Michaeleen Doucleff, química: «Los ultraprocesados y las pantallas están diseñados para generar deseo»
LA TRIBU
La experta considera que las nuevas generaciones «ya no son tan felices: hay más ansiedad y menos confianza en sí mismos»
08 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Michaeleen Doucleff es doctora en Química por la Universidad de California, Berkeley, y licenciada en Ciencias por el Instituto Tecnológico de California, aunque ejerce como periodista científica y corresponsal de salud global en la National Public Radio de Estados Unidos (NPR). Antes de este puesto completó una beca postdoctoral en los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos. Después de su bestseller El arte perdido de educar, acaba de llegar a las librerías españolas Niños Dopamina (Diana), un plan basado en la ciencia para reconfigurar el cerebro de los niños y recuperar la armonía familiar en la era de las pantallas y los ultraprocesados.
—¿Qué le llevó a escribir Niños Dopamina?
—A medida que empecé a investigar cómo funcionaban los alimentos y las pantallas, y qué es lo que hacían a nuestros hijos y a nuestros propios cerebros, me di cuenta de algo muy sorprendente. Los consejos que solemos encontrar en redes sociales o en libros de crianza ya no funcionan, están desactualizados, generan mucha frustración y dificultades. Y, sinceramente, los padres y las madres nos encontramos en una era totalmente nueva. Estamos criando a nuestros hijos en un mundo inédito. Están rodeados de productos que están diseñados para que los usen en exceso, coman en exceso, jueguen en exceso, que estén horas y horas en determinadas apps todos los días.
¿El resultado? Nuestros hijos ya no son tan felices. Hay más ansiedad, menos confianza en sí mismos. No es culpa de los padres o las madres, porque la información a la que tenemos acceso está basada en la neurociencia o la psicología de hace 20, 40, 50 años. Así, Niños Dopamina es un manual operativo para esta nueva era en la que nos encontramos. Si tenemos las herramientas adecuadas, podemos enseñar a nuestros hijos a entrenar a sus cerebros para desear y disfrutar de las cosas que realmente les hacen sentir bien: buenos alimentos y actividades offline.
—¿Un ultraprocesado actúa igual que una pantalla en el cerebro de los niños?
—Sí. Ambos productos están diseñados por químicos e ingenieros con el objetivo de generar mucho deseo. La industria alimentaria lleva décadas reconociéndolo: estamos fabricando comida con el objetivo de que la desees, de que se te antoje. Y las tecnológicas también llevan mucho tiempo admitiendo que su objetivo es que los niños pasen el máximo tiempo posible utilizando sus apps. Los productos funcionan de la misma forma, ya sean alimentos, una app o un videojuego: que alguien se obsesione, que quiera más y más. Y para ello se aprovechan del sistema de dopamina del cerebro. Para que una rata pulse un botón en un laboratorio durante 24 horas al día, por ejemplo, tienen que activar el sistema de dopamina, el mismo que se activa con estos productos.
—¿Qué es el sistema de dopamina?
—Es una parte muy potente del cerebro que nos hace desear y buscar lo que necesitamos para sobrevivir. Y si echamos la vista atrás, hace 25 años, ya existían libros escritos por psicólogos conductuales explicándole a los ingenieros tecnológicos cómo aprovechar este sistema cerebral para que el consumidor se obsesione con sus productos. Le pregunté a un científico con el que hablaba: «Parece que el sistema de dopamina es el que hace que la gente siga comprando y consumiendo, ¿no?». Y me dijo que el sistema de dopamina, de hecho, es lo único que importa cuando se trata de que alguien consuma en exceso y el capitalismo siga prosperando. Cuando tenemos algo que nos cuesta mucho dejar y que siempre volvemos y queremos usarlo o consumirlo una y otra vez, lo que hay detrás es el mismo sistema de dopamina.
—¿La dopamina es igual a placer?
