Los difusos límites de la neurotipicidad: «Llegará un momento en el que la población neurodivergente sea equiparable a la neurotípica»

Lois Balado / Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

La neurodiversidad se abre paso en las aulas.
La neurodiversidad se abre paso en las aulas. iStock

Las necesidades del alumnado crecen en la aulas que, según los profesionales, han normalizado mucho antes la asesoría psicológica que el mundo adulto

24 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Con nueve años recién cumplidos, el hijo de A. J. F. lleva tiempo aburriéndose en clase. Cuando llega a casa, lo dice abiertamente. Su familia ha decidido tratar de averiguar si esa falta de interés que el niño reiteradamente refiere en el colegio puede deberse a algo que vaya más allá de una apatía académica normal. Han decidido llevarlo a un gabinete de psicología en A Coruña para realizarle una batería de pruebas que pudiesen revelar si el pequeño tiene altas capacidades. Podría ser, o podría no serlo. El resultado de esos test no es lo importante en este caso, sino la reacción del menor cuando se le comunicó que iba a ir «a la psicóloga». L. —esa es su inicial—, después de mirar con extrañeza a su madre y enrabietarse por la poca ilusión que le provocaba la cita, preguntó: «¿Tengo que ir a la psicóloga porque soy bobo?». Nadie, o al menos nadie es consciente, ha dicho nada que relacionase una visita con un psicólogo o psicopedagogo con la bobería. ¿De dónde sale entonces esa asociación?

Las sospechas se centran en que se debe a algún comentario —o comentarios— escuchado en su ámbito educativo, un colegio público de la ciudad. Tampoco sería sorprendente que así fuese, dada la escasa capacidad de filtrar que tienen los niños a esa edad y lo crudas que pueden ser sus palabras. Pero en un contexto en el que se normaliza cada vez más e incluso se anima a las personas a acudir a psicoterapia, resulta llamativo. ¿Es un estigma que un psicólogo o psicopedagogo te requiera en el contexto de una clase de primaria? Está claro que Iria Calleja, psicóloga sanitaria, doctora en educación y vocal de la sección educativa del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia no está presente en todos los centros educativos de Galicia, pero dos décadas de trayectoria trabajando en ellos sí le dan una perspectiva cimentada. Y en su opinión, este señalamiento no es lo normal.

«En mi experiencia, todo lo contrario. En mi gabinete trabajamos estrechamente con escuelas e institutos de todo tipo, tanto públicos como privados, y la experiencia es que es el propio centro el que indica a los padres que sería recomendable llevar a sus hijos al psicólogo porque han percibido cambios, ya sea en su estado anímico o porque están viendo dificultades más allá de lo estrictamente escolar o académico», adelanta la psicóloga, refiriendo un abanico de trabas que van desde inseguridad, ansiedad, problemas en la gestión de la frustración, de la empatía o escasez de habilidades sociales. «Yo tengo 45 años, quizás en mi época el panorama era diferente, no te voy a decir que no, pero ahora ya no existe. Cada vez más la sensibilización es mayor», augura Iria Calleja, afirmando sin atisbo de dudas que no solo han cambiado los tiempos en el mundo adulto, achacando el caso del niño que abre este reportaje a una suerte de excepción que confirma la nueva regla.

Coincide con ella Àlex Letosa, director del centro Camina y miembro de la Sección de Psicología de la Educación del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña. «Siempre hay algún caso de señalamiento, pero la conciencia de los niños ha cambiado muchísimo. Hoy en día, todos tienen algún compañero que ejerce de referente, lo que hace que los alumnos lo tengan muy normalizado. Viven ir al psicólogo o logopeda como algo natural y positivo para gestionar emociones y habilidades sociales», adelanta, reconociendo que «en algún tipo de alumno sí puede haber alguna sensación de estigma, que incluso lleguen a producirse situaciones de acoso, pero creo que en estos casos hay otras condiciones asociadas». Tampoco se enroca la psicóloga gallega en una posición naíf ni niega que, en alguna ocasión, se haya topado en su carrera a pacientes infantiles que se sentaron en consulta con esa sensación de que algo estaba 'mal' en ellos, preocupados por si les estaba sucediendo algo malo. «Somos animales sociales, construimos nuestra autoestima y autoconcepto en comparación con los demás. No deberíamos, sobre todo las personas neurodivergentes —cuya etimología ya señala que divergen con respecto a la norma—, pero lo hacemos por esa naturaleza social. Siendo niño, cuando la mayor parte de tu mundo gira en torno a la escuela, compararte con un compañero que con aparentemente menos esfuerzo saca siempre más rendimiento que tú, suele llevar a una serie de conclusiones erróneas. Porque si tú no sabes que tienes un TDAH, no vas a ser consciente de una variable que es fundamental. Y vienen preocupados porque ellos mismos se han hecho unas ideas y expectativas que son erróneas, pero cuando les ayudas a deconstruirlas su visión cambia significativamente. Es verdad que puede pasar en las primeras visitas, pero luego ya no», zanja la especialista infanto-juvenil.

