Deborah García, doctora en química: «A veces nos despierta un recuerdo más intenso un olor que la foto de la persona»

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

VIDA SALUDABLE

Senén Rouco / Álex López-Benito

La divulgadora científica acerca la química que se esconde en el olfato, el amor o una goma de borrar

25 may 2026 . Actualizado a las 10:28 h.

Deborah García Bello (A Coruña, 1984), doctora cum laude en Química por la Universidade da Coruña, descubrió su pasión por la ciencia de los materiales observando la escultura Blue Venus de Yves Klein. «Aunque la había visto en libros, cuando la vi en directo aluciné porque parecía que estaba pintada con una pintura semejante al terciopelo», cuenta. Un interés que se potenció gracias a la estrecha relación que tiene con su hermano Christian, artista, «aunque él a veces se define como alquimista». Así, dirige proyectos de investigación que vinculan ciencia y arte, pero también como divulgadora científica. Tras el éxito de La química de lo bello (Paidós, 2023), acaba de publicar Diario de laboratorio, la química que ilumina lo asombroso de una vida corriente, con la misma editorial. Una obra de divulgación científica donde se mezclan experiencias de la vida de la autora con lecciones sobre química básica.

—¿Qué tiene de especial el olfato para que nos lleve tan rápido a experiencias del pasado?

—El olfato es uno de los sentidos que parece que pasan desapercibidos, pero es de los más chulos. Tenemos receptores olfativos en nuestra nariz con una altísima sensibilidad. Yo no puedo detectar moléculas con un aparato de laboratorio, el más sofisticado que te puedas imaginar, que estén flotando en el aire y que tengan un olor. Sin embargo, nuestra nariz, si pasa alguien con un perfume, podemos reconocerlo. O en el caso de los gallegos, cuando estamos fuera, esa típica frase de «huele a mar». Esa sensibilidad es muy bonita por lo precisas y sensibles que pueden ser cuatro moléculas flotando, evocándonos un recuerdo.

—¿Cómo se explica?

—Hace poco más de una década se pensaba que funcionaban con el modelo «llave-cerradura»: hay moléculas en el aire y nuestros receptores serían como cerraduras para esas llaves. Pero no es tan sencillo. Los olores no suelen ser una única molécula, sino un compendio de ellas. No es como una llave que se inserta en la cerradura y encaja perfectamente; no, solo medio encaja químicamente. Me gusta explicarlo como cuando tocas un acorde, que tienes que pulsar varias teclas a la vez. Una la pulsas más, otra un poco, otra ni la rozas. Justo ese patrón activa un olor, o ese recuerdo del mismo. Y en el cerebro, todos los sentidos pasan por un centro de distribución que se llama el tálamo, menos el olfato. Este se salta el centro de distribución y va directamente a donde almacenamos los recuerdos. Más que recordar, me gusta utilizar revivir, porque con los olores revivimos momentos. A veces nos despierta un recuerdo mucho más intenso un olor que ver una fotografía de esa persona. Eso es por cómo esas moléculas han dejado una señal grabada en nuestro cerebro.

—¿El color verde huele a verde?

—Sí y no (ríe). Con el olor verde pensamos en hierba cortada, en campo. Se debe a la clorofila de las plantas, pero esta, realmente, no es un compuesto aromático; prácticamente no huele. El olor a verde se debe a otro tipo de compuestos que son volátiles porque deben de serlo para que penetren en nuestra nariz. Pero a mí me gustan mucho las figuras sinestésicas, de hecho en el libro hay un poema de Estíbaliz Espinosa que habla de «ese cheiro a verde a clorofila», pero es que no vas a decir «cheiro a verde de gases volátiles vegetales», sería un poema nefasto. Las personas con sinestesia confunden sentidos porque en su cerebro están esas conexiones que nunca se llegaron a romper, y una letra puede ser de un color o tiene un sabor. Creo que la gente que se le da bien escribir y detectar esas cosas es porque hay alguna conexión que aún tienen fija o muy estable en el cerebro y que la despiertan en los demás gracias a esas asociaciones tan fértiles.

—¿Hay química en el enamoramiento?

