Elementos como la luz, las texturas, el ruido o la calidad del aire en un espacio tienen un impacto directo en nuestra salud
15 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.La neuroarquitectura —el campo de investigación que se enfoca en cómo las características del entorno en el que vivimos influyen en el sistema nervioso— es una disciplina poco conocida por su nombre, pero que cualquiera podría identificar pensando en los fenómenos que estudia: basta con pensar cómo nos sentimos cuando estamos en una habitación amplia y luminosa y compararlo con la sensación que produce entrar en un trastero estrecho y oscuro. Elementos como la luz, las texturas, el orden o las corrientes de aire dentro de una estancia tienen un impacto mucho más directo de lo que podríamos pensar en nuestro bienestar emocional, nuestro descanso, nuestra concentración y nuestra salud. Así lo explica Ana Mombiedro, arquitecta, neuropsicóloga y referente en la neurociencia de las casas. Su nuevo libro, Espacios que cuidan tu cerebro (Zenith, 2026) ofrece algunas propuestas para aumentar la sensación de bienestar que experimentamos en nuestro hogar.
Mejorar la calidad del aire
El aire que respiramos tiene un impacto directo en nuestra salud. Pero, además, su calidad está ligada también al sentido del olfato. El olfato es el sentido más primitivo del ser humano y, a la vez, uno de los más determinantes en nuestra percepción del bienestar. Evolutivamente, surgió antes que la visión o la audición como mecanismo de supervivencia: para detectar alimentos comestibles, identificar posibles depredadores o reconocer a personas por su olor corporal», explica Mombiedro. En el contexto doméstico moderno, el olfato «actúa como un modulador invisible de nuestro estado emocional y cognitivo», asegura.
«A diferencia de los demás sentidos, la información olfativa no pasa primero por el tálamo, el filtro sensorial del cerebro, sino que llega de manera directa al sistema límbico, donde se encuentran la amígdala, centro emocional, y el hipocampo, centro de la memoria», detalla la especialista. Por esta razón, los olores evocan recuerdos de manera inmediata y no racional. Y es también el motivo por el que algunos olores pueden generar reacciones fisiológicas intensas.
El vínculo entre olor y emoción, ampliamente estudiado y documentado, se puede utilizar como una dimensión más de la calidez de nuestro hogar, para hacerlo más acogedor y facilitar la sensación de bienestar mientras permanecemos dentro de ese espacio. Pero en este sentido, lo que debemos buscar no es una fragancia artificial proveniente, por ejemplo, de una vela. «Un olor neutro, natural y estable favorece la sensación de seguridad; los cambios bruscos o los olores artificiales intensos generan incomodidad y pueden alterar la percepción térmica o incluso la cromática», observa Mombiedro.
Para controlar la calidad del aire, la experta recomienda el uso de monitores, dispositivos que miden múltiples parámetros, como la cantidad de dióxido de carbono presente en el espacio, de compuestos orgánicos volátiles totales o de formaldehído, así como la temperatura y la humedad relativa. Cuando estos indicadores superen los umbrales saludables, podemos tomar las medidas necesarias. En este sentido, «la ventilación cruzada natural sigue siendo la estrategia más eficaz y económica», afirma la neuropsicóloga. «Cuando esto no es posible, los purificadores de aire cono filtro HEPA o de carbón activado pueden reducir la presencia de partículas olorosas sin necesidad de recurrir a perfumes», aconseja.
A la hora de ventilar, lo ideal es hacerlo en un horario adecuado a cada momento del año. «En épocas de calor, ventilar cuando fuera no haga sol, por ejemplo, por la noche. En épocas de frío, hacerlo cuando haya sol, por ejemplo, a media mañana», indica.
Luz natural
Nuestras retinas son mucho más que sensores receptores. Sus células envían información a áreas del cerebro que regulan los ritmos biológicos. A través de ellas, la luz regula la secreción de melatonina, una hormona crucial para el sueño. Pero además, la luz tiene un efecto significativo sobre nuestro estado de ánimo y nuestros niveles de energía. Así, por ejemplo, «un salón con luz natural pero sin puntos cálidos puede parecer una oficina», señala Mombiedro.
