Las autoridades sanitarias recomiendan conservarlos en el frigorífico, dentro de su caja o paquete original
11 mar 2026 . Actualizado a las 12:41 h.Los huevos son uno de los alimentos más completos a nivel nutricional. Especialmente equipados para albergar, proteger y ayudar a crecer a un embrión hasta que esté listo para eclosionar, contienen todo lo que necesitará para formarse, lo que los convierte en un producto especialmente útil desde el punto de vista de una alimentación saludable, ya que nos permiten incorporar a nuestras comidas todos los aminoácidos esenciales que requiere nuestro cuerpo, así como proteínas, vitaminas, colina y biotina. Su versatilidad en la cocina es otro punto a favor, pero la manipulación de este tipo de productos debe ser la adecuada para prevenir problemas asociados a su consumo. Algunos de los errores más frecuentes en el hogar, como lavar los huevos antes de guardarlos en la nevera, pueden aumentar el riesgo de que se produzca una contaminación alimentaria.
El mito del lavado
Lavar los huevos con agua del grifo nada más comprarlos es una práctica extendida y que, a primera vista, parecería tener cierta lógica. Después de todo, otros productos como las frutas o las verduras se lavan antes de su consumo y esto contribuye a eliminar restos contaminantes. Pero en el caso del huevo, las autoridades sanitarias remarcan que hacerlo es un error. De hecho, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan) advierte que lavar los huevos antes de almacenarlos puede favorecer la contaminación, dado que puede ocasionar la transferencia de salmonela desde el exterior de la cáscara hacia el interior.
A pesar de su rigidez y de su alta capacidad para proteger al embrión, la cáscara del huevo es porosa y está recubierta por una fina película protectora llamada cutícula. Esta capa actúa como barrera frente a los microorganismos. Desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) explican que «la cutícula impermeabiliza la cáscara e impide que los gérmenes pasen al interior». Pero, cuando lavamos los huevos con agua, sobre todo si la utilizamos fría o a presión, esta capa puede dañarse o incluso desaparecer, haciendo que, paradójicamente, el alimento quede más expuesto a bacterias.
La principal preocupación asociada al consumo de huevos es la salmonelosis, una infección causada por bacterias del género Salmonella. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que es una de las principales causantes de enfermedades transmitidas por alimentos y puede provocar síntomas como diarrea, fiebre o dolor abdominal. La cutícula del huevo es la principal barrera que evita que este microorganismo penetre. Por eso, las recomendaciones sanitarias indican que, si el huevo presenta suciedad visible, lo adecuado es limpiarlo en seco o lavarlo justo antes de utilizarlo, nunca antes de guardarlo.
Otros errores habituales
Los huevos de gallina son un componente indispensable en la dieta nacional. Cada día se consumen en España cerca de 18 millones de unidades. A la hora de manipularlos, debemos evitar cometer fallos que aumenten el riesgo de contaminación. En primer lugar, es recomendable no romper el huevo directamente encima de otros alimentos cuando hacemos una preparación con varios ingredientes. Hacerlo favorece la contaminación cruzada ya que permite que, si caen trozos de la cáscara al recipiente en el que estamos preparando la comida, toda la mezcla se vea afectada. En cambio, lo mejor es abrirlos en un cuenco o recipiente vacío para trasladar el contenido posteriormente a la preparación.
Otro error habitual es almacenarlos fuera del frigorífico. Aunque en los supermercados se venden a temperatura ambiente, en el hogar lo recomendable es refrigerarlos para mantener su frescura y reducir el crecimiento de microorganismos. También es importante mantenerlos en su envase original. Además de protegerlos de olores de otros alimentos, el cartón conserva información clave como el número de lote o la fecha de consumo preferente.
Aunque muchos disfrutan de la tortilla sin apenas cuajar, este punto de cocción no es el más adecuado. Las autoridades sanitarias recomiendan cocinar los huevos hasta que tanto la clara como la yema estén completamente cuajadas, especialmente cuando van a ser consumidos por niños, personas mayores, embarazadas o individuos con el sistema inmunitario debilitado. Según la Aesan, «el calor destruye la Salmonella, por lo que una cocción suficiente del huevo reduce significativamente el riesgo de infección».
Por esta razón, las preparaciones con huevo crudo o poco cocinado —como algunas salsas caseras o los huevos a la plancha con una yema muy líquida— deben elaborarse con especial cuidado, consumirse inmediatamente o mantenerse refrigeradas. Con todo, es importante que no lo pasemos en exceso, porque si la yema queda menos cocinada, las grasas se van a conservar mejor que si lo cocinamos de más, consiguiendo un mejor perfil nutricional.
Señales de que un huevo ya no es seguro
Aunque las fechas de consumo son una referencia útil, los sentidos también pueden ayudar a detectar un huevo en mal estado. Un olor desagradable, una clara excesivamente líquida o una yema que se rompe con facilidad son señales claras de deterioro. En estos casos, los especialistas recomiendan desechar el producto sin dudar. Debido al riesgo de intoxicación alimentaria, no compensa aprovechar un alimento que podría estar contaminado.