José Luis Peña, neuropediatra: «No se ha demostrado que el azúcar cause hiperactividad o falta de atención en los niños»
VIDA SALUDABLE
El especialista profundiza en los siete pilares de un buen desarrollo cerebral en la infancia
22 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.La Sociedad Española de Neurología Pediátrica (Senep) insiste en que el desarrollo cerebral se construye día a día. Sin grandes artificios, más bien, todo lo contrario. Con pequeños gestos que se repiten y que se construyen en hábitos. Y, si hay una edad con impacto en años futuros, es la infancia, especialmente los primeros mil días de vida. En el Día Mundial del Cerebro, que se celebra este miércoles, José Luis Peña, neuropediatra y vocal de la Senep, profundiza en las siete claves para el correcto funcionamiento del sistema nervioso central: alimentación equilibrada, juego al aire libre, vínculos afectivos seguros, crecer con palabras, sueño reparador, pantallas con límites, y seguridad y protección.
—¿Hasta qué punto se sabe si la alimentación influye realmente en el desarrollo del cerebro?
—Durante la gestación y los dos primeros años, los llamados primeros mil días, el efecto de la nutrición adecuada es máximo. En ese período se forman neuronas y conexiones, se produce mielina y crece rápidamente el cerebro. Una desnutrición intensa o ciertas deficiencias pueden provocar alteraciones duraderas. La nutrición adecuada junto con otros cuidados cariñosos y sensibles son claves para el desarrollo en la primera infancia. Ofrecen una buena salud, atención receptiva, protección y seguridad y oportunidades para el aprendizaje desde el nacimiento.
—¿Se ha podido demostrar que un consumo elevado de azúcar provoca hiperactividad o falta de atención?
—No. No se ha demostrado que el azúcar cause directamente hiperactividad o falta de atención, ni que provoque TDAH. Los ensayos en los que se administró azúcar o placebo sin que familias ni investigadores supieran cuál recibía cada niño no encontraron diferencias consistentes en conducta, atención o rendimiento cognitivo. Además, un estudio longitudinal que siguió a unos 3.000 niños entre los seis y once años no encontró que mantener un consumo elevado de sacarosa aumentara la aparición de TDAH.
—Pero muchas veces parece que sí.
—Sí, pero porque pueden ocurrir distintas cosas. Primero, que los dulces suelen consumirse en fiestas o situaciones estimulantes, y además, algunos productos azucarados también contienen cafeína o determinados aditivos. Las expectativas también influyen. Es decir, en experimentos se vio que los padres que creían que sus hijos habían tomado azúcar los calificaban como más hiperactivos, aunque hubieran recibido un placebo. Otra cosa que sucede es que los niños con impulsividad o TDAH pueden preferir alimentos dulces, por lo que una asociación observacional no demuestra que el azúcar sea la causa. Ojo, esto no significa que un consumo elevado sea inocuo. Puede desplazar alimentos nutritivos y favorece caries, aumento de peso y problemas metabólicos; además, las comidas irregulares o grandes oscilaciones de glucosa pueden producir cansancio o irritabilidad en algunas personas. La OMS recomienda que los azúcares libres representen menos del 10 % de la energía diaria, idealmente menos del 5 %.
—¿Qué nutrientes considera que son claves?
—Durante esos primeros mil días, hay muchos. Por ejemplo, el yodo es necesario para las hormonas tiroideas; una deficiencia grave durante el embarazo puede causar daño cerebral y una reducción permanente de la capacidad intelectual. El hierro interviene en la mielinización y los neurotransmisores. Su déficit temprano se relaciona con problemas motores, de atención, aprendizaje y memoria. La carencia de folato antes y al comienzo del embarazo aumenta el riesgo de defectos del tubo neural. Y, luego, las proteínas, la energía, la vitamina B12, el zinc y determinados ácidos grasos también son necesarios, aunque su efecto depende del momento y la gravedad de la carencia.
—¿En qué alimentos se traducen?
—Algunos alimentos beneficiosos son el pescado azul, que contiene omega-3, clave para la memoria y la atención; las frutas y verduras, fuentes de antioxidantes que protegen las neuronas; los huevos, por su contenido de colina para la memoria; las legumbres y los cereales integrales, ya que proporcionan energía estable; los lácteos o alternativas vegetales enriquecidas en calcio y en vitamina D, y el aceite de oliva virgen, que aporta grasas saludables, así como antioxidantes que favorecen la función cerebral.