La psicología dentro de los muros de un colegio

Hace ya años que se comenta, no solo en los círculos académicos, sino también clínicos, que la neurodivergencia ha dejado de ser excepcional. En el año 2023, en una entrevista con La Voz de la Salud, José Mazaira, jefe del servicio de psiquiatría infanto-juvenil en el hospital de Santiago (CHUS), ya lo apuntaba con total naturalidad: «El TDAH es un trastorno frecuente, de los más frecuentes. Las estimaciones varían según el tipo de estudios, pero podemos considerar una prevalencia de alrededor del 3 o 4 % de la población general. En cada clase, hay algún niño que padece TDAH».

Solo tres años más tarde, la situación es todavía más evidente. El empeño en sensibilizar al personal docente en la atención a la diversidad —ya sea en neurodiversidad, en crianza respetuosa o disciplina positiva— ocupa cada vez una mayor importancia. La razón, según Calleja, es «puramente matemática». Toca formarse, porque cada hay una mayor presencia de neurodivergecia en las aulas. Y la previsión es que siga creciendo. Puede parecer un fenómeno nuevo, que los neurodivergentes crecen ahora como setas. ¿Pero lo es? Los especialistas creen que, por encima de todo, ahora se mira donde antes giraba la vista. «La neurodiversidad, si vamos a la raíz, es una vulnerabilidad genética, se hereda de padres a hijos. Si una madre lo es, ese niño o niña tendrá también altas probabilidades de serlo. Al final, irá habiendo más y más. Así, en cada clase o grupo acaba habiendo un alumno con TEA (trastorno del espectro autista) que vaya desde el grado 1, el antiguo síndrome de Asperger, a un grado 3 o 4, que ya son niños no verbales y que en ocasiones hacen su escolarización completa o parcial, en un centro de educación especial. Estas situaciones están en las aulas todos los días, porque también hay TDAH, hay disléxicos o niños sin ninguna etiqueta pero con comportamientos particulares. El profesorado tiende a sensibilizar cada vez más a la clase, a explicarles abiertamente que es un TEA o un TDAH y que esos comportamientos se deben a ciertas cosas», explica la psicóloga gallega que introduce también una reivindicación. Los departamentos de orientación en España están configurados por ley por un pedagogo, psicopedagogo o psicólogo. «No es necesariamente obligatoria la presencia de un psicólogo», aclara la profesional. Entre las misiones del orientador están las de atender cuestiones de valoración y atención temprana, atención a la diversidad, coordinar las acciones tutoriales del centro. «Y ya aprovecho para decir que es una locura que haya un solo orientador por centro».

No hay que irse muy lejos para comprobar que, efectivamente, las necesidades en el aula han crecido de manera importante. Las altas capacidades han pasado a representar un 0,2 % de la población en las aulas en el curso 2011-2012 —ahí comienza la serie histórica que recopila el Ministerio de Sanidad— a ser ya un 1,2 % del alumnado. En estos quince años, mucho más acusado es el incremento de los trastornos del aprendizaje, que han pasado del 1,7 % en el 2011 a el 4,6 % en los últimos datos. Un grupo de alumnos cuyas necesidades, que muchas veces repercuten en el terreno de la salud mental, «se han derivado a los docentes».

La pregunta es hacia dónde nos dirigimos; ¿cuál será la realidad de las clases dentro de no demasiado? «Hay muchos clínicos que consideran que la T del TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) tendrá que desaparecer. Hay una línea muy fina entre lo que es normal y lo que no. Una de las cosas que establece el DSM —el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales— es un criterio de cantidad de personas. Y va a llegar un momento en el que la población neurodivergente sea equiparable a la neurotípica. Con lo cual, ¿es un trastorno o simplemente un cerebro que funciona de otra manera? Creo que todos los niños tienen hoy algún compañero con un TDAH o una dislexia y que lo llevan con mucha naturalidad», explica la psicóloga sanitaria y experta en educación gallega, que pone ejemplos realmente curiosos: «Trabajo mucho con niños con TDAH, que son más impulsivos y extrovertidos, y de vez en cuando les escucho comentar que cualquier cosa que les pase lo van a comentar "con su terapeuta", casi fardando», asegura Calleja.