—No me gusta decir que el amor es una cuestión de química, porque no lo es. Esta no tiene nada relevante que decir al respecto, pero sí que es cierto que podemos describir químicamente los procesos que suceden con el enamoramiento, porque podemos medir que hay ciertas moléculas en nuestro organismo que de repente se disparan; unas suben y otras bajan. Aumentan los niveles normales de dopamina, de oxitocina y bajan los de serotonina, aunque es algo que puede resultar paradójico. Esto último se traduce en pensamientos obsesivos, no nos sacamos de la cabeza a esa persona. Cuando analizas esto en alguien que esté en ese frenesí de amor, se ve cómo tiene todo eso descompensado. Igual que se descompensa después del parto o justo antes. Pero la química no dice nada relevante acerca del amor, porque este no se puede describir con enlaces entre átomos de carbono, no es algo medible.

—Pero sí nos gusta darle explicación a eso que está pasando.

—Sí, pero no la tiene. Para mí el enigma está en por qué suceden esas reacciones bioquímicas en nuestro cuerpo. Tiene que ser algo que se desate de forma natural, pero es bonito que ese enigma exista, no es cometido de la ciencia tratar de desvelarlo. ¿Qué más da?

Deborah García Bello posa en la rotativa de La Voz de Galicia, antes de la entrevista en plató.
Deborah García Bello posa en la rotativa de La Voz de Galicia, antes de la entrevista en plató. VÍTOR MEJUTO

—Un ejemplo de objeto que tenemos presente en nuestro día a día: ¿de qué está hecha una goma de borrar?

—La historia de las gomas de borrar es chula porque las primeras se inventaron después de los lápices. La idea era algo que podía borrarlos. La mina de un lápiz está compuesta por grafito, carbón y arcilla, que es la que hace que la mina sea más o menos dura. Teníamos que encontrar algo que se quedase pegado, que tuviese más afinidad por ese objeto —el lápiz— que por el papel, la celulosa. Lo primero que se empezó a utilizar era miga de pan, aplastada. Cuando se inventaron las gomas, las primeras provenían del caucho, ese que ahora utilizamos para neumáticos cuando está vulcanizado y tiene esa particularidad: una viscosidad y una afinidad por el grafito muy grande. Al deshacerse, cuando se forman esas virutillas de la goma de borrar, estas van envolviendo el grafito y cuando las echas fuera, el grafito se va con esas virutas porque las va envolviendo de esa manera. Para hacerla más blanda, duradera y demás, se le mete, igual que a las pinturas, una carga que normalmente es carbonato de calcio, igual que con el que se blanquea el papel.

—En esta goma (Staedtler Mars Plastic) dice en la etiqueta que no contiene falatos ni látex. ¿Por qué se avisa de estos compuestos?

—No tienen ninguna peligrosidad, pero hay que mencionarlos por las personas que son alérgicas. Se mencionan por seguridad.

—¿Cree que existe un mayor miedo a los plásticos?

—Sí, y no es una percepción, sino que se mide y existe. Hay algo que muchas veces no se explica y es que no es lo mismo que algo sea un peligro a que sea un riesgo. Por ejemplo, un león es muy peligroso, ¿pero cuántas veces en la vida te vas a exponer a uno suelto? El riesgo es muy bajo. Eso ocurre también con muchas sustancias. Las hay que, a partir de cierta cantidad, pueden ser peligrosas, pero el riesgo a que tú te expongas realmente a una cantidad que pueda ser dañina para ti es mínimo. Y con el tema de los plásticos y en concreto con los microplásticos está sobredimensionado. De hecho, aún hace poco, unos meses, se publicó un metaestudio, un análisis sobre estudios científicos sobre los microplásticos.

—¿Qué son los microplásticos?

—Son partículas de plástico tan pequeñas que solo se ven al microscopio y que se desprenden por el frote de la ropa en los tejidos o por objetos que tenemos de plástico a nivel cotidiano y que por el simple roce, lógicamente desprenden partículas. En este metaestudio analizaban cuánto sabíamos de los efectos nocivos que podría tener sobre la salud o los ecosistemas y es que de momento, parece que no hacen nada. Pero es que es una cualidad de los propios plásticos, que son inertes. Y es algo que ha jugado siempre a nuestro favor. ¿Por qué utilizamos tanto plástico a nivel sanitario? Por eso mismo. Es cierto que hay que estudiar, cuando una sustancia está tan presente en nuestras vidas, si pudiese llegar un efecto de relevancia, pero no hay que alarmar a la gente.

—¿Hay un análisis continuo?

