José Antonio Luengo, psicólogo: «Es importante que los niños sepan pedir ayuda y no callarse por miedo a represalias»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

LA TRIBU

José Antonio Luengo es psicólogo y catedrático.
José Antonio Luengo es psicólogo y catedrático.

El experto asegura que un niño que acosa a otro es consciente del daño que hace, por lo que se debe realizar un trabajo de reflexión con ayuda profesional para romper con la dinámica de abuso

02 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El acoso escolar es uno de los problemas más graves que atañen a la crianza y educación de los niños. No se trata de una manera agresiva de jugar. Son dinámicas que se van configurando en los grupos y que producen heridas profundas, pero muchas veces invisibles. Las vacaciones pueden ser un buen momento para hablar con los hijos sobre estos temas, sin las presiones del día a día que pueden dificultar el encontrar un momento para hacerlo. En su nuevo libro, El algoritmo del miedo, radiografía del acoso escolar, el psicólogo, catedrático de Enseñanza Secundaria y Vicepresidente del Consejo General de la Psicología en España, José Antonio Luengo explica cómo se producen estas dinámicas y cómo podemos intervenir los adultos para desmontarlas.

—¿Qué caracteriza una situación de acoso entre pares? ¿Cómo la podemos identificar?

—El término acoso lleva implícita la característica de que lo que hace el agresor lo hace intencionadamente, de manera reiterada y siempre desde una jerarquía. Cuando alguien acosa a otro, no es una situación puntual que acontece en un momento dado. No es una pelea o una discusión. Aquí hablamos de algo que se mantiene en el tiempo y que requiere cierta insistencia y planificación. Estamos hablando de una conducta que muchas veces incluso puede llegar a planificarse para dañar al otro y para ejercer violencia sobre él en diferentes formas. El que la ejerce sabe que está en una posición predominante y que la víctima está en una situación de cierta indefensión.

—¿Cómo se desarrollan las dinámicas de acoso en un grupo?

—El círculo del bullying es una idea que planteó uno de los principales investigadores en la materia, que fue el noruego Dan Oleus, en el siglo pasado. Él nos decía que esta violencia tiende a interpretarse como una situación que se da entre agresores y víctimas. Pero eso nos impide acertar en la respuesta, porque este tipo de conductas se mantienen fundamentalmente porque en el entorno hay silencio y miedo, y porque no hay conductas basadas en la solidaridad, en la compasión o en la bondad. No hay conductas de apoyo o de cuidado al vulnerable por parte de los compañeros. La conducta violenta puede aparecer pero si hay defensores activos, compañeros que defiendan a la persona agredida, esa violencia tiende a disminuir de manera muy significativa.

—¿Cuáles son estos roles?

—Lo que plantea Dan Oleus es que en un grupo se dan ciertas tipologías de conducta ante una situación de esta naturaleza. Están los que inician la conducta y la perpetúan en el tiempo, los que no la inician pero se unen a ella, los que no se unen pero la aplauden y los que miran hacia otro lado, o no se atreven a intervenir. Por último, tendríamos a sujetos que se sienten muy mal ante lo que están viendo, e intervienen y apoyan a la persona agredida. La violencia siempre puede aparecer en forma de acoso, pero la defensa de la víctima es lo que hace que esta se reduzca de manera significativa y llegue a desaparecer. Esto significa que este tipo de conductas se pueden prevenir.

—¿Por qué se sostienen estas dinámicas?

—Uno, por el silencio de los espectadores. Dos, por el miedo que gestan los grupos que se consideran superiores y piensan que pueden hacer cualquier cosa con los demás. Y luego, hay un tercer elemento, que es la planificación de estas acciones. No estamos hablando de chicos que cometen un error y se les va de las manos. Cuando hablamos de acoso grave hablamos de acciones muy planificadas.

—¿El acoso siempre deja huellas a largo plazo en las víctimas?

—Lo que nos dice la experiencia es que cuando un niño o una niña están sufriendo acoso por parte de otros compañeros, en el momento en el que observan que hay otros compañeros que se sienten preocupados por ellos, que les cuidan y les intentan proteger, los efectos de ese acoso son mucho menos importantes. Pero un acoso que se mantiene en el tiempo, sobre todo entre los ocho y los dieciséis años, llega a producir en la víctima una indefensión aprendida, lo que significa que no solo le hace daño, sino que ha aprendido a no defenderse porque ha visto que hacerlo no le sirve de nada, porque se ha mantenido un entorno en el que la víctima no encuentra el más mínimo apoyo. En estos casos, los efectos pueden ser muy duraderos y el estrés postraumático es uno de los paradigmas diagnósticos que mejor explican estos efectos.

—¿Son efectos comparables a los del maltrato ejercido por adultos?

