Celia Incio, experta en misofonía: «Si hay un sonido que, cuando aparece, te cambia el estado de ánimo, sospecha»
SALUD MENTAL
La especialista atiende día a día a pacientes que experimentan síntomas intensos asociados a determinados ruidos
01 jun 2026 . Actualizado a las 11:37 h.Tal vez muchos creyeron que la psicóloga Celia Incio (León, 1997) se equivocaba cuando decidió que la misofonía, una condición huérfana no solo de fama, sino también de criterios que la describiesen con claridad, era un buen lugar hacia el que orientar una carrera clínica. Entonces, hablar de que hasta un 20 % de la población podría estar afectada en mayor o menor medida por este problema era predicar en el desierto. Pero no desisitió y, varios años después de emprender su cruzada, Maldito Ruido (Alfaguara, 2026) está hoy en las librerías. Una editorial no apuesta por algo que no interesa, en acertar con lo que genera cada vez mayor atención es parte de su oficio. Ya no solo la consulta de esta hija de gallego —de ahí lo de Incio— está llena de personas que reaccionan de una manera desproporcionada ante sonidos cotidianos. Parece que era verdad que todos los que no sufren no caben en su gabinete.
—Debo reconocer que ha sido una sorpresa ver publicado un libro sobre una condición tan concreta como la misofonía, aunque es cierto que en todo el trabajo que lleva usted detrás siempre ha reconocido que se trata de un problema infradetectado. ¿Fue una sorpresa también para usted?
—Aunque siempre he intentado darle la visibilidad que le falta, es cierto que me llevé una sorpresa. Pero es que estamos ante estimaciones que hablan de que esto lo vive un 20 % de población. Y, personalmente, cada vez lo puedo comprobar más, tanto en redes como en consulta. Esto es un hito importante de cara al reconocimiento de la misofonía, tanto a nivel social como profesional.
—Un 20 % es mucho.
—Sí. Creo que dentro de cincuenta años, cuando miremos atrás, nos vamos a sorprender de lo poco que se conocía la misofonía en el 2026. Esto es un pasito adelante que se tenía que dar antes o después; era necesario y no había alternativa. Ya lo hemos visto antes con, por ejemplo, la depresión, algo que afectaba a tanta gente, por lo que tantas personas se ven limitadas, que se tuvo que dar. Evidentemente, estoy agradecidísima por la apuesta a la editorial, pero mi visión es que era algo casi obligatorio. Las personas que acumulan un sufrimiento de tantos años lo merecen.
—Vamos, que usted defiende que empieza a ser difícil mirar hacia otro lado.
—Creo que sí. Siempre me preguntan si cada vez tengo a más personas en consulta, si cada vez hay más gente con misofonía. Honestamente, creo que estas personas siempre han estado ahí. Mucha gente que acude a nosotras nos cuenta que ya su abuelo tenía este problema, o que en casa siempre se ha tenido mucho cuidado con equis sonidos. Lo que está cambiando es que ahora se le está dando un nombre. A veces te preguntas, ¿realmente es necesario etiquetarlo todo? Pero la realidad que vemos es que, si algo no tiene un nombre, no puedes saber qué patrones resultan propios de esa condición o cuál es el tratamiento más adecuado para quienes cumplen con esos criterios. Creo que darle voz, que las personas puedan googlear sobre misofonía, supone darle un espacio que es necesario. No puede ser que algo que limita tanto su vida permanezca en la sombra indefinidamente.
—Tal vez sea pertinente acotar qué es la misofonía. Usted dice que no es una manía, tampoco una molestia o una fobia, y tampoco una expresión de un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC).
—No, no es nada de esto. Yo comprendo que desde fuera resulte difícil entender que un sonido aparentemente insignificante pueda generar semejante reacción. Creo que es por esa incomprensión por lo que se trata de encajar esta respuesta en un cajón ya conocido que le dé un porqué y una estructura, que lo haga entendible a ojos de profesionales de la salud y de la sociedad. Es verdad que comparte algunas cosas con estas condiciones. En todas ellas suele haber mucha hipervigilancia, una anticipación como puede haber en la ansiedad. También hay evitación de lugares o de personas como sucede en las fobias. Y, a menudo, también, una necesidad de control constante del entorno, típico del trastorno obsesivo-compulsivo. Pero la diferencia aquí es que el detonante es algo muy concreto: ciertos estímulos sonoros específicos que desencadenan esa respuesta tan visceral, tan automática y que no suele estar marcada por el miedo. En las fobias, yo tengo miedo a las agujas o a las arañas, por poner cualquier ejemplo. Tengo miedo porque mi cerebro me dice que eso me puede provocar un daño, y que huya de ahí. En la misofonía no aparece el miedo, sino una irritación intensísima que la persona vive como algo completamente insoportable. Y esta irritación propia de la misofonía ha sido catalogada durante muchos años como producto de la exageración, del mal carácter o de manías. Es difícil ahora despojarnos de todas estas etiquetas y darle un nombre propio, pero bueno, poquito a poco.
