle tiempo...
—Pues un poco las dos cosas. Hay veces en el baño que se requiere más tiempo y hay que tener un poco de tranquilidad. No hay necesidad intentar hacer todo en un minuto. En los trastornos defecatorios también hay una parte educativa, una parte de calma, de dejar que las cosas ocurran.
—Entonces eso de «tienes que aguantarte», que con toda la inocencia se le puede decir a cualquier niño, ¿mejor evitarlo?
—Es algo que con los pacientes siempre resalto cuando toca abordar problemas de estreñimiento. Son cosas que ocurren, sobre todo en mujeres. Cuando uno tiene ganas, no se debe esperar y dejarlo para más adelante. También ocurre mucho con los laxantes. Hay gente que, cuando está estreñida, no quiere tomar laxantes porque, según dicen, no se quieren acostumbrar a ellos. Peor es acostumbrarse a no ir nunca al baño o dar por hecho que solo uno tiene que ir cuando tiene ganas. A veces, tener ciertos patrones, yendo todos los días a una misma hora al baño aún no teniendo ganas, puede generarlas. Crear hábitos defecatorios es bueno.
—Hace referencia a la mayor presencia del problema en mujeres, ¿hay patriarcado en el estreñimiento?, ¿se las ha educado, como sucedió con la menstruación, en que una mujer defecando es desagradable? ¿O que ellas lo sufran más es puramente biológico?
—Hay varias cosas que influyen. De entrada, hay un componente anatómico. Las mujeres no son exactamente igual que los hombres. Ellas tienen la vagina y el útero, que puede contribuir a alteraciones estructurales que dificulten la defecación. Está también el embarazo. Generalmente, suele causar problemas de incontinencia en el largo largo plazo. Pero, las alteraciones que se provocan a nivel uterino en forma de prolapsos y otras manifestaciones también pueden llegar a favorecer la aparición del estreñimiento. Y luego hay otros aspectos más difíciles de demostrar y más abstractos, como las alteraciones de la sensibilidad rectal y digestiva. En el síndrome intestino irritable se ha probado que existe una variante de estreñimiento, al igual que hay el síndrome intestino irritable de tipo diarrea, que es más frecuente en mujeres que en hombres. Es algo que se sabe, aunque no está claro el porqué. Probablemente el sistema nervioso digestivo juegue algún tipo de rol, pero hoy en día no sabemos cuál. Lo que es obvio es que hay un claro sesgo de sexo.
—Llevamos diez años hablando sobre microbiota, de un tiempo a esta parte se ha convertido en objeto de infinidad de estudios, ¿logran mantenerse actualizados?
—Personalmente, creo mucho en todo lo que se está investigando sobre la microbiota intestinal. Estoy convencido de que va a haber una revolución en ese sentido. Y y ya no solo para temas digestivos, sino que parece también influir en enfermedades autoinmunes o neurológicas. Pero estamos todavía en pañales. Existen test que se hacen, sobre todo en clínicas privadas, de microbiota intestinal. Te la analizan, buscan cuáles son las bacterias que predominan en tu microbiota fecal, qué poblaciones están en exceso y cuáles están en déficit, pero la realidad es que no tenemos una correlación entre lo que podemos ver y cómo tratarlo. No tenemos ciencia para asegurar que si te tomas determinados probióticos vayas a mejorar. Nos falta evidencia para sacar conclusiones que se trasladen en una mejoría clara de los pacientes. Es cierto que muchos mejoran con probióticos y que los usamos en la práctica clínica, pero todavía no tenemos una relación clara entre quién puede beneficiarse más y quién menos; o qué tipo de probióticos pueden mejorar a unos pacientes y cuáles a otros.
—Mucha gente también se queja de un meteorismo, de una acumulación excesiva de gases, de flatulencias constantes. ¿Hasta qué punto es normal tirarse pedos?
