Darío Ortigoza, neuropediatra: «En algunos niños, el calor puede aumentar los movimientos involuntarios o la distonía»
LA TRIBU
El especialista remarca que los menores son especialmente sensibles a las temperaturas elevadas y algunos con enfermedades neurológicas pueden ser todavía más vulnerables
18 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Los trastornos del movimiento en la infancia pueden afectar al 20 % de los niños en algún momento de su desarrollo. Los más frecuentes son los tics, presentes en un 17 % de la población pediátrica y con un inicio habitual entre los cinco y los siete años. Pero no los únicos. El calor puede, además, empeorar algunos de ellos al elevar la fatiga, favorece la deshidratación, y puede alterar el control motor, haciendo que determinados síntomas, como temblores, distonías, o movimientos involuntarios, se manifiesten con mayor intensidad. Darío Ortigoza, neuropediatra, portavoz de la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (Senep) y experto en trastornos del movimiento.
—¿Qué son los trastornos del movimiento?
—Los trastornos del movimiento son problemas neurológicos que hacen que un niño se mueva de una manera diferente a la habitual. Se manifiestan como movimientos involuntarios, excesivos, posturas anormales o dificultades para controlar correctamente los movimientos. Algunos son relativamente leves y transitorios, mientras que otros forman parte de enfermedades neurológicas, genéticas o metabólicas más complejas.
—¿Cuáles son los más frecuentes en niños?
—Los más frecuentes son probablemente los tics o el síndrome de Tourette, que presenta movimientos o sonidos rápidos y repetitivos, como parpadear, mover la cabeza o carraspeos. También encontramos la distonía, que provoca contracciones musculares y posturas anormales; la corea, con movimientos involuntarios, irregulares e impredecibles; las estereotipias, que son movimientos repetitivos similares entre sí; y el temblor. Además, un mismo niño puede presentar más de un tipo de movimiento.
—¿Cómo se diagnostican?
—Lo más importante es observar cómo se mueve el niño y conocer bien su historia clínica. Muchas veces, los vídeos que graban las familias en casa son muy útiles porque permiten al especialista ver movimientos que quizá no aparecen durante la consulta.
Después debemos intentar descubrir la causa. Dependiendo de cada niño, pueden ser necesarios análisis de sangre, una resonancia cerebral, un electroencefalograma, estudios metabólicos o genéticos. La genética tiene actualmente un papel cada vez más importante en los trastornos del movimiento que comienzan durante la infancia.
—¿Es posible curar un trastorno del movimiento?
—Depende fundamentalmente de la causa. No existe un tratamiento único para todos. En algunos casos podemos tratar directamente la causa y conseguir una mejoría muy importante. En otros, todavía no disponemos de un tratamiento curativo, pero sí podemos reducir los movimientos y mejorar considerablemente la autonomía y la calidad de vida del niño.
Es posible emplear medicamentos, fisioterapia, terapia ocupacional y otros tratamientos de rehabilitación. En algunos niños con distonía grave también disponemos de abordajes más especializados, como las bombas de baclofeno o la estimulación cerebral profunda, que consiste en implantar unos electrodos que ayudan a regular determinados circuitos cerebrales relacionados con el movimiento.
—¿Puede el calor empeorar los trastornos del movimiento en niños?
—Sí, en algunos niños el calor puede aumentar los movimientos involuntarios o la distonía, aunque no sucede en todos los pacientes. Además, muchas veces no es únicamente el calor. Con las temperaturas elevadas pueden aparecer deshidratación, cansancio, peor sueño y mayor esfuerzo físico, y todos estos factores pueden favorecer que aumenten los movimientos. Esto es especialmente importante en algunos niños con distonía grave. Las contracciones musculares repetidas producen por sí mismas calor y consumen mucha energía. Puede aparecer una especie de círculo: más movimientos producen más calor y agotamiento, y ese estrés sobre el organismo puede favorecer todavía más movimientos. Por eso es importante aclarar que un empeoramiento durante un día de mucho calor no significa necesariamente que la enfermedad neurológica esté progresando. Puede tratarse de un empeoramiento temporal provocado por las circunstancias.
—¿Qué precauciones debe tomar una familia en verano?
—Lo fundamental es evitar el sobrecalentamiento y la deshidratación. Es recomendable que el niño beba líquidos regularmente, permanezca en ambientes frescos durante las horas de más calor y evite el ejercicio físico intenso en esas horas. También son importantes la ropa ligera y mantener unas buenas rutinas de descanso y sueño.
Las familias suelen conocer muy bien a sus hijos y pueden identificar cuándo comienzan a aumentar los movimientos. En esos casos es mejor actuar pronto: descansar, hidratar al niño y llevarlo a un lugar fresco. En niños con trastornos neurológicos complejos es conveniente disponer además de un plan individualizado acordado con su equipo médico para saber qué hacer si los movimientos aumentan de forma considerable. Si aparece un incremento intenso y mantenido de los movimientos o de la distonía, fiebre, dificultad para beber, somnolencia o alteración de la conciencia, dificultad respiratoria o un cambio importante respecto al estado habitual del niño, debe solicitarse valoración médica.
—¿Qué es el estrés térmico?
—El estrés térmico aparece cuando el organismo tiene dificultades para mantener una temperatura adecuada porque recibe o produce más calor del que consigue eliminar.
—¿Cómo afecta a los niños?
—Los niños son especialmente sensibles a las temperaturas elevadas y algunos con enfermedades neurológicas pueden ser todavía más vulnerables. Además, si tienen movimientos musculares muy frecuentes o intensos, sus músculos están produciendo calor continuamente y aumentando las necesidades de líquidos y energía. En situaciones graves, una distonía muy intensa y mantenida puede llegar a provocar deshidratación, aumento importante de la temperatura corporal, alteraciones metabólicas e incluso daño muscular. Esto representa una situación extrema y no lo que ocurre habitualmente cuando un niño simplemente tiene algo más de movimientos durante los días de calor.