María Neira, nutricionista: «Obligar a comer a un niño siempre va a ser negativo, en cualquier contexto»
LA TRIBU
La experta propone estrategias para que los niños coman verduras y frutas sin añadir más presión o fobia a ellas, consiguiendo que les acaben gustando
14 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Volver a la rutina no es fácil y la planificación nutricional de los niños no es una excepción. En verano los horarios se flexibilizan más y la alimentación cambia. «Y lo que les ocurre a muchas familias es que cuando volvemos al cole, sienten que de manera radical o rápida hay que reincorporar esa rutina alimentaria que había en junio», opina María Neira, dietista-nutricionista con formación especializada en alimentación infantil. En consecuencia, en estas primeras semanas de septiembre las normas se vuelven más rígidas y pueden provocar estrés, tanto a los padres y madres, como a los pequeños; incentivando lo que ella denomina «mentalidad dieta»: «En verano puedo comer unas cosas y de repente empiezo el colegio y ya no puedo». Con las posibles consecuencias a nivel de conducta alimentaria que esto puede acarrear para ellos.
—¿Qué consejos sueles dar tú ante esta vuelta a la rutina?
—Principalmente, intentar volver poco a poco. Marcar unos horarios y una estructura nos viene bien a todos, pero entendiendo que algunos días se puede ser un poco más flexible. En relación a las comidas como tal, volver a ofrecer alimentos que suelen estar de manera habitual en casa, nutritivos y variados. Pero intentando no utilizar un lenguaje o una comunicación no verbal que implique normas estrictas como «ahora ya no se pueden tomar helados hasta el fin de semana», sino de forma más natural. Ofrecer dulces que sean atractivos, pero también nutritivos. También ayuda involucrarles en la elección de las comidas, dándoles autonomía. No significa que directamente elijan qué quieren comer y qué no, sino darles opciones y que ellos puedan escoger una.
—En relación a esto que comentas, ¿el niño debe comer lo que le apetezca?
—Me gusta hablar de límites coherentes. Vamos a ser los papás y las mamás quienes realmente les guiemos en cada elección. No es una carta abierta donde puedas comer lo que te apetezca o entramos en el súper y podemos comprar lo que quieras; no. Sin embargo, es importante que escuchemos sus apetencias: «¿Qué te apetece más, dulce o salado?», «¿algo más fresquito o caliente?». Y en base a sus respuestas, ofrecerle un par de alternativas para que elija.
—¿Existe el snack perfecto para llevar al colegio?
—Me encantaría decirte que sí porque sería muy fácil para las familias, pero la realidad es que no existe uno que sirva para todos o que sea perfecto. Va a depender de cuánta hambre tiene cuando se realiza el snack, cómo ha sido su comida anterior, la edad del pequeño, sus preferencias y necesidades nutricionales. Teniendo en cuenta eso, sí que se puede llegar al más adecuado para ese niño o niña. Precisamente he desarrollado un juego educativo que sirve para organizar los tentempiés del colegio para que los pequeños puedan tener su autonomía.
—Si el niño no desayuna, ¿debo obligarlo a hacerlo?
—Obligar a comer siempre va a ser negativo en cualquier contexto. Cuando el niño o niña no tiene hambre, vive ese momento con angustia. Si añadimos más presión, no vamos a favorecer que tenga más ganas de comer el alimento. Esto, de manera repetida, hace que la situación empeore. Entiendo la preocupación de los padres, porque, claro, ¿le dejo que no coma? ¿Se va al colegio sin hacerlo? Por eso, se deberían de valorar varias opciones.
—¿Cuáles?
