Matthew D. Lieberman, psicólogo: «En diez años habrá grandes movilizaciones para escapar del autoaislamiento que nos hemos impuesto»
SALUD MENTAL
El investigador en neurociencia cognitiva social estadounidense defiende que nuestra fortaleza como especie es la capacidad de socializar, que hoy se ve amenazada
19 mar 2026 . Actualizado a las 12:27 h.En cada mail intercambiado con Matthew D. Lieberman aparecen tres citas, que complementan a su firma. Una de ellas, del neurocientífico Bobby Azarian, dice: «Ser escéptico significa exigir pruebas, no ignorarlas». La segunda pertenece al físico teórico Richard Feynman: «Prefiero tener preguntas sin respuesta que respuestas incuestionables». Con la tercera se rompe la dinámica científica. Se trata de una frase de John Lennon, y sin embargo encaja perfectamente con la vocación social de su desempeño académico. «En el colegio me preguntaron qué quería ser de mayor. Escribí "feliz". Me dijeron que no había entendido la tarea, y yo les dije que ellos no entendían la vida», es lo que habría dicho el Beatle, aunque hay quien apunta que sobre esta declaración hay ciertas dosis de leyenda.
En cualquier caso, Social (Por qué nuestros cerebros están programados para conectarse) es el título de su libro, que Capitán Swing acaba de editar en español. Originalmente escrito en el año 2013, este trabajo, resultado de sus estudios en neurociencia cognitiva y social en la universidad de California, aborda la necesidad evolutiva de nuestro cerebro de entablar relaciones con otros miembros de nuestra especie. Hace trece años, este libro fue interesante. En el año 2026, resulta imprescindible en un mundo en que las relaciones sociales interpersonales languidecen. Desde su despacho de la Universidad de UCLA, explica su trabajo y su afán por tratar de reconectar comunidades en una charla que se prolonga durante una hora y que no fue a más porque la batería del teléfono móvil dijo basta.
—Ni el pulgar oponible ni ninguna otra cosa que hayamos aprendido en clases de biología, lo que nos hace humanos es la capacidad única de nuestro cerebro para establecer relaciones.
—Durante décadas se asumió que lo que nos hacía especiales y únicos en el reino animal era nuestra habilidad de pensar, de análisis, de razonamiento matemático. La capacidad de planear nuestro futuro y repasar nuestro pasado para aprender de él. Todo es importante, no sugiero que no haya jugado un papel relevante, pero solo con esto pasaríamos por alto las demandas sociales del medio en el que a los seres humanos nos tocó desempeñarnos hace 50.000 años. Esto último fue realmente importante para que acabásemos por convertirnos en lo que somos. Ahora mismo, estamos en una habitación, con aire acondicionado y todo tipo de comodidades. Absolutamente nadie podría haber logrado esto por sí solo. Todas las maravillas de las que disponemos a día de hoy surgen del trabajo en equipo, de que varias personas se juntasen para crear. Uno de los cambios clave en nuestro cerebro fue esa capacidad de adaptarnos para manejar las relaciones sociales, entender que ampliar nuestro círculo nos permitiría identificar oportunidades dentro un espectro de personas. ¿Con quién podría realizar un buen trabajo?, ¿quién me va a proteger?, ¿dónde están las amenazas?, ¿quién de los que me rodea va a intentar robar mi comida? Aunque no nos tengamos que preocupar de esto ahora, seguimos mostrando esta habilidad para seguir dinámicas sociales que no tiene ninguna otra especie. Cuando el británico Robin Dunbar empezó a fijarse en esto, descubrió que el mayor predictor de cambios en el tamaño del cerebro de los primates se basaba en sus habilidades para lograr vivir en grupos más grandes.
—Este libro se publicó en su país en el año 2013, cuando habitábamos un mundo muy diferente al actual. En el 2026 vivimos cada vez más atomizados, cada vez más solos, ¿significa esto que nuestro cerebro se va a hacer más pequeño?
