Ni el chucrut ni la kombucha, ¿qué son y para qué sirven los verdaderos probióticos?

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

VIDA SALUDABLE

Los expertos recuerdan que no todos los productos que contienen microorganismos vivos pueden considerarse probióticos.
Los expertos recuerdan que no todos los productos que contienen microorganismos vivos pueden considerarse probióticos.

Para que un producto se considere como tal, su efecto debe haber sido probado en humanos en una cantidad concreta

25 ene 2023 . Actualizado a las 18:17 h.

El interés por la microbiota y los probióticos sigue creciendo. Cada vez son más los consumidores informados que se interesan por sus beneficios y efectos en determinadas alteraciones. Así, búsquedas como «¿para qué sirven los probióticos?», su relación con la gastroenteritis y «microbiota y depresión» están situadas como los reclamos principales en Internet. Sin embargo, al mismo tiempo que crecen las preguntas, también lo hace la desinformación. Por eso, se insiste en el mensaje de que no todo lo que dice ser probiótico, lo es en realidad. Por definición, «son microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, aportan un beneficio para la salud del anfitrión», precisa la Organización Mundial de la Salud. Al consumirlos, ayudan a mantener la microbiota intestinal en equilibrio. 

Así, la microbiota intestinal es la población de microorganismos (la más grande del cuerpo humano) que reside en el intestino. Imagínense a un individuo de 70 kilogramos. En su interior albergará más de 100 billones de estos pequeños “bichitos”, que si bien traducidos a peso apenas tendrán impacto (unos 200 gramos), sí influirán en su salud. Como en todo, existe una proporción ideal. «A finales de los 90, principios de los 2000, empezamos a trabajar con la microbiota, porque se vio que había otro genoma muy importante en nuestro intestino. Así que, a raíz de ello, comenzamos a encontrar una relación entre la inmunonutrición y la microbiota», precisó Ascensión Marcos, profesora de investigación y directora del grupo de inmunonutrición en el CSIC, durante su intervención en el webinar Probióticos, consumidores y ciencia: Claves para evitar la desinformación, organizado por Chr. Hansen.

¿Qué influye en la microbiota?

Si bien hay bacterias que todos compartimos, la composición de cada microbiota es única y variante. Con todo, existen factores en los que uno puede tener un papel más activo. 

Claves en las que se pueden intervenir: 

  • Patrón de alimentación (leche materna, fórmulas infantiles e introducción de alimentos sólidos). 
  • Consumo de medicamentos, como antibióticos. 
  • Hábitos de alimentación. 
  • Entorno y modo de vida.
  • El aumento de peso

Factores en los que el huésped no puede actuar

  • Genética
  • El componente anatómico del tracto intestinal
  • Edad gestacional, como por ejemplo, parto prematuro frente a parto a término
  • El modo de nacimiento (si fue por parto vaginal o por cesárea)
  • Finalmente, la edad

Así, se conocen una serie de factores importantes de la microbiota que, a su vez, se relacionan con la salud. El primero, no solo por su peso, sino también por orden de llegada, es la lactancia materna. «Esta es fundamental porque aporta componentes antimicrobianos a la microbiota, ácidos grasos poliinsaturados, nucleótidos, citoquinas, hormonas y péptidos bioactivos», expresó Marcos durante su intervención. No solo esto, sino que la lactancia materna también aporta células inmunocompetentes que trabajan en el sistema inmune innato: «Se ha visto que hay una disminución de la incidencia de diarrea en los primeros seis años de vida, a la vez que se asocia con un menor riesgo de cáncer de mama antes de la menopausia», precisó la investigadora. 

Otro de los factores clave en la colonización bacteriana intestinal es el tipo de parto (vaginal o cesárea), la alimentación del niño, su lugar de residencia (zona urbana o rural), si está en contacto con animales, la situación nutricional de la gestante o la ingesta de antibióticos. «Siempre decimos que cuanto más sucio esté el niño, más temprano va a madurar su sistema inmune y más diversa será la microbiota», detallaba Marcos.

Al comienzo de su vida, todo juega en su favor. No obstante, según avanza en edad, la composición de la microbiota (en parte debido al envejecimiento, en parte a los hábitos) se va transformando. Llegados a este punto, se habla de la inmunosenescencia: «Es un problema importante porque a medida que cumplimos años el sistema inmune también envejece. La respuesta es menor, la susceptibilidad a las infecciones y su gravedad es mayor, la eficacia de las vacunas baja y la incidencia de tumores sube», describe la investigadora del CSIC. Todo ello, mientras unos microorganismos se incrementan y otros se reducen. 

