¿Por qué los «pobres del sur de Europa» viven tanto? Así nació la dieta mediterránea

VIDA SALUDABLE

La dieta mediterránea fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
La dieta mediterránea fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Pese a que la ciencia ha demostrado sus enormes beneficios, estudios demuestran que, actualmente en España, solo en torno a un 15 % de la población se alimenta en base a este patrón

15 abr 2022 . Actualizado a las 19:05 h.

Sabemos, porque nos lo han dicho por activa y por pasiva, que la dieta mediterránea es un tesoro que tenemos a nuestra disposición simplemente por nacer a las orillas de este mar. Un patrón de alimentación que, tenemos claro, que nos aporta unos beneficios sobre nuestra salud que casi cuesta creer. Pero, ¿cuánto de afortunados hemos sido porque la providencia nos hiciese nacer en un país productor de aceite de oliva y fértil en sus huertas? ¿Se exagera? ¿Es un gran reclamo publicitario sin evidencia científica detrás? A esta pregunta ya les decimos que no, pero vamos a explicarle en profundidad el porqué y las amenazas que penden hoy en día sobre nuestra alimentación, más alejada de este estilo mediterráneo de lo que nos enseña la ciencia y nos enseñaron nuestros antepasados.

La dieta mediterránea es historia: de Sorolla al gran descubrimiento de un estadounidense

«Ignoro si es por debilidad o por exceso de sensibilidad, pero hoy me ha emocionado más que ningún día la contemplación del natural. Todo esto tiene tanta alegría, es tan bello, que no recuerdo haber hecho nada con tanta emoción». El valenciano Joaquín Sorolla, conocido como el pintor de la luz del mediterráneo, escribía con estas palabras en una carta a su mujer la emoción que sentía mientras pintaba una de sus obras maestras más icónicas, «Las Grupas», donde se observa un desfile de personas ataviadas con vestidos tradicionales valencianos portando uno de los símbolos de la región, un ramo de naranjas. Amante del buen vino y la comida, no dudó en llenar sus cuadros con una vitalidad desbordante de colores y de referencias culinarias procedentes de la tierra que tanto amaba.

No se descubre nada al decir que en torno al mar Mediterráneo florece un estilo de vida con una atmósfera especial. Bajo el denominador común de sus días soleados, emergen una amalgama perfecta de paisajes y culturas pinceladas con la infinita variedad de matices que han dibujado siglos de historia. En un recorrido que abarca, como canta Serrat, de Algeciras a Estambul, el ambiente mediterráneo es una máquina evocadora de sensaciones, de aroma a salitre, de atardeceres rojos, de colores intensos, de cañas y barro, capaz de inspirar a la vez calma y festividad. En otras palabras, el arquetipo del «buen vivir», y todo ello siempre presidido por ese telón de fondo pintado de azul que esbozan sus aguas llenas de vivencias. Pero si hay algo que destaca y atrae por igual, es por sus sabores.

En torno a la cocina mediterránea siempre ha habido un aura de calidad, de reverencia a un arte donde se cuida la originalidad, se atiende a los pequeños detalles y sobre todo, se venera el producto. Este culto se ha alimentado por el continuo intercambio de saberes y tradiciones que han nutrido la presencia de inquilinos tan dispares a lo largo del tiempo en la llamada cuna de las civilizaciones. Cómo no asociar a los antiguos romanos despedazando racimos de uvas de sus cuencos llenos de fruta, los mercadillos árabes cargados de especias, cereales y frutos secos, o el culto al aceite de la cultura griega, representado en las coronas de ramas de oliva que colocaban a los ganadores olímpicos. La mezcla de costumbres que han propiciado los vaivenes de la historia han permitido que se desarrolle una gastronomía variada y característica de cada región de la cuenca mediterránea, pero a la vez con la presencia de ciertos elementos comunes compartidos en todas ellas, convirtiendo a su gastronomía en un activo tan reconocible como deseado en todo el mundo.

Pero además, desde mediados del siglo XX se ha evidenciado que en torno a este tipo de cocina tradicional, sus alimentos y manera de elaborarlos existen una serie de beneficios para la salud que la convierten en el modelo de alimentación más beneficioso que se haya demostrado científicamente, hasta el punto que en el 2010 se declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, con la denominación oficial de dieta mediterránea.