En términos de diseño, existen tres tipos de luz: la natural, que sincroniza los ritmos circadianos; la ambiental, que define la atmósfera del espacio y la luz de foco, que guía nuestra atención. «Así que, en casa, haz todo lo posible para que los espacios donde pasas más tiempo tengan una entrada de luz natural homogénea y la posibilidad de regularla con persianas, cortinas o estores», indica.
«Recuerda que cuando el sol golpea una superficie como una ventana, esta superficie almacena la energía contenida en la luz solar, pudiéndose irradiar hacia dentro del hogar. Si lo que quieres es evitar que en verano el calor del sol caliente tu casa, la persiana debe estar por fuera de la ventana. En cambio, si quieres evitar que en invierno el sol entre en casa y produzca deslumbramientos, usa una cortina que esté por dentro y así te beneficiarás de la radiación solar», vital para sintetizar vitamina D.
Acústica tranquila
El sonido es uno de los estímulos ambientales más determinantes en la regulación fisiológica y emocional del ser humano. Mombiedro señala que «a diferencia de otros sentidos, no puede cerrarse de manera voluntaria. El oído permanece activo incluso durante el sueño». Por tanto, la calidad acústica de un espacio influye directamente en la concentración, en el descanso y en la salud mental. De hecho, existen estudios que vinculan el exceso de ruido con un aumento de la patología cardiovascular.
El ruido, entendido como un sonido no deseado o sobre el que no tenemos control, constituye uno de los factores ambientales con mayor impacto negativo sobre la salud pública. Por ello, la Organización Mundial de la Salud considera que niveles superiores a 55 decibelios durante el día y 40 durante la noche afectan al sueño, al rendimiento cognitivo y al sistema cardiovascular. Exposiciones prolongadas a ruidos superiores a estos umbrales se asocian a alteraciones en el sueño y a un deterioro cognitivo.
A nivel doméstico, existen intervenciones sencillas que reducen el ruido. «La investigación acústica ha confirmado que los materiales naturales con microirregularidades, como la madera o el fieltro, dispersan las ondas sonoras de forma más eficiente que las superficies sintéticas y lisas», explica la experta. También es clave el aislamiento acústico: paredes sólidas, ventanas de doble vidrio con cámara de aire y cierta distancia de las carreteras principales son factores a tener en cuenta al elegir una vivienda.
El sonido se compone de ondas, por lo que, para mejorar la acústica de un espacio, se debe «romper» esas ondas. «Esto se hace de dos maneras: con materiales que absorben las ondas o con formas que las reflejan en otra dirección. Los materiales que absorben ondas son aquellos porosos, como las telas. Y cuando más mullidas sean, mejor. Aconsejo añadir alfombras, tapices, cortinas, cojines o texturas en techos y paredes», apunta la neuropsicóloga y arquitecta.
Espacios de refugio
Una de las claves más interesantes para inducir la calma dentro del hogar es contar con un espacio de refugio. Así los describe Mombiedro: «A las personas nos produce un placer muy característico poder observar sin sentirnos desprotegidos. Sentirnos como dentro de una madriguera, en un nido, en un lugar que nos recoja y nos abrace».
«Este lugar tiene que ser diferente de la cama y tienes que poder sentarte o incluso acurrucarte para leer o tomar una taza de té. Desde allí tienes que poder ver tanto el interior de la casa como hacia el exterior, idealmente, un espacio verde o el cielo». Esto se puede conseguir con un elemento de mobiliario que tenga estas características envolventes. Algunos de los más comunes son una butaca cerrada o una hamaca. La experta aconseja que sea un mueble hecho de un textil mullido, cómodo y que absorba el sonido. Puede tener espacio para una persona o más. Lo importante es «que tu espalda esté recogida, que tu nuca esté protegida y que tengas por delante un gran campo visual».