—Para que algo acabe impactando en cambios dentro de una especie tiene que afectar a su descendencia. A si esa descendencia logra o no sobrevivir. No lo sé, tal vez sea todo lo contrario y la situación actual que comentas acabe llevándonos hacia personas más extrovertidas y con mayor probabilidad de ser padres. Porque las personas que se aíslan no van a tener hijos cuando, antes de este paradigma, sí los habrían tenido. No tengo ni idea, pero a día de hoy es el mejor pronóstico que podría ofrecerte en base a cómo funcionan los cambios evolutivos. En cualquier caso, tengo la sensación de que el péndulo se está moviendo y que acabará en el otro lado del espectro.
—¿A qué se refiere?
—A que estamos ante un fenómeno generacional. El covid tuvo una incidencia enorme en este cambio porque, básicamente, los gobiernos cerraron todo. En Estados Unidos, las escuelas permanecieron clausuradas 18 meses. Mi hijo tenía entonces 12 años y no pudo estar cara a cara con nadie, a excepción de un par de amigos con los que compartía burbuja. ¿Cómo afecta algo así al desarrollo de un preadolescente? Fuimos testigos de un gran cambio que sufrió toda una generación de estudiantes como resultado de la pandemia. Y creo que ahora estamos ante el final de este fenómeno. El aislamiento tuvo un impacto enorme en aquellos individuos que estaban en plena pubertad. Y cuanto más avanzada estuviese esa pubertad, peor, porque se les privó de las importantísimas oportunidades para relacionarse que ofrece un entorno social cuando tienes 15, 16 o 17 años. El resultado fue que, cuando estos estudiantes llegaron a la universidad, eran extremadamente serios. No me refiero a un sentido académico, sino que resultaron ser personas con poco sentido del humor, aparentemente ajenos a que el mundo puede ser un lugar divertido el cual afrontar con optimismo. Pero en el último año mis colegas y yo hemos detectado lo que parecen ser las últimas oleadas, y que los estudiantes recién incorporados vuelven a ajustarse al patrón que conocíamos. Hay cosas que vienen y van; lo profundo del cambio que todos vivimos no se traduce en que hoy podamos hablar desde diferentes continentes por videollamada o que se pueda teletrabajar, sino en las consecuencias de todo esto. Y también las hay negativas.
—No es que no se me ocurra ninguna consecuencia mala de aquello, ¿pero en qué ejemplo está pensando?
—Las personas tenemos necesidades que compiten entre ellas y la conexión social es una de ellas. Creo que sigue sin dársele la importancia que merece, lo cual nos lleva a actitudes que socavan esta necesidad. Esto lleva sucediendo desde los setenta. Llevamos muchos años moviéndonos hacia vidas cada vez más aisladas. Existe un libro muy famoso de Robert Putnam llamado Bowling Alone (en español, Jugando solo a los bolos) que trata la decadencia de todo tipo de comunidades que solían fomentar la unión entre personas. Es cierto que seguimos disponiendo de las iglesias y de otros lugares dedicados al culto, pero las ligas de bolos en las que las gente hacía amigos han dejado de existir. Y era algo que conectaba a la comunidad. En parte, esto se debe a que hemos pasado a priorizar nuestras carreras. Tenemos todas estas teorías de que ganar más dinero nos hará más felices, pero con el tiempo acabaremos por darnos cuenta de que esto no funciona, del mismo modo por el que nos hemos dado cuenta de que no queremos que los niños estén en las redes sociales por el daño que les provocan. Al igual que ahora existen grandes movimientos para sacar a nuestros jóvenes de las manos de los algoritmos, en unos diez años habrá iniciativas similares para escapar de ese autoaislamiento que nos hemos impuesto. Porque no solo es dañino a nivel emocional, sino que tampoco es positivo para nuestro cuerpo.
—¿Se refiere a que la soledad se traduce en signos físicos?