—Pensando en el autismo y en las altas capacidades, ambas condiciones tan distintas comparten rasgos, como una alta sensibilidad sensorial. ¿Cree que la misofonía, sin ser lo mismo, sí es una expresión más de eso que conocemos como «neurodivergencias»?
—Hay patrones que observamos en las personas con misofonía que con bastante frecuencia se repiten. No todas las personas tienen el mismo perfil, pero sí es frecuente encontrar una mayor rigidez cognitiva que en el resto de la población. Hablamos de perfiles que, por genética, estarían predispuestos a una mayor hiperactivación de ciertas áreas cerebrales. Pero es que además de tener esta predisposición para desarrollar misofonía, bien por aprendizaje o o por cuestiones de temperamento, acaban consolidando determinados rasgos de personalidad.
—¿A qué se refiere con una mayor rigidez cognitiva?
—Observamos que habitualmente son personas muy autoexigentes, muy activadas mentalmente, con gran sensibilidad emocional y sensorial. También muy intolerantes ante la frustración, el descontrol o ante las cosas que se salen de sus parámetros de orden interno, de sus expectativas de corrección y de lo que debe ser. Las personas con misofonía suelen estar muy pendientes de cómo afectarán sus actos al resto, muy preocupadas por no molestar, por ser consideradas, educadas y cuidadosas. Son perfiles que, más allá de la misofonía, cuando van por la calle están atentas de no obstaculizar el paso de otras personas, o que se sienten especialmente frustradas cuando alguien no pone los intermitentes. Tienen un radar especialmente orientado hacia qué pensará esta persona de ellas o hacia cómo se puede sentir quien tienen al lado. Hablo con mis pacientes de esa sensibilidad. Tienen un gran sentido de la justicia cuando, por ejemplo, alguien se escaquea de pagar una cuenta. Les parece algo inverosímil. O detectan muy rápidamente si alguien tiene la cara descompuesta y viven soprendidos el que nadie se dé cuenta; perciben muy claramente esa ansiedad o nerviosismo. Son personas especialmente perceptivas ante esa desconsideración. Suelen ser también muy resolutivas, con mucha disponibilidad para todo el mundo, muy de tirar para adelante, de no pedir ayuda. Evidentemente, todo lo que he mencionado no es algo malo en absoluto, simplemente son esquemas mentales que probablemente surjan bajo el efecto de cierta predisposición a nivel neurológico. El problema aparece cuando sienten que esa consideración no es recíproca, o cuando perciben comportamientos que viven como invasivos, desordenados, irrespetuosos o simplemente poco conscientes. Desde ahí lo empiezan a vivir como una especie de invasión, una transgresión de su libertad, a su respeto; como un desorden. Por tanto, no es que sean personas sensibles y punto. De hecho, suelen ser personas muy eficientes y funcionales, pero ese cerebro tan activado y pendiente del entorno entra en un estado de alarma por el que más fácilmente pueden percibir ciertos comportamientos con un impacto emocional mayor.
—Pero entiendo que ese acumular y acumular no tiene otra salida que acabar desbordando a la persona. ¿Todo acaba por explotar?
—Obvialmente. Es como una botella de Coca-Cola. La agitas, la agitas y aguanta y aguanta. Cuando ya la presión no pueda soportarse, abre tú ese tapón a ver qué pasa. Cuanto más alerta y sensibilizado esté un cerebro, mucho más reactivo será. También por eso muchas veces van a mostrarse menos tolerantes.
—Usted propone diez criterios diagnósticos, basados exclusivamente en la reacción de una persona ante determinados sonidos. Pero no menciona nada de estos rasgos de personalidad que parecen comunes en la misofonía.
—Pero es que esto sucede en todas las descripciones diagnósticas de todas las patologías. Un TCA también es común que se desarrolle en ciertos perfiles de persona, perfiles muy autoexigentes, con una gran conciencia de cómo son vistas o no por el resto, o que han podido vivir experiencias en las que la alimentación o la imagen siempre han sido un eje central. Pero todo esto son, por decirlo de alguna manera, astros que orbitan alrededor de esta patología, no lo que la define. Cuando digo a las personas que me contactan que existe cierta rigidez cognitiva, hasta que no suelto todo este speech, muchas te lo van a negar.
—No es que tengamos una explicación neurobiológica de esta condición, pero sí sabemos que estructuras cerebrales como la amígdala o el córtex prefrontal juegan un papel clave.
—La amígdala la asemejo muchas veces con radar que tenemos en nuestro cerebro, encargado de monitorizar el entorno. Pero ese entorno a veces es anticipatorio. Es decir, puede ser un entorno real o imaginado por anticipación. La amígdala se encarga de enviar señales de posible peligro advirtiendo de que quizás tengamos que afrontar situaciones desafiantes. Nos dice que es posible que estemos ante una persona que podría llevar a cabo ciertos comportamientos que hagan peligro nuestra integridad física o psíquica. La amígdala es un elemento clave en la activación de respuestas de alarma y supervivencia. Por eso digo que es como ese radar cuya función es pulsar el botón rojo que active las típicas respuestas de supervivencia: la lucha, la huida o la congelación. Mientras tanto, la ínsula está muy relacionada con cómo interpretamos internamente lo que ocurre a nuestro alrededor en forma de sensaciones corporales, malestar, percepciones de invasión o incluso ciertos comportamientos que se viven como inadecuados. La hiperactivación de estas áreas, sumada a una hiperconexión entre regiones auditivas y emocionales del cerebro, facilita que ciertos sonidos impacten de una manera mucho más rápida e intensa a nivel emocional y fisiológico. Funciona como una especie de autopista sin peaje en la que el sonido es vivido como algo intrusivo, invasivo, fuera de lugar o desconsiderado. Con toda toda esa alarma de supervivencia activada, la corteza prefrontal —la parte más racional y desarrollada del cerebro humano— queda anulada. No puede ni decir, «oye, vamos a pensar, que igual no es para tanto». Nada, todas esas áreas diseñadas para no pensar y simplemente sobrevivir toman el control.
