Meg Josephson, psicoterapeuta: «Para un niño es más fácil culparse que reconocer que su padre o su madre no cuida de él»
SALUD MENTAL
La experta explica que intentar caer bien sacrificando el propio bienestar es una respuesta que muchas personas desarrollan ante la sensación de amenaza al crecer en entornos inseguros
11 ago 2026 . Actualizado a las 18:33 h.Después de criarse en un hogar conflictivo, con un padre que tenía problemas de adicción y una madre que se cerraba emocionalmente como mecanismo de defensa, a la psicoterapeuta Meg Josephson le costó conectar consigo misma. Tanto, que cuando se independizó y fue a comprar toallas para su nueva casa, se quedó en blanco en medio de la tienda al darse cuenta de que ni siquiera sabía qué colores le gustaban. Había pasado toda su vida adaptándose y amoldándose a los demás para protegerse. Esta es una de las primeras anécdotas que cuenta en su libro, ¿Te pasa algo conmigo?, un éxito que rápidamente escaló al podio de los más vendidos en Estados Unidos, donde se publicó originalmente. Editado en castellano este año por el sello Diana, el libro es un resumen del recorrido que la experta tuvo que hacer para llegar a conocerse, aceptarse y, de esa manera, dejar de negarse. Un camino que muchos emprenden en la edad adulta, cuando los años ponen en perspectiva las necesidades no cubiertas de la infancia. Josephson, que cuenta con cerca de 350.000 seguidores en Instagram, es también divulgadora y explica cómo utilizar herramientas como la meditación para recuperar el control sobre nuestra vida emocional.
—Explica en el libro que muchas personas llegan a enorgullecerse de su capacidad para adaptarse a los demás. ¿Qué se esconde detrás de esa manera de relacionarnos?
—Creo que es una respuesta ante la amenaza. Está bien querer que a los demás les caigamos bien. Está bien buscar la armonía y la conexión en nuestras relaciones. No es algo negativo y no hay que luchar contra ello, desde luego. Pero precisamente sanar esta respuesta ante la amenaza ayuda a conseguir esto, porque cuando buscamos agradar desde un lugar de inseguridad, nos abandonamos a nosotras mismas y no somos honestas en nuestras relaciones. Estamos sacrificando la cercanía en nuestras relaciones, porque la gente no llega realmente a conocernos y no somos capaces de forjar relaciones profundas. También creo que cuando todo el foco está puesto en caer bien, nos perdemos en nuestras relaciones, mientras que, si estamos conectadas con nosotras mismas, podemos sentir una armonía inherente que es la que buscamos en nuestra vida.
—¿Cómo podemos identificar cuando estamos haciendo algo por complacer y no por una decisión completamente libre en la vida?
—Esta respuesta se puede manifestar de diferentes formas. Algunas manifestaciones comunes son decir que sí cuando realmente queremos decir que no, y sentir mucho resentimiento en nuestras relaciones porque tenemos la sensación de que estamos siempre dando a los demás. Esto genera amargura y rabia; no viene necesariamente de un lugar de generosidad o buena voluntad. Es una respuesta. Otros síntomas son evitar el conflicto, las conversaciones difíciles, sentir que no te conoces del todo porque has pasado la vida tratando de complacer o agradar, sentirte desconectada de tus propias preferencias u opiniones, sentir que eres un camaleón y estás intentando encajar con los demás.
—¿Cuáles son algunos roles que las personas pueden asumir en las relaciones cuando se dejan llevar por la necesidad de agradar?
—En el libro describo seis arquetipos, no como personalidades con las que sentirse identificado, más bien son patrones de comportamiento que nos pueden ayudar a entendernos mejor, a saber de dónde vienen algunas cosas. Habrá gente que se puede identificar con todos esos arquetipos o solo con uno. Tenemos a la pacificadora, que se centra en mantener la armonía del entorno, asegurarse de que todo el mundo esté contento, siempre está hipervigilante, esté donde esté. Lo cual pasa factura. Otro arquetipo es el perfeccionista, que encuentra la seguridad en ser perfecto o perfecta. La sociedad recompensa o se centra mucho en el éxito, en impresionar, en conseguir logros. Sin embargo, el perfeccionista puede sentirse muy solo porque está enseñando a los demás una versión reducida de él o de ella, y siente que nadie le termina de conocer del todo.
Otro arquetipo es el humorista, que encuentra la seguridad en su entorno siendo el divertido o la graciosa, como una persona muy animada, que está siempre activada, que no puede salirse del personaje. Y eso también puede llevar a una gran sensación de soledad y de agotamiento. Por otro lado, tenemos al cuidador o la cuidadora, que ha encontrado su valor en ayudar a los demás, en preocuparse por las necesidades de los demás, pero no por las suyas propias. Luego tenemos al camaleón, que va adaptando su personalidad para encajar con la persona con la que esté, incluidas sus propias opiniones. El camaleón siente que no sabe exactamente quién es. Y luego tenemos al lobo solitario, que encuentra la seguridad de la soledad, en el aislamiento, pero anhela la conexión y relaciones cercanas.