Probióticos y sistema inmune, al compás

Ascensión Marcos destacó que los probióticos pueden ejercer «un papel importante en el microambiente intestinal a través de la modulación del sistema inmune». Así, señaló que actúan como moduladores, ya hay estudios que han demostrado su papel en la «prevención del cáncer, diarrea, alergia, enfermedad inflamatoria intestinal, metabolismo lipídico, enterocolitis necrotizante o Helicobacter pylori», explicó la investigadora del CSIC. Para la experta, «son buenos tanto si hay salud, porque previenen el riesgo de enfermedad, como en la patología porque pueden tratar y reducir la morbilidad».

Todavía no existe un consenso sobre qué se considera una microbiota sana (recordemos que es única), sino que depende de cada contexto. Sin embargo, existen variables que pueden determinar su mejor funcionamiento. «La evidencia experimental ha demostrado que los niveles reducidos y las variaciones en la comunidad bacteriana están asociados con problemas de salud, mientras que el aumento de la diversidad de la microbiota mejora el perfil metabólico y las respuestas inmunológicas», contaba Marcos durante su intervención en el webinar. Por ello, enfermedades digestivas, diabetes, obesidad o las alergias se han podido asociar con una ruptura del equilibrio bacteriano, que en términos científicos se conoce como disbiosis. Y en esta labor reside el valor de los probióticos. No obstante, su nombre tiene truco cuando aparece en los estantes del supermercado. A raíz de la fama que han ido adquiriendo, la publicidad ha sabido sacarle partido. Son muchas las marcas que se aprovechan de la etiqueta “probiótico” para aumentar el número de ventas. De hecho, existen dos mitos principales muy bien instalados en la población. 

No, todos los probióticos no son iguales

En primer lugar, «todos los probióticos son iguales». Nada más lejos de la realidad. Muchos dicen serlo, pero no cumplen las características para que se consideren como tal. Existen diferentes tipos de cepas dentro de una misma especie, como por ejemplo, Bifidobacterium lactis. Sin embargo, no todas las cepas pertenecientes han sido capaces de probar sus efectos. Para ello, cada una se somete a estudios en humanos (una cuestión fundamental) para demostrar la presunta mejora que anuncian.

Tal y como explican desde The Probiotics Institute®, creado por Chr. Hansen, distintos beneficios pueden atribuirse a diferentes cepas. Dentro de la especie Lactobacillus rhamnosus se pueden encontrar algunas como la cepa Lactobacillus rhamnosus, LGG ® o la Lactobacillus rhamnosus, GR-1 ®. Mientras que la primera «se vincula principalmente con la salud digestiva e inmunitaria, la segunda se relaciona, sobre todo, con la salud vaginal y urinaria en mujeres». 

No solo esto, sino que la dosis importa y mucho. Los ensayos que han comprobado un efecto fueron llevados a cabo con una cantidad determinada de bacterias vivas. Así, el respaldo solo existe para ese número, y no menor o mayor. A su vez, los productos con probióticos contienen millones de bacterias vivas que, de forma natural, pueden ir muriendo desde la fabricación hasta su compra. Esto es algo muy relevante para el consumidor, ya que indica que la cantidad presente en la fecha de caducidad potencial tiene un mayor peso que la declarada en la fecha de fabricación. Vaya, que lo que importa es lo quede para el final. 

Los alimentos fermentados no pueden considerarse probióticos

Una alimentación saludable es fundamental para mantener la microbiota intestinal en buen estado. Si bien existen alimentos fermentados (y recomendados dentro de este patrón), no se consideran probióticos. Esto es otro mito. Ni el Kimchi, ni el chucrut, ni cualquiera que no haya sido sometido a estudios científicos que cumpliesen con lo imprescindible: realizarse sobre humanos y determinar la cantidad adecuada. Eso sí, las bacterias vivas que los habitan sí pueden considerarse beneficiosas para el bienestar. 

¿Cómo elegir un buen probiótico?