—Uno de los pilares para un desarrollo adecuado del cerebro es jugar en exteriores. ¿Por qué?
—El juego al aire libre no es solo movimiento, es una de las experiencias más completas para el desarrollo cerebral de la infancia. Cuando los niños corren, trepan, exploran, o simplemente inventan juegos en el parque, su cerebro trabaja a pleno rendimiento. De hecho, se activan áreas relacionadas con la coordinación, con la planificación, con la atención, con la regulación emocional, y con la creatividad.
—Hay investigaciones que dicen que la sociedad occidental pasa la mayor parte de su día en interiores. ¿Qué beneficios tiene pasar más tiempo en exteriores que en interiores?
—La luz natural regula los ritmos circadianos vigilia y sueño y es una fuente de vitamina D. En muchas ocasiones, implica el contacto con otros niños, que fortalece habilidades sociales esenciales. Aprender a respetar los turnos, la negociación, la empatía, y resolución de conflictos. Además, estar fuera también reduce el estrés y mejora el estado de ánimo.
—¿Observa en consulta que los niños pasan mucho tiempo en casa, en interiores?
—Sí, en general muchos niños pasan más tiempo en interiores que generaciones anteriores, aunque depende del país, y del entorno social y familiar. Entre las causas habituales están el abuso de pantallas, las actividades escolares, la falta de espacios verdes cercanos, el tráfico y las preocupaciones por la seguridad. Esto puede reducir el ejercicio, el contacto con la naturaleza y, en algunos casos, las oportunidades de socialización presencial. Hay que recuperar las calles, plazas y parques como lugares seguros de juego para los niños. Son necesarios paseos y tiempo al aire libre diario, adaptado a la edad, al clima y al entorno.
—Otro de los pilares a los que apuntan desde su entidad es el apego con sus progenitores. ¿Cómo se refuerza este apego?
—De muchas formas. Responder a sus señales, es decir, mirarlo, consolarlo cuando llora y atender oportunamente el hambre, cansancio o deseo de interacción. También se recomienda hablar, cantar y leerle diariamente, por ejemplo, al describir lo que hacéis y contestar a sus sonidos, gestos y miradas como si fuese una conversación. Jugar cara a cara: sonreír, imitar sonidos, jugar al cucú y ofrecer objetos sencillos, seguros y de distintas texturas. Seguir su interés sin obligarlo ni sobreestimularlo. Dedicarle tiempo diario en el suelo y, cuando esté despierto y vigilado, boca abajo en períodos breves que aumenten gradualmente. Por el contrario, es bueno evitar pasar demasiado tiempo en hamacas, sillitas o cochecitos, así como las pantallas, que aportan mucho menos que la interacción real.
—Destaca la importancia de crecer con palabras. ¿Por qué?
—Se habla del poder de la nutrición del lenguaje para el desarrollo cerebral. A las 24 semanas de gestación se reacciona al sonido; a las 35, comienza el proceso de aprendizaje del lenguaje intraútero. El incremento de las sinapsis responsables del aprendizaje del lenguaje alcanza su máximo a los 6 meses de edad, y está influido por los estímulos auditivos y el entorno lingüístico temprano del niño. Es decir, que las oportunidades para mejorar el lenguaje y por tanto los resultados académicos están presentes en una etapa muy precoz de la vida. La evidencia indica que la cantidad y la calidad de palabras habladas por un niño en los tres primeros años de vida predice sus habilidades lingüísticas y sus resultados académicos de una forma más potente que el nivel socioeconómico, el nivel educativo de los padres y la raza o etnia. Sabemos que desde el nacimiento, el lenguaje se desarrolla principalmente mediante la interacción cotidiana.
—¿Existen formas mejores de hacerlo?