—Existe cada vez más evidencia que señala que estar aislado y sentir soledad provoca inflamación en nuestro cuerpo. Y estar inflamado no es bueno. A más inflamación, mayor riesgo de depresión y mayor riesgo de padecer todo tipo de enfermedades. En definitiva, aumenta el riesgo de muerte. La inflamación es el pilar central sobre el que está orbitando la comunidad médica en la actualidad; estudiando si se trata del epicentro de un montón de consecuencias negativas. Si la soledad aumenta esta inflamación se debe a un motivo realmente interesante. Se supone que es un mecanismo de defensa de nuestro cuerpo. Si tienes una herida, actúa evitando que esa herida se infecte, mantiene a raya a todos los patógenos que tratan de penetrar en el organismo. Pero nuestro cuerpo parece interpretar esta soledad como una señal de que no estamos viajando en grupo y, evolutivamente, viajar sin compañía significaba ser más susceptible a ser atacado por un animal o a caerte y hacerte daño sin que exista nadie que pueda auxiliarte. Es por eso que nuestros cerebros entienden que, cuando estamos solos, debemos preparar nuestro sistema inmunitario para protegernos en caso de que algo malo nos pase. Pero ahora, estas personas mantienen constantemente esta inflamación activada. Literalmente, mueren prematuramente como consecuencia de esto.
—Hoy, en vez de tomar un café con un amigo para conversar, probablemente hablemos por WhatsApp. La redes sociales han lacerado aquello que, según su punto de vista, nos ha hecho poderosos como especie. No es por creer en conspiraciones, pero si alguien quisiese acabar con la humanidad, parece un plan perfecto.
—Así es. Yo diría que fueron las grandes corporaciones mediáticas las que iniciaron esta tendencia. En Estados Unidos, la cadena de noticias Fox News fue la pionera, a principios de los noventa del siglo pasado. Su idea fue que, en lugar de ofrecer una misma fuente de información para todas las audiencias, se creara un segmento para la población más conservadora a la que le ofrecerían las noticias que querían oír. Ante esta estrategia, los medios progresista respondieron haciendo exactamente lo mismo. Todo ello derivó en dos burbujas informativas separadas. Ahora nos encontramos con un nuevo fenómeno que ya se percibe: cada vez hablamos menos con las personas que ven el mundo de manera distinta a la nuestra. Y esto se manifiesta de mil formas distintas. En Estados Unidos, ya hay señales que nos indican que se está produciendo una reubicación geográfica masiva.
—¿A qué se refiere?
—Cuando una persona conservadora que vive en California, que es un estado liberal, abandona este territorio, tiene el doble de posibilidades de acabar mudándose a un estado conservador que a uno progresista. Esto implica que California pierde a un ciudadano con el que sus vecinos podrían estar debatiendo y escuchar una perspectiva diferente. Sin embargo, se ha marchado a un estado donde se juntará con otros conservadores. Del mismo modo, cuando una persona progresista abandona Texas, también tiene el doble de probabilidades de acabar viviendo en un estado progresista. La población está migrando desde estados en los que eran parte de una minoría ideológica a otros en los que pasan a formar parte de una mayoría ideológica. Cuando Joe Biden ganó las elecciones presidenciales del año 2020, millones y millones de votantes conservadores aseguraban que era imposible que hubiese ganado limpiamente. ¿Cómo era posible que hubiese obtenido 80 millones de votos? Lo veían ridículo, porque no conocían a ni una sola persona que hubiese votado por él. Claro que no vas a conocer a ningún votante demócrata si te has marchado a vivir al lugar al que se va la gente para estar lejos de los votantes demócratas. Si no quieres hablar con tu vecino sobre política porque piensa diferente a ti, me parece bien, pero también vas a estar en desacuerdo sobre cuál es la mejor película de la historia o sobre el mejor grupo que ha existido y no por esto cortas la relación de raíz.
—Bueno, supongo que no es lo mismo decir que los Beatles están sobrevalorados a posicionarte en contra de la inmigración.