—Durante mucho tiempo, en la época de los 50, por ejemplo, los científicos pensaban que el sistema de dopamina nos hacía hacer cosas porque nos provocaba placer y que básicamente actuábamos porque nos proporciona placer. Sin embargo, hace unos treinta años empezó a surgir mucha evidencia que afirmaba lo contrario. Y ahora hay una cantidad enorme de estudios que demuestran que no es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Nuestro cerebro tiene una arquitectura única. Parte de ella es el sistema de dopamina, que es lo que genera el antojo, las ganas, el deseo, lo que hace que estemos motivados para buscar y obtener lo que necesitamos para sobrevivir. Y una vez que lo conseguimos, actúa otra parte del cerebro, que es la que genera la sensación de placer o de gusto. Son partes distintas, pero están conectadas y a menudo funcionan de la mano.
Pongo un ejemplo. Si estamos deshidratados, un día de verano que hace mucho calor, tenemos sed y queremos agua. Cuando la bebes y sientes la satisfacción, el placer, ya dejas de desear el agua, puedes descansar. Esa satisfacción hace que dejes de desear más agua o más bebida, ya no vas a buscar otra. Sin embargo, si estás diseñando un producto que lo que quieres es que se utilice en exceso, no lo diseñas para que haya satisfacción. Decimos que vivimos en una era de satisfacción o gratificación instantánea, pero lo cierto es que vivimos en una época de cero gratificación, porque no dejamos de querer, de desear constantemente: un juego más, una pantalla más, cinco minutos más. Esto es lo que sucede con estos alimentos y estos dispositivos. Nos dan mucha sensación de deseo, de buscarlo, de quererlo, pero no nos da la satisfacción que desearíamos, y por eso nuestros hijos también se sienten tan mal, o incluso nosotros, tenemos ansiedad, depresión, soledad.
—¿Deberíamos educar a los niños en aceptar el aburrimiento?
—No, eso es un mito. Es una falsa creencia que está basada en psicología de hace cincuenta años. La idea de que los niños se tienen que aburrir y que el aburrimiento genera creatividad y les ayuda a conseguir nuevos amigos es falsa. Las investigaciones más recientes nos dicen que el aburrimiento nos hace estar de mal humor y nos hace sentir mal. Lo que tenemos que hacer es sustituir la pantalla con alguna actividad offline que realmente le emocione a ese chico o chica. El sistema de dopamina hace que busque lo que necesita para sobrevivir y como seres humanos eso incluye creación, aventura, exploración, conexión. Tenemos que ayudar al niño o a la niña a sustituir la pantalla por actividades que curan esas necesidades y que les aporten emoción. En ese momento, deshacerse de ellas será muy fácil, sobre todo si son pequeños, antes de los 12 años.
—¿Cómo podemos proteger a los niños de los ultraprocesados?
—Diría que en Estados Unidos es incluso más grave el problema que en España, pero creo que la clave es tener mucho cuidado con lo que metemos en casa, porque estos alimentos están diseñados explícitamente por empresas para que los niños coman solo eso. Puedes poner a la hora de la cena alimentos mínimamente procesados y luego unas galletas ultraprocesadas o pan y te garantizo que el niño va a ir directamente a por las galletas y luego, si eso, picará algo de lo demás. Estos alimentos son ricos en azúcar y muy calóricos, están hackeando nuestro cerebro. Tenemos que ser conscientes de que si metemos ultraprocesados en casa, eso es lo que se va a comer nuestro hijo o nuestra hija, es muy difícil conseguir que no lo hagan.
—¿Consideras que comprarlos y que solo los consuman los adultos es imposible?
—Es como querer que tu hijo sea vegetariano y comerte un filete delante de ellos. Los padres tienen cierto margen para hacer trampas, pero los niños van a imitar a los padres, y esto se nos suele olvidar.
—¿Cómo sabremos que el sistema de recompensa de los niños se ha normalizado?
—En primer lugar, creo que va a haber menos batallas, menos conflicto. Va a haber más calma, más paz en casa y en la vida, menos estrés. Ya no vamos a estar combatiendo los deseos de ese niño y él va a empezar a sentir más satisfacción, va a dejar de pedir algo constantemente. La saciedad dura más, nos sentimos bien durante más tiempo. Los niños son más optimistas, más alegres, se ríen más, porque ya no estás buscando o deseando esas cosas. El placer se supone que tiene que añadir color a la vida, tiene que hacerte sentir optimista y, además, permanece. No es algo que dura cinco minutos, sino cinco horas o un día entero. Y una vez que empiezas a experimentar eso, te das cuenta de que la vida es mucho mejor.