—Entender el porqué. Quizás se ha levantado con muy poco tiempo y no tiene hambre. En ese caso, una de las cosas que podemos hacer es intentar adelantar un poquito, cada día, el momento de levantarse. Así, se pueden llegar a despertar sus ganas de comer. Aunque los hay que, como en los adultos, aunque pase un rato no tienen ganas. En esos casos, se pueden valorar opciones de desayuno en pequeños bocados, que les aporten nutrientes de más interés. Por ejemplo, unas tortitas de plátano: en un bocado llevan harina, huevo y plátano. O un yogur con unos cereales y un poco de fruta. En el caso de aquellos niños a los que les cuesta mucho, pero pueden hacer un snack de media mañana en el cole, pensar que ese, realmente, va a ser su desayuno.
—¿Es normal que a un niño no le guste la verdura?
—Sí, es totalmente normal que a partir de los 2 o 3 años, empiecen a rechazar las verduras y algunas frutas. Hay muchas razones detrás, pero es algo súper frecuente. De nuevo, aquí lo que no recomiendo es insistir en que lo prueben. No obligarles, porque eso al final lo que va a hacer es justamente el efecto contrario: que cada vez van a tener una connotación más negativa hacia ese alimento y no van a estar abiertos a probarlas.
—¿Daría algún consejo a los padres en estos casos?
—Ofrecer las verduras en cantidades muy pequeñas. Si ven una pequeña cantidad en el plato, ayuda a que de repente no sientan que tienen que comerse ese plato enorme de verdura. Utilizar también muchos juegos o dinámicas, actividades donde estén presentes esas verduras y esas frutas, para favorecer así la familiarización. No dejar de ofrecer, sin insistir en que las prueben. Esas serían las tres acciones principales. Si esto se hace así y la comunicación también es respetuosa en relación al consumo de estos alimentos, a medida que van siendo más mayores, aproximadamente a los 6 o 7 años, de manera bastante frecuente se observa que ya pierden esa neofobia —miedo, rechazo o ansiedad incontrolable e injustificada ante cosas, experiencias o situaciones nuevas—. Esa aversión hacia este tipo de alimentos. Están mucho más abiertos a probarlas, les empiezan a gustar.
—¿Qué consecuencias puede llegar a tener que un niño acabe desarrollando aversión a algún alimento?
—La neofobia que he mencionado, en realidad es habitual en esas edades. Luego es verdad que hay niños que pueden desarrollar otro tipo que implique alteraciones en la conducta alimentaria donde se vea comprometido su crecimiento y desarrollo normal. En esos casos sí que hay que hacer intervenciones individuales porque hay que conocer el motivo, el origen de ese rechazo. Al igual que trasladar a las familias que no se trata de ese simple rechazo por la edad.
—¿Es el azúcar el enemigo de los niños?
—Hay algunos profesionales que te podrían responder que sí, pero a mí la verdad es que no me gusta ver el azúcar como el enemigo, ni de los niños ni de los adultos. De hecho, el propio miedo al consumo de azúcar puede generar alteraciones en la conducta alimentaria de los niños; una relación negativa o poco saludable con la comida. Se trata de entender que hay alimentos que sí que aportan más azúcar que otros y de enseñarles desde que son muy pequeños a no comerlo con miedo, simplemente a disfrutar de los alimentos dulces, que de manera natural tienen azúcar, pero también tienen otros nutrientes. Poner el foco en evitar a toda costa el azúcar suele generar más problemas que beneficios.
—¿Por qué?
—Son niños y niñas que, al final, crecen con esa idea de que comer azúcar es malo, cuando la prohibición está relacionada con un mayor deseo por esos alimentos que «no se pueden tomar» y una mayor desconexión del disfrute cuando los comen. En estas situaciones los comen con más ansia, con más voracidad. En realidad lo que buscamos es que los coman con menos frecuencia porque priorizamos alimentos más nutritivos, pero que los disfruten. Y con calma, porque eso es lo que hará que en el medio y largo plazo puedan también comerlos de manera saludable.
—«Si te portas bien, te doy una chuche». ¿Qué te parece esta frase?