—Sí, existen distintas recomendaciones. Hablarle desde que es bebé, se le puede describir lo que hacéis durante el baño, el paseo, la comida o la vestido. El entorno debe responder a sus sonidos y gestos, por ejemplo, imitar sus balbuceos, sonreír y esperar su respuesta, lo que crea pequeños «turnos de conversación». Cantar canciones y utilizar rimas ayuda a los niños a reconocer el ritmo y los sonidos del idioma. También es recomendable hablarles despacio, con frases sencillas, pero utilizando siempre palabras reales y un vocabulario rico y variado. Es muy útil seguir el foco de atención del niño, nombrando aquello que mira, señala o intenta alcanzar, ya que así el lenguaje se vincula con sus intereses. Además, cuando comienza a decir sus primeras palabras, conviene ampliarlas de forma natural; por ejemplo, si dice "perro", el adulto puede responder: "Sí, es un perro grande que corre", enriqueciendo su vocabulario pero sin presionarle para que repita. También es importante evitar corregir constantemente los errores o comparar al niño con otros, ya que resulta más eficaz ofrecer el modelo correcto de manera natural y respetar el ritmo individual de desarrollo. En las familias bilingües, los distintos idiomas pueden utilizarse con total normalidad, puesto que el bilingüismo, por sí mismo, no provoca retrasos en la adquisición del lenguaje. Finalmente, la lectura compartida diaria, incluso desde el nacimiento y aunque solo sean unos minutos, es una de las estrategias con mayor respaldo científico para enriquecer el vocabulario, exponer al niño a una mayor variedad de palabras y favorecer su desarrollo lingüístico y su aprendizaje futuro.
—¿Observa que muchas veces se sustituyan las palabras por los móviles?
—Sí, puede darse la situación en la que, a veces, las pantallas se antepongan a conversaciones, cuentos, juegos y momentos compartidos. Cuanto mayor es el uso, pasivo y en solitario, especialmente en niños pequeños, más aumenta el riesgo.
—¿Cómo se cuida el sueño de los más pequeños de la casa?
—Con rutinas predecibles, horarios regulares, y un ambiente tranquilo, porque ayudan a que el niño concilie y mantenga un sueño reparador. Después hay pequeños hábitos como bajar la luz, evitar pantallas antes de dormir y dentro del dormitorio, la lectura de un cuento y repetir la misma secuencia cada noche, los cuales facilitan el descanso.
—¿Cómo se puede saber si un niño duerme lo suficiente?
—Más bien sabemos cuando un niño duerme mal. Provoca irritabilidad, menor atención, dificultades para aprender y más impulsividad. Una mala noche aislada no suele ser preocupante; lo importante es el patrón habitual de sueño. Las horas de sueño van disminuyendo en función de la edad del niño, unas 16 horas en el recién nacido y hasta los tres meses, donde pasa de vigilia a sueño directamente. Entre el cuarto y sexto mes aparece el ritmo circadiano de la temperatura y la melatonina, lo que consolida un período de sueño nocturno más prolongado y se desarrolla un ritmo multimodal, con una siesta en la mañana, una siesta en la tarde y un largo sueño nocturno. A partir de entre los ocho y los diez meses, la organización y los ciclos del sueño comienzan a ser muy parecidos a los del adulto. Hacia el año y medio de edad, se retira la siesta matinal y persiste una siesta a mediodía, y se consolida el sueño largo nocturno. De los dos a los cinco años, las cantidades de sueño permanecen estables y entre los tres y los cinco se consolida un único período nocturno de sueño con supresión de las siestas diurnas. A partir de los cinco años, sus patrones de sueño se parecen a los del adulto. Y, finalmente, en la pubertad, hay una tendencia fisiológica a retrasar el inicio nocturno del sueño, lo que se conoce como el síndrome de retraso de fase.
—¿A partir de qué edad se ha visto que el niño puede utilizar las pantallas?
—La Asociación Española de Pediatría recomienda no utilizar las pantallas hasta los seis años de edad, porque sabemos que no existe cantidad segura de exposición antes de esa edad. Las excepciones son puntuales, por ejemplo, con videollamadas, cuentos o con canciones, breves y acompañadas por un adulto. Entre los seis años y los doce, el tiempo máximo se sitúa en una hora al día, y aquí se incluye el uso escolar; y entre los trece y los 16, máximo dos horas diarias, de nuevo, con el uso escolar. La asociación de pediatras también recomienda no utilizar pantallas en las comidas, el juego o el tiempo familiar; evitarlas unas dos horas antes de irse a dormir o no utilizarlas para calmar rabietas, entretener durante la comida o como «niñera», entre otras medidas.
—¿Y los adultos?
—Se deberían aplicar las mismas normas referidas anteriormente a los adultos: el ejemplo de los padres influye mucho en los hábitos infantiles. Los niños aprenden por imitación.