Inés Moreno, traumatóloga: «Cuando amputas un dedo a un diabético, su tasa de mortalidad en cinco años es de un 80 %»

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

VIDA SALUDABLE

Inés Moreno es conocida en redes sociales por ser la «traumatóloga geek».
Inés Moreno es conocida en redes sociales por ser la «traumatóloga geek».

La experta asegura que cree en la efectividad de los suplementos en «una patología, en una persona y momento concreto, pero no en esta especie de mercado libre que se está dando»

29 abr 2026 . Actualizado a las 19:57 h.

Beber leche, enamorarte o romperte un hueso tienen algo en común: millones de años de ensayo y error. Así lo considera Inés Moreno Sánchez (Granada, 1987), traumatóloga, que se ha consolidado como una de las voces de referencia en divulgación científica en redes sociales. Antes de convertirse en médica estudió telecomunicaciones, permitiéndole aplicar física y biología evolutiva para explicar cómo funciona el cuerpo humano. Acaba de publicar Homo Imperfectus (Espasa), «y lo que pretendo, aunque pueda parecer muy obvio, es que la gente lo lea; por eso es breve y didáctico, porque intento que la gente que me ve en internet, también lo lea». 

—En el libro habla de temas que están muy de actualidad. El primero, las polémicas que suelen darse alrededor de la leche. 

—Sí, abordo temas que están de moda: el parto en casa, el mito de que la leche inflama, los suplementos… Todo ese tipo de cosas que ahora están generando tanto debate. Y el primero de ellos es la leche, efectivamente, el «veneno blanco», como la están pintando.

—¿La leche aporta beneficios?

—Primero hay que decir que la leche no es para todo el mundo, sino para europeos y descendientes de europeos. ¿Por qué? Básicamente, porque los que se vinieron a vivir a Europa en su día eligieron un territorio terrible para vivir, con hambrunas, glaciaciones, donde no se podía cultivar nada. Empezaron a ordeñar leche de animales que tenían a mano. Animales que se puedan ordeñar, porque por ejemplo en la India, había muchas vacas, pero estas casi no dan leche. La gente que podía tomar leche en la edad adulta fue la que sobrevivió. Por eso, nosotros, tenemos las tasas de tolerancia a la leche más altas. Además, es curioso, porque si coges un mapa, en el norte son muy tolerantes a la leche, casi el 90 %, y luego bajas al sur y cada vez son más intolerantes. Es una tolerancia muy demográfica. Pero si nosotros tenemos la suerte de poder tomarla, no deberíamos eliminarla de la dieta. Tiene muchos beneficios: calcio, grasas saludables y una fuente de proteínas estupenda. 

—Una tolerancia que, además, se pierde si dejamos de tomar leche, ¿no?

—Sí, se llama sustrato dependiente. Las bacterias son capaces de romper los azúcares de la leche cuanto más trabajan. En el momento en el que dejamos de tomarla, esas bacterias se van muriendo, autoprovocándonos una intolerancia a la lactosa. Por eso me da rabia que la gente diga que le inflama, porque están dejando de tomar un alimento que es muy beneficioso. Por una moda estúpida y absurda. Hay que distinguir al intolerante genético del fabricado. 

—Aconseja mirarnos los pies casi tanto como la cara. ¿Por qué?

—Sí (ríe). Lo relaciono con la Primera Guerra Mundial. Una de las cosas que más me impactó cuando empecé a ejercer fue que, cuando amputas un dedo a un diabético, su tasa de mortalidad en cinco años es de un 80 %. Es una barbaridad, una estadística arrolladora. El mensaje es, cuando se decide amputar un dedo, no es algo que suceda de un día para otro. Es mucho tiempo de no vigilarse el pie, de no tener una conducta adecuada. La mejor amputación es la que no se hace nunca. Es muy fácil que la sensibilidad de los pies se altere y que empiecen a pasar desapercibidas pequeñas heridas. Por eso, toda esa gente debería, al igual que se revisa la cara en el espejo antes de salir, mirarse los pies con cuidado. 