—Ese tipo de frases sí que nos las recomiendo porque aquí sí que estamos utilizando la comida, en este caso un dulce, que suele ser lo habitual, con un premio y con una consecuencia que no es natural. No tiene nada que ver el comportamiento de un niño con lo que puede o no puede comer. De hecho, utilizar de manera muy repetida esta frase o estos condicionantes, sumado siempre a otro tipo de factores porque no es el único, sí que puede favorecer que los niños y niñas cuando sean más mayores tengan lo que se conoce como una ingesta emocional disfuncional: cuando se encuentran mal o quieren sentirse mejor, lo relacionan con comer. «Solamente puedo comerme un helado si realmente he comido sano», pueden pensar. También es típico en los adultos, cuando pensamos que solo si hemos comido bien, entre comillas, me puedo permitir ese postre o dulce. Es un factor de riesgo a la hora de tener una mala relación con la comida, por lo tanto, evitaría todo tipo de condicionantes de comida y comportamiento.
—¿Y cómo encontrar ese equilibrio con este tipo de alimentos?
—Quizás es el mayor reto o desafío porque, en general, como nos gustan un poco los extremos del todo o nada, encontrar ese punto de flexibilidad puede ser el más difícil. Ahora bien, igual que te decía que no hay un snack ideal tampoco hay una flexibilidad alimentaria única para cada familia. Hay que valorar un poco el contexto: quién se encarga de las comidas, el carácter del niño, las preferencias, un poco todo.
Algo que puede ayudar muchísimo es pensar en ofrecer y priorizar la mayor parte del tiempo alimentos de mayor calidad nutricional, comidas variadas, completas y más nutritivas. Cuando ponemos el foco en eso, cuando se dan esos momentos en los que aparecen esos alimentos, no vamos a tener que poner normas ni restricciones porque realmente es como que es muy natural, por así decirlo. Al final va a hacer que esa ingesta sea más puntual y que vamos a poder flexibilizar de manera muy orgánica. Entender que la perfección no existe. A lo mejor hay un día que va a comer más alimentos procesados pero si de manera habitual en casa y en el entorno escolar se comen alimentos de mayor calidad nutricional, eso va a ser algo anecdótico.
—¿Existen los niños y niñas malos comedores?
—Es verdad que se ha utilizado mucho esta etiqueta. Hay niños que son más quisquillosos con la comida porque rechazan más alimentos, no están abiertos a probarlos, a los que les cuesta más comer. Y para mamá y papá, eso es un «drama» cada vez que llega el momento de la comida. Ves que tu niño o tu niña no come apenas o que rechaza muchos alimentos y genera mucha preocupación. Sí, hay niños que se llaman picky eaters (en inglés, comedores quisquillosos). Sin embargo, yo animaría a no poner la etiqueta, que el niño no crezca pensando que come mal o bien, ni una ni otra. Intentar comunicar con neutralidad que no le gusta un alimento u otro, que ha comido más de esto o de lo otro, pero desde un punto de vista neutral.
—¿Cuándo sí debemos preocuparnos?
—Primero, ¿cuántos alimentos tiene restringidos o limitados? Eso marca mucho. Si al final solo son las verduras, alguna fruta y algún alimento puntual, pero luego tu hijo o hija come del resto de grupos de alimentos, come alguna verdura en un formato específico o la gran mayoría de frutas, ese ya es un indicador de que está siendo algo más puntual. Por otro lado, el cómo vive el momento de las comidas. No es lo mismo un niño o una niña que simplemente te dice «no me gusta», «qué asco», «esto no lo quiero», pero sigue comiendo el resto de alimentos que hay en el plato, que ese sería pues un niño o una niña que tiene esta neofobia alimentaria típica de la edad, a aquellos que lo viven con muchísima angustia y ya no son capaces; se bloquean y ya no quieren comer nada, lo viven con mucho temor. Eso es una señal de que no se trata de una aversión típica de ese período. Luego si hay cambios en el peso, en el estado de ánimo o en el nivel de energía, eso son alarmas de que no es normal.