Infantilizar la vejez, cuando los mayores no se sienten escuchados: «La sobreprotección puede anular capacidades que la persona todavía conserva»

VIDA SALUDABLE

Imagen de archivo de una mujer caminando por la plaza de Amboage.
Imagen de archivo de una mujer caminando por la plaza de Amboage. JOSE PARDO

Aunque los cuidados a personas de edad avanzada han mejorado mucho en los últimos años, todavía existe una tendencia a infantilizarlos

20 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Uno de los retos que afrontan los países occidentales es el envejecimiento. La población cada vez vive más y esta ventaja evidente colea, sin embargo, con algunos desafíos. El primero, el aumento de las enfermedades crónicas. El segundo, la soledad no deseada. Y, el tercero, la necesidad de cuidadores. Son muchas las personas de edad avanzada que no se sienten acompañadas y otras que, pese a recibir los cuidados necesarios, piensan que su opinión no es tenida en cuenta. Según datos del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada, SoledadED, este fenómeno crece a partir de los 65 años y alcanza al 20 % de los mayores de 75. Esta se suele vincular a pérdidas familiares, limitaciones físicas y la dificultad de crear nuevos vínculos.

A la situación se suma, además, el edadismo. Una discriminación por edad que surge —precisa la Organización Mundial de la Salud— en muchas instituciones y sectores de la sociedad, «incluidos los que brindan atención sanitaria y social, así como en el lugar de trabajo, los medios de comunicación y el ordenamiento jurídico». Esta forma de discriminación explica que, en ocasiones, dentro de una misma familia, se tienda a infantilizar o a ignorar a la persona mayor. Pedro Santamaría, coordinador del grupo de traballo de Envellecemento del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia (COPG), reconoce que, desde el cariño que los familiares sienten por sus abuelos y, probablemente, sin intención de perjudicarlos, «cometemos ciertas negligencias o errores en el trato que les damos».

La doctora María Luisa Delgado, vicepresidenta de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), destaca el avance logrado en las últimas dos décadas. Aún así, considera que todavía queda camino por recorrer: «A veces hablamos de las personas mayores desde una mirada reduccionista, las asociamos con la enfermedad, la dependencia o la necesidad de cuidados, y nos olvidamos de que siguen siendo personas con una historia, unos deseos, unas preferencias y una capacidad de decisión que debemos respetar», indica.

En este sentido, la experta defiende un modelo de cuidados que preserve la dignidad y la capacidad de decisión de las personas mayores. «Tenemos que ser una sociedad que no solo cuide a las personas mayores, sino que también las escuche, las respete y les permita seguir ocupando un lugar activo y significativo», comenta la vicepresidenta de la entidad. Recuerda, además, que envejecer no significa dejar de tener proyectos, tomar decisiones o querer ser escuchados.

Hay muchos ejemplos de errores en los que se cae como sociedad. Santamaría ilustra esta realidad con uno de ellos: «El abuelo o abuela se va a vivir con su hijo o hija, y se decide que el nieto o nieta vaya a vivir a la casa que quedó vacía. Pero a veces, no se le pregunta a la persona mayor si está de acuerdo, no es consensuado o, incluso, como tiene un deterioro cognitivo, ni se le comunica», describe el experto, quien insiste en que, en muchas ocasiones, estas decisiones no se toman con maldad, sino sin detenerse a pensar cómo pueden afectar al individuo. «Igual, ese abuelo o abuela quería volver a su casa con el paso de los años, cuando se encontrase mejor».

Todo ello se da en un contexto complejo, ya que proteger los derechos de la persona mayor también implica tener en cuenta las necesidades y los límites de quienes la cuidan. «Hay que intentar, siempre que sea posible, que tengan su voto, sin que esto implique que la persona que cuida no tenga derecho a decidir cómo va a cuidar», apunta el psicólogo.