—Ambos tipos de maltrato generan daños. Es difícil recomponerse. Pero cuando este maltrato se produce por parte de compañeros, de aquellos con los que tendrías que jugar, que compartir, que sonreír, aquellos con los que además pasas más de seis horas al día, 180 días al año, el impacto que se produce en la personalidad, en el desarrollo del autoconcepto, de la autoestima y de la identidad es incluso más intenso que el que se produce cuando el maltrato es ejercido por adultos. Esto está verdaderamente documentado en la investigación y es una señal manifiesta de que el acoso va mucho más allá de ser cosa de niños.

—¿Se pueden superar estos efectos en la edad adulta?

—De esto se puede salir, pero se necesita ayuda y cuanto antes se la brinde, mejor. Sobre todo, se necesita ese apoyo entre iguales. Pero hay que intentar no engañarse. Lo que suele ocurrir es que tras el acoso hay un gran impacto.

—Menciona en el libro que han surgido variantes de la violencia entre pares que son especialmente resistentes al tratamiento. ¿Están cambiando los modelos que intentan explicar por qué sucede el acoso?

—Los comportamientos que venimos observando en estos últimos años, a veces ligados a la utilización de medios tecnológicos y a veces no, son cada vez más inquietantemente sofisticados. Es decir, cuando hay ideas de hacer daño, estas cabalgan a una velocidad de vértigo, que va dejando al adulto que presencia en ese tipo de situaciones con la sensación de que no llega nunca a tiempo. Pero esencialmente están muy relacionadas también con el hecho de la naturaleza del acoso. Cuando el acoso se convierte en una experiencia que no acaba nunca, lo que puede estar aconteciendo en redes sociales, esto hace de esta experiencia para la víctima algo interminable e insufrible. Sin la posibilidad de encontrar espacios seguros o momentos de tranquilidad. Otro elemento es que la tecnología ha permitido innovar también en lo malo. Con la inteligencia artificial se pueden producir formas de maldad que no eran posibles hace diez o cinco años.

—¿Por qué cree que el acoso es difícil de reconocer para los padres, o que a veces permanece oculto durante bastante tiempo?

—El silencio es una de las dimensiones que han dificultado la buena gestión de este problema. Aquello que se silencia parece que no existe. Esto ocurre porque aparece el segundo ingrediente de esta historia, que es el miedo a que me pueda pasar a mí lo que le está pasando a la víctima. Existen progenitores que alimentan esto diciéndoles a sus hijos que no se metan en líos, que si observan cualquier circunstancia violenta, se alejen, a diferencia de aquellos que procuran que sus hijos sean personas solidarias, compasivas y bondadosas. Pero una de las razones por las que estos procesos se resuelven mal es que a los padres de los agresores —que son niños o adolescentes también, y que tienen que ser atendidos— les cuesta mucho aceptar que su hijo pueda haber adoptado ese rol. Y es algo demasiado frecuente. Es comprensible, a nadie le gusta que le digan que su hijo está haciendo daño a otro niño de manera intencionada. Pero es imprescindible evitar encapsularse en esa idea de que tu hijo no ha podido ejercer ese daño, porque es negar la realidad. Lo que tú tienes que intentar es que tu hijo recapacite, reflexione, reconsidere lo que ha estado pasando, pueda pedir perdón y pueda encauzar una manera de estar y de comprometer la relación interpersonal, sobre todo con la víctima, de una forma constructiva y por lo menos respetuosa.

—¿Qué opina sobre la solución de algunos progenitores de enseñar a la víctima a defenderse? ¿Es una estrategia útil frente al acoso?

—Claro que es importante que las personas aprendan a defenderse de situaciones en las que alguien quiere dañarles y esa defensa puede tener diferentes formas. Pero cuando se insiste en el daño, se vuelve imprescindible que tú tengas un círculo de amistades con quienes tengas suficiente espacio de reconocimiento personal y formar parte del grupo, sentirte cuidado por ese grupo. A mí me parece que es más importante saber pedir ayuda a los adultos y no callarse por miedo a represalias. Y ahí los adultos tenemos un papel muy importante porque es imprescindible que los niños sepan que les vamos a defender.

—¿Qué consejos daría para los padres del propio agresor?

—El niño que acosa hace daño sabiendo que lo hace. Esto implica una interpretación de lo que son las relaciones interpersonales que desvela las costuras de una ausencia de valores esenciales de respeto al otro y a su dignidad. Cuando tú te ríes del daño que produces a otro, es evidente que hay una anomalía que tiene que ser atendida. No estamos hablando de ninguna enfermedad mental. Estamos hablando de una anomalía que puede ser reparada con el trabajo de especialistas. En el centro educativo se debe realizar también un trabajo de reflexión sobre lo que ha pasado. En el proceso, los chicos tienen que hablar para reflexionar y aprender de lo sucedido. Pero hay algunos chicos, algunas chicas, en los que, en función del grado en que han ejercido esa maldad en su acción, parece necesario considerar en qué medida deben ser atendidos para que haya una reestructuración cognitiva de los valores que deben guiar las relaciones interpersonales.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.