—Entiendo que esto es un fenómeno exclusivamente humano.
—Te diría que sí. La corteza prefrontal es una de las regiones efectivamente más importantes y lo que nos hace humanos. Si nos enfocásemos exclusivamente en cómo funcionan los seres vivos a nivel neurológico, podría pensar que la misofonía es posible en el reino animal, pero sería obviar muchas cosas. La misofonía no es solamente monitorizar el impacto de un sonido en las áreas cerebrales, sino también su interpretación. Los animales carecen de una corteza prefrontal tan compleja como para establecer una diferencia entre lo que es considerado y lo que no, que distinga entre el bien y el mal, que diferencie entre lo que es educado y lo que son malos modales. Los animales esto no lo tienen y la misofonía es selectiva. Por ejemplo, los bebés, hasta que cumplen los dos años, suelen ser caballito blanco. Es decir, un bebé, que es una fuente constante de ruidos con la boca y con la nariz y con todo un poco, no activan ningún tipo de respuesta en las personas con misofonía. ¿Por qué? Por esta capacidad humana del cerebro de interpretar, no les atribuye ni intencionalidad ni capacidad de evitar ese estímulo. Entonces, no activa la respuesta de alarma.
—A día de hoy, pensar en un fármaco frente a la misofonía es absurdo, pero también fue un delirio pensar en su día en una pastilla frente a la tristeza propia de la depresión o la ansiedad. Está claro que un comprimido no va a ser la cura de nada, pero también que la industria se mueve...
—Ahora mismo, no lo veo como un escenario posible. Y al final con los fármacos, es como si, al romperte una pierna, en lugar de rehabilitación, te chutas morfina todos los días. ¿Te está solucionando el problema? No, simplemente está haciendo que no experimentes malestar. Por tanto, aunque hubiese una medicación para la misofonía, estos patrones de los que hemos estado hablando de un cerebro muchísimo más hiperactivado y mucho más reactivo, si no sabes manejarlos, saldrán por otro lado. Eso ni lo dudes. Bien sea a través de sintomatología física o bien sea también a nivel psicológico. ¿Los fármacos pueden ayudar? Yo no digo que no, pueden ser una forma de sobrellevar la vida, pero creo que es pan para hoy y hambre para mañana.
—No es por ser pesimista, pero teniendo en cuenta las cifras de psicofármacos dispensados en España y la prevalencia que se estima de la misofonía, sinceramente creo que son muchos los afectados por esta condición que están tomando antidepresivos y benzodiazepinas.
—Uy, sí, eso te lo corroboro yo. Efectivamente, muchas personas que acuden a consulta tienen pautadas medicaciones así. A veces, incluso antipsicóticos para tratar la misofonía. ¿Funcionan? Bueno, pueden hacer algo. Al principio sobre todo, provocando que la persona esté un poquito más tranquila y menos reactiva, pero, de nuevo, no la curan. Cuando esa persona deje la medicación y vuelva a exponerse a los sonidos, al carecer de herramientas para conseguir que su cerebro rompa esa asociación que tiene de «sonido igual a amenaza», su cerebro acabará imponiéndose de nuevo, activando las mismas respuestas de protección que activaba antes de la medicación.
—Si una persona sospecha que puede estar afectada por misofonía, ¿qué señales deberían hacerse plantear acudir a terapia?
—Le diría que mire a su alrededor y se fije en si hay un sonido que, cuando aparece, le cambia el estado de ánimo. Si en ese momento se empieza a irritar mucho, si empieza incluso a tener comportamientos que incluyan miradas fulminantes, respuestas bruscas o incluso ganas de agredir a la persona que lo está haciendo, que sospeche. Esto es súper, súper, súper común. Si mira a su alrededor y nadie más está respondiendo ante ese sonido, si incluso pregunta al resto si no lo oyen, que empiece a preguntarse si realmente es una cosa de esa persona que está siendo maleducada y desconsiderada o si es su cerebro el que lo está viviendo de una manera un poco desproporcionada. Es muy habitual que los pacientes digan que ya no saben si son elllos o es el mundo, y yo respondo que aunque fuera cosa del mundo y no suya, no es interesante ponerse a batallar contra el mundo, porque pierdes. Ahí es cuando nos tenemos que empezar a plantear si tu libertad se está viendo restringida por esto y si merece la pena ampliarla.