—Sí, y para mí la pena es que se demonicen los materiales, porque en sí mismos no son buenos o malos. En los noventa, el malo malísimo era el papel. Me acuerdo de que cuando salía algo mal, pensábamos en coger otro folio y era como: «Voy a talar cien árboles». Te sentías hasta culpable. Ahora el malo es el plástico. No niego que genere problemas. En el medio marino, se tira plástico a lo loco, más de diez millones de toneladas al año. Eso es algo que hay que denunciar porque cualquier material que esté ocupando un lugar que no le corresponde es un contaminante. Hay un problema de gestión de residuos, pero no se da en Galicia, ni en España, ni Europa. De hecho, somos la principal potencia en reciclaje de plástico. Lo tiran otros países. Lo que sucede es que el mar, al igual que la atmósfera, es un fluido compartido. Una persona incívica que tira una cosa al mar, no debería hacerlo, pero eso no es un problema medioambiental.

Para poner un ejemplo de lo sensibilizados que estamos con este material me gusta mencionar una playa que esté cubierta de un material que no le corresponde, como por ejemplo el vidrio. Tenemos playas que les llaman de cristales, como si fuese una cosa romántica porque están llenas de trocitos de vidrio, de colores, ya esmerilados, gastados, y la gente va y se hace fotos. Es un vertedero de vidrio, porque está ocupando un lugar que no le corresponde. Ese vidrio está cambiando el pH de ese suelo, está afectando a la fauna y vegetación de esa playa, ahí no puede haber las mismas algas que había antes porque la composición del suelo es diferente. Es decir, afecta al ecosistema. Y estás en una playa cubierta de cristales de vidrio, pero ves un tapón de plástico y señalas que eso es el residuo y que eso es lo que está contaminado. Hasta qué punto llega nuestra disonancia de que tenemos tan demonizado un material que no vemos lo que pueden llegar a estar haciendo otros, cuando también se pueden llegar a gestionar mal.

—¿Crees que las niñas no se sienten atraídas por la ciencia?

—Es que es un hecho que las niñas se sienten atraídas por la ciencia porque las mujeres estudiamos más carreras científicas que los hombres. ¿Cuántas mujeres hay en química, biología, farmacia o medicina? Somos mayoría en las principales carreras científicas y además en las que solemos alcanzar mejores sueldos. Somos menos en algunas muy concretas, alguna ingeniería como la informática y matemáticas. Pero en todas las demás, somos mayoría. En farmacia o medicina somos más del 70 %. En química, el 60 %. Entonces, ¿cuál es el problema?

—Pregunto entonces, ¿cuál es el problema?

—El problema es ver que ahí hay un problema. Es decir, si de repente hay un grupo de carreras que las estudian mayoritariamente los hombres, parece que son las carreras que nos validan. Pero ¿por qué no se enfoca en «pobriños» los hombres que no se sienten interesados por las carreras científicas, que no estudian medicina, farmacia o química? Vamos a ayudarles. Porque eso es lo que lo que está sucediendo con las mujeres. Para mí lo que denota es un machismo que sobrevuela todas las cosas. Hagamos lo que hagamos y elijamos lo que elijamos, siempre somos «taradas» y la medida del éxito es lo que eligen ellos.

Los problemas que tenemos las mujeres en la ciencia vienen después, pero como los puedes tener tú o cualquier otro profesional, que es la barrera que supone la maternidad, esos techos de cristal que sabemos que existen. No corramos el bulto diciendo: «Vamos a a despertar vocaciones en las niñas». No, resolvamos los problemas que se van a encontrar cuando sean mayores.

—¿Qué une a la ciencia y al arte?

—La materia, fundamentalmente. Tanto los artistas como los químicos nos une ese asombro por lo material. Un artista crea con la materia . A mí la parte que más me interesa y sobre la que hice gran parte de mi trabajo de investigación es qué significan esos materiales. No significa lo mismo una escultura hecha de hormigón, que de madera o bronce. Hay un sentido en ese material que se aprecia desde el punto de vista científico. Esa es una conexión que yo veo clarísima. Así como el uso de determinado pigmento para un pintor o determinada técnica, sobre todo en arte contemporáneo, hay un criterio de significado, además de un acabado concreto. La conexión profunda está en ese asombro que tenemos, que compartimos los dos —científico y artista— por el material.

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.