Coches, pero no personas: ¿por qué nos volvemos más agresivos al conducir?

SALUD MENTAL

Operación salida de julio. En la imagen, vista de la A-3, en sentido salida de Madrid.
Operación salida de julio. En la imagen, vista de la A-3, en sentido salida de Madrid. Victor Lerena | EFE

Los expertos explican que los usuarios ven coches en lugar de personas, lo que contribuye a una falta de empatía en la carretera

02 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Más de uno lo habrá notado ya sea en sí mismo o en un tercero. Basta con subirse al coche para perder los papeles. Un cruce, un simple ceda al paso que como peatón se hace de forma automática e, incluso, con una sonrisa, al volante es motivo de queja, bufido, insulto y un toque de claxon. No solo lo dice la experiencia, también la investigación. Es cuestión de estadística. Tres de cada cuatro conductores se transforman al volante, reconocen que tienen comportamientos agresivos con otros que nunca tendrían fuera de su vehículo. El dibujo se completa con cifras que alientan a la desesperanza: un 33 % admite no respetar las normas fundamentales de la conducción, como los límites de velocidad o la distancia de seguridad, y un 14 % coge el coche después de consumir alcohol. Un 25 % adelanta de forma brusca para intimidar, mientras que un 29 % utiliza el claxon para recriminar la conducta de otros conductores. Son datos de una encuesta elaborada por la Fundación Línea Directa. 

Muchas perlas —que diría Rosalía— al frente de un coche que ayudan a entender un hecho: la gran mayoría de los accidentes se deben a errores humanos. Que si mirar el móvil, el consumo de drogas o la velocidad excesiva. ¿Por qué el comportamiento del usuario da un volantazo de 180 grados? 

Existen varias razones que lo explican. Por un lado, se encuentran los factores externos, variables que el conductor no puede controlar y que minan la moral al volante. Todos las conocen: tráfico, prisa o falta de aparcamiento. El calor o el ruido ambiental tampoco ayudan. «Moitas veces se confunde personalidade con comportamento, e conducir non cambia a primeira», aclara Eva Muíño, coordinadora del Grupo de Tráfico e Seguridade del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia (COPG), que añade: «O que pode mudar son as formas de comportarnos polas esixencia da contorna, que non deixa de ser a capacidade de adaptación que temos como seres vivos». Cómo uno afronta estas dificultades determina su respuesta y aquí entran de lleno el otro conjunto de factores, los internos. 

La personalidad y el estado emocional suponen una parte de la reacción. Hay rasgos, como aquellos que tienden a ser más violentos, que empeoran la respuesta. También hay momentos de la vida en los que uno es más susceptible. Algunas investigaciones apuntan a que esta predisposición es más frecuente en personas con menor capacidad de atención, más impulsivas, con un menor control sobre su conducta y menos flexibilidad para reaccionar ante determinadas situaciones. Ese perfil también tiende a interpretar con mayor facilidad el comportamiento de los demás como una amenaza, lo que aumenta la probabilidad de responder de forma agresiva.

La falta de empatía también entra en juego. Esto no significa que, en su día a día, el conductor esté carente de ella, sino que al subir al coche, se produce un fenómeno de despersonalización. «En lugar de ver persoas, vemos coches, obstáculos que nos estorban. Non temos empatía co resto», destaca la experta, que añade: «A partir de aquí empezamos a dicir que, en lugar de ser unha persoa, é un condutor incompetente. Nin xeramos empatía coa situación ou problema que pode ter o outro», indica Muíño.  Y todo de una forma automática, sin que la persona apenas sea consciente. 

Esto ayuda a la siguiente razón: ver el mal en el ojo ajeno. Es decir, las interpretaciones que muchos conductores hacen de la realidad y del comportamiento del resto. En otras palabras, es más probable que uno tenga una mala reacción si piensa que el otro actúa en su contra, si lo ve como una amenaza. 

El error también es el del otro. «Atribuese ao comportamento dos demais a personalidade de incompetente, de irresponsable. En cambio, os nosos erros ou actuacións dependen das circunstancias». Así, por ejemplo, alguno puede alegar que conduce nervioso, «pero é a miña responsabilidade non unha circunstancia», detalla la experta.

Y, por último, la psicología también ha encontrado que el anonimato y la sensación de impunidad favorecen una mala respuesta. Como, lo más habitual es que los conductores no se conozcan entre sí y que las consecuencias de un pitido o insulto sean nulas, el instinto primario hace acto de presencia. 

Respiración y simulacros

Todos estos factores alimentan una respuesta más impulsiva y menos reflexiva, de la que nadie está exento. El grupo de trabajo del COPG colaboró con frecuencia con la USC en investigación de datos. «Así observamos que condutores con maiores niveis de ira presentan condutas máis impulsivas, máis infraccións, e máis posibilidades de verse implicados nun maior número de accidentes», lamenta la especialista. Es más, la reincidencia también se relaciona con más impulsividad y menos reflexión. 

La entidad fue pionera en la primera década de los dos mil, en realizar los primeros programas de intervención con penados de tráfico. Gracias a esta experiencia, la responsable de grupo tiene claro que la causa de muchas infracciones tiene una explicación psicológica: «Os mecanismos que temos que comprender a nivel de autocontrol emocional son de tipo psicolóxico. Non ten que ver coa falta de información ou descoñecemento das normas de tráfico», indica. Por ello, es necesario establecer intervenciones de este tipo que aumenten y desarrollen las competencias emocional y de autocontrol, decisivo en la seguridad al volante.

Por mucho que lo parezca, conducir no es una tarea sencilla. Todo lo contrario. Requiere atención constante y sostenida: «Temos que atender constantemente ao que sucede na contorna: sinais, peóns, velocidade ou semáforos. E tamén, temos que ir anticipando, en certa medida, o comportamento doutros», resume Eva. El problema llega cuando a todo esto se suma el estrés, «o mal deste século». «Todas estas capacidades se reducen», añade. 

En esta situación, el cerebro prioriza tomar decisiones rápidas antes que efectivas. «Na selva, cando nos perseguía un león, funcionaba. Pero na estrada non, porque non podes facer desaparecer o atasco o evitar que outro coche se meta diante». 

Por eso, la propuesta de la psicología en este caso es el trabajo de prevención y planificación, tal y como sucede con los simulacros. «Todo o que podamos facer como un simulacro vai axudar: empregar a respiración, a relaxación e recorrer á capacidade de poñerse no lugar doutro», explica la responsable de grupo, que pide calma al volante. 

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.