El reflejo en la etiqueta del tipo de cepa es algo útil, aunque no siempre sucede. Hay fabricantes que prefieren ocultarlo. «Me parece fundamental que se ponga en la etiqueta la cepa que tiene, porque hay muchos productos que afirman una serie de beneficios que, en la mayor parte de las veces, no son ciertos. De ahí que la etiqueta sea importante para que el consumidor sepa qué es bueno y qué no», detalla la investigadora del CSIC. En algunas ocasiones, el producto podrá reflejar solo la especie, lo cual no acaba de ser beneficioso. Lo importante, para saber sus efectos, es la cepa. 

De igual forma, se recomienda consultar las declaraciones de salud, pues no todos los probióticos se emplean para lo mismo, y las recomendaciones de uso. De nuevo, los estudios exigidos se probaron sobre una cantidad determinada. De ahí que cumplir con ello sea imprescindible para obtener el efecto. 

Finalmente, el recuento total de células activas. Como las que se introducen al principio y las que resultan al final pueden no sumar lo mismo, el consumidor tendrá que prestar atención al número de bacterias vivas (UFC), que a su vez puede reflejarse como cultivos vivos. Por el contrario, se recomienda evitar aquellos cuyo UFC indica «en el momento de la fabricación». 

Tal y como explicó Ascensión Marcos, en el 2009, la Sociedad Española de Microbiota, Probióticos y Prebióticos, elaboró un documento de consenso sobre los requisitos que debe cumplir un producto para considerarse un probiótico. En ellas, se explica que una sustancia que contenga microorganismos no puede calificarse como tal, «aun cuando tenga efectos biológicos saludables». Para que esto ocurra «es imprescindible demostrar científicamente que produce efectos beneficiosos en la salud del individuo, con estudios en población humana que cuenten con una metodología adecuada», precisó la investigadora y pionera en inmunonutrición.

Además, apuntó que si bien los estudios en laboratorio y en animales son fundamentales para pasar a practicarse en humanos, el beneficio del probiótico debe haberse comprobado en la salud humana. En esta línea, Marcos recordó que «los efectos saludables demostrados para una cepa microbiana específica no son extrapolables o atribuibles a otra cepa de una misma especie», y que el mero hecho de que su impacto se reporte en una alteración concreta, no asegura el efecto en otra.

De igual forma, la experta añadió, a raíz del marco consensuado, que «la eficacia de algunas cepas probióticas está ampliamente documentada para indicaciones concretas de salud gastrointestinal, como estreñimiento, inflamación o algunos tipos de diarrea», a la vez que detalla que existen cepas probióticas con evidencia para determinadas «indicaciones sobre el sistema inmune, como por ejemplo la prevención de infecciones». Por último, insistió en que los efectos probados en una población determinada «no son extrapolables a otro grupo que varía en edad o en estado fisiológico», detalla. Tal y como ocurriría con niños y adultos de edad avanzada.

¿Qué cepas son las que tienen mayor evidencia? 

En el webinar también participó Isabel López, tecnóloga de los alimentos, técnico de ventas y especialista en yogures, leches fermentadas y lactasa de Chr. Hansen, que explicó la importancia que tiene diferenciar entre género, especie y cepa respecto a un microorganismo: «Por hacer una analogía con un elemento cotidiano. El género sería teléfono, la especie un iphone y la cepa el modelo concreto», diferenciaba la especialista en tecnología de los alimentos.

Así, existen varias cepas con efectos beneficiosos probados en todas las edades, desde bebés hasta en adultos de edad avanzada. «La cepa BB-12 ® es el Bifidobacterium más documentado del mundo y cuenta con la mayoría de artículos científicos, con efectos dentro de la función gastrointestinal e inmune», detalla López. Esta es una de las que ha investigado y con la que trabaja Chr. Hansen, «lo hemos demostrado en varios estudios clínicos tanto en Europa, como en Asia», precisaba la experta.

Por otra parte, Lactobacillus rhamnosus, LGG ® es otra de las cepas estudiadas por la firma con efectos demostrados de apoyo a la salud inmune normal, tanto en niños como en adultos. En la misma línea, otra cepa que dispone de muy buena documentación es Lactobacillus paracasei L. CASEI 431 ® dentro de las áreas de apoyo inmune. En la actualidad, hay una serie de marcas que las incluyen en sus productos, ya sean leches fermentadas, productos vegetales fermentados o quesos, y en este caso, sí podrán considerarse probióticos. 

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre una de mis pasiones, la nutrición.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre una de mis pasiones, la nutrición.