—¿Cuál es el primer paso para entender esas reacciones que podemos tener, esos roles en los que nos terminamos colocando, y empezar a sanar?
—Es importante comprender que este es un mecanismo de seguridad inconsciente. O sea que la mayoría del tiempo ni siquiera nos damos cuenta, simplemente es lo que sabemos hacer. Así que el paso más importante es llevarlo del subconsciente a la mente consciente, parando antes de responder. Antes de buscar la reafirmación, si pausamos, podemos encontrar una forma distinta de reaccionar. Pero si no nos detenemos y hacemos esa pausa, no la encontraremos. Por eso es importante bajar el ritmo y volvernos conscientes de cómo ese patrón está haciéndose con nosotros y está reaccionando por nosotros.
—¿Cree que las emociones siempre tienen algún mensaje?
—La mayoría de las veces las emociones nos están comunicando algo. La rabia o el enfado nos está diciendo que algo no está bien o que algo es injusto. La envidia nos dice que esa persona a lo mejor tiene algo que nosotros querríamos. ¿Significa que siempre hay que escuchar ese mensaje? No necesariamente. A veces nos está comunicando un mensaje que no merece nuestra atención, o es una emoción que desencadena algo del pasado, pero que no es relevante para el momento actual. Siempre tiene un mensaje, pero está en nuestras manos discernir si merece la pena escuchar ese mensaje.
—¿Cómo se manifiestan las reacciones de complacencia cuando tenemos un conflicto con otra persona?
—Muchas personas hemos aprendido a tenerle miedo al conflicto. A lo mejor hemos crecido en una familia en la que se daban portazos, se gritaba, o se hacía el vacío, y luego eso no se hablaba, no se resolvía, y teníamos que procesarlo por nuestra cuenta, sin ninguna conversación. Entonces, en la adultez, gestionamos el conflicto mediante la evitación. Tiene sentido, porque en la infancia hemos aprendido a evitarlo, porque nunca hemos visto esa reparación en nuestra infancia. La forma en la que tendemos a afrontar el conflicto es amoldar nuestras opiniones para evitar el conflicto. A lo mejor decimos algo, pero lo retiramos, o decimos lo contrario porque sentimos que la otra persona no está de acuerdo, o podemos mentir en nuestras relaciones. Todas estas son formas de evitar el conflicto, porque si la otra persona piensa que estoy de acuerdo con ella, no va a pasar nada, y voy a estar segura. Por eso, hacemos lo posible por mantener eso.
—En su caso, explica que la meditación le ayudó bastante. ¿Cómo podemos empezar?
—La meditación, como cualquier otra herramienta de sanación que intentemos implantar, es algo que hay que empezar poco a poco, con pasos pequeños. Empezar con unos tres minutos de meditación, sentarnos en silencio, respirando. A lo mejor se siente incómodo, pero tiene que sentirse seguro, es importante sentir esa seguridad. Si intentamos exponernos a la incomodidad demasiado al principio, va a ser un impacto demasiado grande para el cuerpo, y no nos va a ayudar. A mí, por ejemplo, la meditación me costaba muchísimo. Resultaba muy incómoda, era incapaz de hacerlo durante más de cinco minutos. Así que hay que empezar poco a poco y reconocer que la incomodidad no significa que algo esté mal. Simplemente es algo que aparece, agitación, incomodidad. Y no es que tengamos que solucionarlo, sino que simplemente hay que reconocerlo. Y para mí, la sabiduría de la meditación consiste en observar lo que está sucediendo sin juzgarnos a nosotros mismos ni nuestras emociones. Simplemente permitirnos estar con lo que estamos observando. Y eso, por supuesto, se extrapola a otros aspectos de la vida.
—¿Qué le diría a la Meg más joven?
—Probablemente le diría que no hay nada malo en ella. A veces he tenido, y sigo teniendo, la creencia muy profunda de que hay algo que arreglar, que reparar en mí. Puede haber gente que se sienta reconocida en el hogar en el que yo crecí también, y aprendemos a culparnos. Una forma de afrontar todo eso, porque la culpa es una forma de ordenar ese caos. Es más fácil culparnos a nosotros que reconciliarnos con lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Para un niño o una niña es más fácil pensar que es su culpa que reconocer que su padre o su madre no cuida de ellos, no puede cuidar de él o de ella. Le da demasiado miedo pensar eso. Así que le diría a mi versión más joven que no hay nada malo en ella y que lo que está sintiendo tiene sentido que lo sienta.