Salirse de la norma

Durante décadas, incluso desde antes de que se publicara la primera edición del DSM, la salud mental como concepto se ha organizado en torno a la idea de que existía una manera «normal» de pensar, de aprender y de comportarte. Toda desviación respecto de ese patrón se ha catalogado como un trastorno o una alteración. Sin embargo, a medida que la definición de neurodivergencia se expande para incorporar un mayor grado de precisión y detalle, esta visión está empezando a cambiar.

En las antípodas de la neurodivergencia se situaría, según el modelo tradicional, la neurotipicidad: una ausencia de rasgos que indiquen dificultades en áreas como la escolaridad o las relaciones interpersonales. Pero ¿qué supone ser neurotípico? ¿Existe alguien que haya atravesado toda su etapa escolar sin pasar por ningún momento difícil? Si es así, opinan cada vez más expertos, que esa persona tire la primera piedra. Cuando hablamos de neurodivergencias, señala la psicóloga y orientadora Luisa Meijón, «estamos incorporando el prefijo neuro-, que parece hacer referencia a algo genético o biológico. Y a día de hoy, no se sabe en qué medida impactan los componentes genéticos y en qué medida el ambiente».

Algunas de las neurodivergencias más frecuentes:

  • Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad
  • Trastorno del Espectro Autista
  • Dislexia
  • Discalculia
  • Disgrafía
  • Síndrome de Tourette
  • Trastorno del Procesamiento Sensorial
  • Dispraxia
  • Trastorno del Lenguaje
  • Altas Capacidades Intelectuales

Quizás, entonces, la pregunta que nos estamos haciendo sea la menos pertinente de todas. Lejos de interrogarnos por la neurodivergencia, quizás podríamos empezar por delimitar la neurotipicidad. Pero este camino inverso tampoco funciona como atajo. «Si definimos la neurodivergencia como multiplicidad de formas de ver el mundo, a lo mejor en esa definición también entramos tú y yo», sostiene.

Según la psiquiatra Carmen Moreno, vicesecretaria de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (Sepsm), la neurodivergencia «es un concepto que engloba variaciones en el funcionamiento relacionado con el comportamiento y con la forma de procesar información, entre otras áreas. Es un constructo que no busca diferenciar lo que es patológico y lo que no. De hecho, dentro de la neurodivergencia encontramos situaciones o formas de funcionar que no tienen por qué ser patológicas o causar un impacto funcional en la vida de una persona a nivel social, académico o laboral».

Entonces, ¿para qué sirve diferenciar la neurodivergencia de la neuronorma? Esta es, para Moreno, la gran pregunta. «La conversación interesante está más en por qué ahora necesitamos etiquetarlo todo, qué pasa ahora que nos hacen falta esas etiquetas. Y esto tiene mucho que ver con el momento social en el que estamos, donde las categorías marcan la identidad», observa. «Al final, la neurotipicidad solo implica que no te sales de la norma. Pero ¿qué es la norma? Es un concepto matemático, no sirve para agrupar características. Porque lo normal, si tienes diez años, es andar. ¿Eres menos normal si no puedes andar?», ilustra la psiquiatra.

El concepto de neurodivergencia nació en 1998 a partir de la publicación de un trabajo de la investigadora australiana Judy Singer. Fue ella quien acuñó el término. Pero lo que hace esta categoría tan difícil de encajar dentro de las lógicas de la sanidad —que requieren delimitar lo que es patológico de lo que no— es el hecho de que Singer es socióloga: sus estudios buscan describir fenómenos sociales, más que analizarlos desde una perspectiva de la salud.

Lo que sí está claro es que este uso de las etiquetas resultará en cambios estructurales para la sociedad tarde o temprano. «Se va a tender a una visión basada en atender a estas diferencias en el entorno educativo. Lo que hay que ver es si esta sensibilidad, que ya está en la sociedad y en el mundo educativo, irá acompañada de una dotación de recursos materiales y organizativos por parte de la Administración para poder hacerla realidad», señala Meijón.