—¿El Camino de Santiago, además de una ruta espiritual, era de supervivencia dietética?

—Sí. En el Camino Francés, un pueblo de Burgos, Castrojeriz, que hoy apenas tiene 800 habitantes, era parada obligatoria para miles de peregrinos. Allí, fray Guillermo, prior del hospital de este pueblo, llevaba un registro de los pacientes. Y lo que pasaba es que los peregrinos que llegaban desde el norte de Francia llegaban destrozados. Ellos venían de tomar pan de centeno. Este es muy oscuro y, en climas con mucha humedad, se contaminaba por un hongo. El problema no era el hongo, sino que este producía una sustancia muy similar al LSD, que era alucinógena y también provocaba vasoconstricción. Es decir, los vasitos pequeños de los pies y de las manos se cerraban y provocaba gangrenas. Los monjes vieron que todos estos síntomas mejoraban cuando les daban su pan blanco. Sin saberlo, les estaban dando un pan que no tenía ese hongo y les estaban curando la intoxicación. 

—¿Y a día de hoy, qué pan deberíamos comprar?

—En mi opinión, integral. Esa historia la traigo para conocer un poco de dónde nace ese «amor» por el pan blanco, porque a veces pensamos que nuestros ancestros estaban medio locos y hacían estupideces, pero realmente no era así. Intento poner en contexto por qué el pan blanco era tan codiciado, aunque nutricionalmente no era el mejor. 

—¿Crees que abusamos de la suplementación?

—Sí, de hecho yo soy la única influencer que no está haciendo colaboraciones con marcas de suplementación porque no creo en ello. La entiendo si existe un déficit de vitaminas. Pero ¿cómo vivieron nuestros antepasados sin magnesio? ¿Cómo dormía mi abuela sin él? Creo que nos está yendo de las manos. Sobre todo, porque las podemos conseguir de la dieta, una equilibrada ya cumple con las necesidades nutricionales de la inmensa mayoría de la gente. Además, el resto de vitaminas, como la D, la podemos conseguir por el sol y el cuerpo se autorregula si la toma por esa vía; cosa que no sucede cuando tomamos un suplemento. Creo en los suplementos usados en una patología, en una persona y momento concreto, pero no en esta especie de mercado libre que se está dando. 

—Al principio de la entrevista calificaba como «moda» el parto en casa. 

—Me gustaría aclarar que no estoy en contra del parto en casa, defiendo mucho la medicina en el hogar. Por ejemplo, unos buenos paliativos que permitan al paciente morir en su casa, o la rehabilitación. Ciertos casos excepcionales de parto sí se pueden hacer en casa. El problema es que no se puede generalizar. Y hoy día, el perfil de mujer que da luz no es el que era cuando se hacían los partos en casa, como nuestras abuelas. Antes se paría con 20 años el primer hijo; ahora, la mayoría tienen más de 30 años. El perfil de la mujer que pare ya no es el mismo que antes, que no es bueno ni malo, simplemente hay que tener en cuenta que las complicaciones aumentan.

—¿Qué sucede exactamente en la cabeza de los bebés en el momento de nacer?

—Los huesos del cráneo no son uno, son múltiples. Al principio se pensaba que era para dejar crecer el cerebro después de los primeros años y esa es una de las funciones. Pero la principal es pasar por el infierno del canal del parto. Esa es otra de las cosas curiosas, porque nuestra pelvis no podría ser más ancha porque nos impediría que tuviéramos musculatura suficiente para caminar. Generación a generación, se ha ido mejorando hasta encontrar lo que tenemos hoy. 

—¿Nos enamoramos por el olfato?

—Sí, eso parece. Se llevó a cabo un experimento donde pusieron a mujeres a oler ropa usada por varones y les preguntaron cuál preferían. Los investigadores vieron que ese olor se relaciona con el sistema inmunitario y que existe una tendencia a elegir gente con el sistema inmunitario más diferente al tuyo posible. Por eso los extranjeros, cuando llegan a un país, triunfan tanto, porque es un sistema inmune muy diferente (ríe). No deja de ser una teoría, pero es curioso. 

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.