—Hombre, normal no es. Pero al final todo esto se engloba en lo mismo sobre lo que hemos estado hablando. Que exista una relación con la microbiota intestinal, una alteración de la sensibilidad gastrointestinal o en el sistema nervioso empérico. Hay muchos factores que pueden influir: el estrés, fármacos, una predisposición genética o cualquier evento que nos haya pasado en la infancia que no podamos modificar. Por ejemplo, se cree que puede haber alteraciones derivadas del tipo de lactancia; si ha sido materna o si ha sido artificial. Pero es que también media el historial de enfermedades infecciosas, o de toma de antibióticos. Hay tantos factores que pueden condicionar la microbiota intestinal en el futuro que es difícil saber qué tiene más peso.
—Es fascinante que el hecho de tomarse biberones de una u otra cosa acabe condicionando como serán tus intestinos para siempre.
—Una cosa interesante es que estén apareciendo nuevas enfermedades en el aparato digestivo. Problemas que hace veinte, treinta o cuarenta años o no existían, o no se conocían, como la esofagitis eosinofílica. Hablamos de enfermedades que tienen un componente alérgico, un componente autoinmune, que cada vez son más frecuentes. Probablemente su mezcle un poco de todo: factores ambientales, factores dietéticos y demás.
—Pero es que los factores ambientales son absolutamente con todo lo que nos cruzamos en la vida, ¿qué es al final el ambiente?
—Por ejemplo, en los factores dietéticos que influyen en la esofagitis eosinofílica, está la teoría de que, a causa de que los alimentos pasen por tantos filtros y tengan tantos controles sanitarios, el cuerpo humano no genere una adaptación desde pequeños a esos alimentos. Que el hecho de estar tan protegidos, entre comillas, genere un caldo de cultivo para que surjan cosas que antes no aparecían. Pero insisto, es una teoría. Exagerándolo, sería algo parecido a lo que sucede con la malaria. Los pacientes que conviven con malaria de forma endémica están inmunizados desde pequeños. Somos los que vamos de fuera a esos países los que tenemos más riesgo de desarrollar la forma grave de la enfermedad.
—En qué consiste la esofagitis eosinofílica, si no me equivoco son problemas asociados a la deglución.
—Es una enfermedad de origen alérgico y autoinmune por la que los pacientes tienen impactaciones de alimento y suelen acabar viniendo a urgencias. Puede ser porque de repente se les queda trancado algún tipo de alimento y precisan de una endoscopia para sacarla y, cuando hacemos el procedimiento, efectivamente vemos una mucosa muy alterada. Al biopsiarla, se ve que hay inflamación.
—¿No hay ninguna inmunoglobulina E mediando el proceso como en muchas de las alergias?
—Aunque la inmunoglobulina E (IgE) se relaciona mucho con las alergias, lo que vemos aquí es sobre todo eosinófilos, que muchas veces también tienen que ver con la reacción inmunoalérgica. No hay una proteína en concreto aquí que desencadene la reacción. Se engloba dentro de las enfermedades TH2. Tienen cosas en común, pero es diferente. De hecho, estos pacientes tienen más tendencia a tener más alergias alimentarias donde está mediada la inmunoglobulina E, sin embargo, no tienen por qué ser las que les provoquen el problema. Es decir, pueden tener una alergia al plátano demostrada, pero que no sea el plátano lo que desencadena la esofagitis.
—¿Hay tratamiento para este problema?
—Somos capaces de controlar a casi el 100 % de los pacientes. Se trata de una enfermedad crónica, sin tratamiento no mejora. El 50 % de los pacientes mejoran con IBP, los mal llamados protectores gástricos de la familia del omeprazol. La otra mitad los controlamos con corticoides deglutidos, una especie de pastillas que se impregnan en el esófago. El pequeño porcentaje que tampoco mejora con estos tratamientos, disponen de fármacos biológicos que se pinchan semanalmente y que suelen controlar el problema. Estos fármacos tienen la ventaja de que, además de controlar la esofagitis eosinofílica, también suele funcionar muy bien para el manejo de la alergia; ya sean alimentarias o el asma alérgico, que sigue la misma vía inmunoalérgica que la esofagitis.