Parte del problema reside en que, en ocasiones, se les trata y compara con niños. Aún cuando quien lo hace no es consciente de ello. La doctora Delgado habla de una forma de paternalismo: «Se manifiesta en pequeños gestos infantilizadores, por ejemplo, el uso de frases del tipo “dime hija”, “mi niño”, “mi reina”, hablarles en un tono de voz infantil, dirigirnos a sus familiares en lugar de hablar directamente a la persona mayores, decidir por ellas sin preguntarles primero», precisa. Una situación que puede darse, especialmente, cuando el mayor tiene algún grado de dependencia. «Debemos aprender a diferenciar entre proteger y sobreproteger. La protección es necesaria cuando existe una situación de vulnerabilidad, pero la sobreprotección puede terminar anulando capacidades que la persona todavía conserva», añade la experta, que refuerza una idea: la edad no convierte a un adulto en un niño.

En contextos de fragilidad, la invisibilización puede agravarse. Así, explica la gerontóloga, una persona puede tener dificultades para caminar y, sin embargo, seguir teniendo mucho que aportar, desde conocimientos hasta opiniones o deseos. «Hay una enorme diversidad en la forma de envejecer. Por eso, debemos evitar las etiquetas y mirar a cada persona de manera individual, preguntándonos no solo qué necesita, sino también qué quiere, qué puede hacer y qué es importante para ella», aclara.

La experiencia de los profesiones les dice que son muchos los mayores que no se sienten escuchados. Delgado observa una reivindicación por su parte, ya que alzan la voz para pedir que su opinión sea tenida en cuenta. «Todos necesitamos sentir que alguien nos escucha, las personas mayores también necesitan que alguien tenga tiempo para escucharlas», puntualiza. De hecho, para los profesionales que trabajan en el ámbito social y sanitario, escuchar se convierte en una herramienta clínica. «Que alguien se interese por nuestra historia, por nuestras preocupaciones o por aquello que todavía nos ilusiona es una forma de reconocimiento. Y todos necesitamos sentir que seguimos siendo importantes para alguien, que le interesamos a alguien», considera la experta.

Y esto ocurre incluso cuando la persona tiene todas sus necesidades físicas cubiertas. No obstante, esto no es sinónimo de sentarse acompañado o tenido en cuenta. «En ocasiones, las familias organizan los cuidados pensando, lógicamente, en que a la persona mayor no le falte nada, que tome su medicación, que coma bien, que acuda a sus citas médicas, que se sienta, y esté, segura. Todo eso es importante, cierto, pero hay otra pregunta que también deberíamos hacernos, y es “¿cómo quiere vivir esta persona?”. ¿Le hemos preguntado?», plantea Delgado. Es más, la experta pone el foco en la importancia de incluirlos, por ejemplo, en las conversaciones: «A veces, una charla tranquila, preguntar qué le preocupa o simplemente interesarnos por cómo se siente puede ser tan importante como cualquier otro cuidado», apunta.

Según el psicólogo especializado en familia y envejecimiento, en algunos casos aparece un fenómeno conocido como indefensión aprendida. Es decir, que la persona asume que, al llegar a una mayor edad, va a ser menos oída y tenida en cuenta. «Ahí tiran del poder de la invisibilidad y se acostumbran a no ser vistos, a no opinar o a sacrificar lo suyo para las generaciones posteriores. Por ejemplo, aunque no le parezca bien, permite que su nieta ocupe su antigua vivienda», describe el especialista gallego.

El impacto en el envejecimiento

El envejecimiento no es solo un proceso biológico; también tiene una dimensión social y existencial. La experiencia es personal y social. Las personas necesitan saber que la vida tiene sentido, y esto está mediado por los vínculos, intereses y los motivos para levantarse cada mañana. «El propósito no tiene que ser algo extraordinario. Puede estar en cuidar de alguien, mantener una amistad, aprender algo nuevo, participar en la comunidad, disfrutar de la naturaleza, cultivar una afición o simplemente tener una razón para salir de casa y relacionarse con otras personas», destaca la gerontóloga.

De hecho, diversos estudios longitudinales y metaanálisis han encontrado que las personas con un mayor sentido de propósito presentan un menor riesgo de mortalidad, una mayor integración y apoyo social y mejores indicadores de salud. En conjunto, estos factores se asocian con una mayor esperanza de vida, aunque la evidencia disponible no permite establecer, todavía, una relación de causa y efecto.

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.