—Creo que la política ha adquirido un valor moral que no tenía. Antes no pasaba nada por discrepar sobre si se debería gastar más o menos dinero desde la administración. Sobre si deberían aplicar medidas de austeridad o no para reducir el déficit presupuestario. Pero ahora, aquello en lo que crees te convierte en buena o mala persona. Y si piensas diferente, mi círculo me dice que eres mala gente, así que no te quiero en mi barbacoa ni que mis hijos pasen tiempo con los tuyos. Desde luego, ni hablar de que se casen entre ellos. En Estados Unidos, la cuestión racial era un problema enorme. Aunque lo sigue siendo, en los años sesenta, blancos y negros no querían que sus hijos se casasen con personas de distinta raza. A día de hoy, solo el 5 % de los estadounidenses mantienen esta postura. Sin embargo, lo que hace sesenta años se decía sobre las distintas razas, hoy se ha trasladado al partido político contrario.
—Uno de los temas centrales que ha estudiado es el dolor social. En el cerebro, el dolor físico y el social comparten muchas de las vías neuronales por las que se expresan. ¿Podríamos recetar analgésicos a las personas que sufren porque están solas?
—Si existiese una pastilla que hiciese que no sintieses dolor al tocar una estufa muy caliente, ¿te la tomarías? Existen dos tipos de dolor. Está el que te manda una señal para que dejes de hacer algo, que es un tipo de dolor del que creo que nadie querría librarse porque supone una importantísima señal para el aprendizaje. Pero después está el dolor crónico, que se lleva la vida por delante. Y cuando este dolor se traduce en soledad y la soledad en dolor, ambas cosas acaban envueltas en una sola. Y lo cierto es que entiendo el deseo de querer mitigar esta soledad y dolor crónico, y probablemente los analgésicos podrían ayudar. Dicho esto, estos analgésicos, tomados a dosis altas y durante tiempo prolongado son tóxicos y peligrosos. Dudo mucho que se pueda recomendar una solución de este tipo. Pero bueno, imaginemos que existiese una pastilla que lograra paliar una situación así y que la soledad dejase de doler. Tal vez yo me la tomaría. Pero si tuviese que organizar una sociedad, querría encontrar una manera de lograr que esas personas satisfagan esa soledad para que conecten de nuevo. Como sociedad, queremos que las personas alcancen su máximo potencial y cualquiera que esté solo tiene menos probabilidades de hacerlo. Porque por muy brillante que sea una idea, si no se rodea de personas, nunca va a ir más allá.
—¿Otras especies, además de lo humanos, experimentan dolor social? Una mosca, por ejemplo.
—Creo que el punto de corte se establece en los mamíferos. Todo mamífero experimenta, probablemente, la experiencia del dolor social. La razón no es otra que los mamíferos, a diferencia del resto de clases de vertebrados, nacen completamente incapaces de cuidar de sí mismos. Cuando una mosca nace, su madre no tiene que ocuparse de aportarle los nutrientes necesarios. Simplemente nace y se marcha. En todos los mamíferos existe un período de tiempo en el que son dependientes, en mayor o menor medida, de los cuidados de sus padres o de su madre. La verdad es que los humanos somos el peor ejemplo, porque necesitamos ser cuidados durante unos dieciocho años. Te diría que, en la actualidad, incluso durante más tiempo. Además, todos los mamíferos tienen en sus cerebros una parte llamada corteza cingulada anterior, que no existe en el resto de especies. Es la responsable de parte de este dolor que nos afecta. No se ocupa de detectar de dónde procede ese dolor, pero sí de que resulte molesto y angustiante. Y todos los mamíferos lo tienen. Todos los mamíferos tienen esta necesidad social.
—Todo esto contradice a Maslow y su famosa pirámide de prioridades, donde las necesidades fisiológicas son la primera preocupación y las sociales serían mucho menos importantes.
—Es que sin tu madre ni siquiera podrías hacer frente a las necesidades fisiológicas básicas. Los famosos estudios de Harry Harlow en los que hacían a crías de mono elegir entre comida o la compañía de un muñeco que imitaba a su madre lo demuestran —los monos elegían la compañía—. Y esto no se debe a un razonamiento profundo de esas crías, sino a que evolutivamente estamos programados para buscar el calor de una madre, porque esto es lo que nos garantiza cuidados.