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El domingo, 29 de marzo, los relojes se adelantarán una hora para dar comienzo al horario de verano. Se trata de una medida que busca aprovechar la luz natural disponible y mejorar la eficiencia energética. Sin embargo, esta transición provoca un incremento de la falta de descanso y de la fatiga. «El cuerpo humano regula el sueño mediante el llamado ritmo circadiano, una especie de reloj biológico interno que responde a la luz y la oscuridad. Cuando adelantamos o atrasamos el reloj, aunque solo sea una hora, ese ritmo se desajusta», avanza el doctor Ramiro Blanco Montero, jefe del servicio de Pediatría del Hospital Quirónsalud A Coruña. El experto profundiza en las consecuencias que tiene este cambio en los más pequeños de la casa. 

—¿A los niños les afecta más que a los adultos?

—Al final, muchos se despertarán cuando todavía es de noche y muchos se irán a dormir cuando todavía es de día. En los niños, que suelen tener rutinas más estables y un sueño más estructurado, ese desajuste se nota más. Pueden estar somnolientos durante el día, irritables o tener más dificultades para concentrarse.

—¿Cuanto más pequeños, peor?

—Efectivamente, les afecta de forma distinta según  la edad. Aunque es un factor estresante común que desincroniza el reloj biológico, su impacto varía según la edad, rutina y sensibilidad individual. Los menores de cinco años, bebés y niños con rutinas muy estrictas son más propensos a sufrir irritabilidad, cansancio y desajustes del sueño.  Con los adolescentes ocurre que su reloj biológico tiende naturalmente a retrasarse, prefieren dormir y levantarse más tarde, por lo que el cambio de horario, sobre todo el de primavera, cuando se adelanta la hora, puede acentuar la falta de sueño. En muchos casos, eso se traduce en somnolencia matutina, bajo rendimiento o mal humor. En ellos, mantener horarios regulares y limitar las pantallas nocturnas es aún más importante.

—¿Cuánto tiempo pueden tardar en adaptarse al nuevo horario?

—Depende del niño y sobre todo de su edad, pueden tardar desde unos pocos días o hasta más de una semana en adaptarse.

—¿Qué signos pueden hacer ver que les está costando hacer la transición?

—El cambio horario puede provocar diversas alteraciones en los niños, especialmente en los primeros días de adaptación. Es frecuente que aparezcan dificultades para conciliar el sueño, despertar nocturno más frecuente o más temprano de lo habitual. Además, pueden mostrarse más irritables y presentar cambios de humor, estando más sensibles, nerviosos o con mayor tendencia a las rabietas sin una causa aparente. A esto se suma la fatiga y la somnolencia derivadas de la pérdida de una hora de sueño, lo que puede traducirse en problemas de concentración o un menor rendimiento escolar en los primeros días. Asimismo, pueden producirse desajustes en sus rutinas habituales, como alteraciones en el apetito, con sensación de hambre a deshoras y siestas más cortas o desorganizadas.

—¿Por qué afecta tanto este cambio de hora?

—Porque desajusta el ritmo circadiano, nuestro reloj biológico interno, provocando una desincronización con el ciclo de luz-oscuridad natural.

—¿Existe alguna medida para que lo lleven mejor?

—Hay varias que son sencillas y eficaces para facilitar la adaptación al cambio de horario. En primer lugar, se recomienda adelantar la rutina de forma gradual, comenzando unos tres o cuatro días antes y ajustando la hora de dormir y de las comidas en intervalos de unos quince minutos cada día. También es importante favorecer la exposición a la luz natural durante la mañana, ya que salir al aire libre ayuda a «reiniciar» el reloj interno. Por otro lado, conviene evitar el uso de pantallas antes de dormir, porque la luz azul de los dispositivos suprime la melatonina, que es la hormona del sueño, y dificulta su conciliación. Asimismo, es fundamental mantener rutinas de forma tranquila, como el baño, la lectura de un cuento y un ambiente con poca luz y sin estímulos intensos. Por último, es clave tener paciencia y no exigir un alto rendimiento escolar o deportivo en los primeros días, ya que el cuerpo necesita tiempo para adaptarse.