Benedicto Crespo, psiquiatra: «Empezamos a ver cómo nuestro estrés y ansiedad están modificados por cómo están el hígado o el corazón»
SALUD MENTAL
El reconocido especialista, que ocupa el sillón 16 de la Real Academia Nacional de Medicina de España, remarca que «ya no se puede hablar de la depresión o de la esquizofrenia como un modelo único»
07 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Benedicto Crespo nació en Salamanca en el año 1966, aunque reivindica su cuna andaluza por haber sido criado en Alcalá del Real (Jaén). En base a la que es ya una dilatada experiencia, asegura que la psiquiatría debe ir más allá y abrazar otras disciplinas como la neurociencia. El catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Sevilla y director de la Unidad de Gestión Clínica y Servicio de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Universitario Virgen del Rocío (Sevilla), afirma con tanta honestidad como humildad que todavía queda mucho por saber de las enfermedades mentales. Pese al avance acumulado en los últimos años, que él mismo celebra, hay una barrera, hasta el momento, imposible de traspasar: el conocimiento limitado sobre el funcionamiento del cerebro. Cuando se consiga profundizar más en él, se dará respuesta a muchas patologías. El reconocido especialista ocupa el sillón 16 de la Real Academia Nacional de Medicina de España (Ranme).
—Su discurso de ingreso en la Academia se tituló: «La Psiquiatría más allá de la Psiquiatría». ¿Qué hay más allá?
—La psiquiatría, como disciplina médica, tiene que romper fronteras establecidas. Nos hemos quedado mirando a la parte más clínica, más del día a día, pero debemos empezar a integrar otros aspectos que van cogiendo cada vez más fuerza. Entre ellos, el conocimiento de cómo funciona el cerebro y cómo esto se asocia a la conducta, a la emoción o a la cognición, es decir, cómo vamos conociendo las bases biológicas de cosas que hasta ahora eran muy desconocidas. Eso está abriendo unos caminos que la psiquiatría tiene que colonizar como la neurociencia psiquiátrica; también otros caminos, cómo el entorno modifica el cerebro y, por tanto, cómo es una vía o una fuente de pérdida de bienestar o de patologías mentales; así como la influencia que tiene el entorno. Lo que comemos, bebemos y respiramos modifica el cerebro, y lo mismo sucede con la parte laboral, social o el estrés que estamos viviendo. Y luego, algo que para nosotros es muy importante es la comunicación entre el cuerpo y el cerebro. Dentro de la gran ignorancia que tenemos del funcionamiento cerebral en general, tenemos conocimiento de cómo el hígado, el sistema inmune, la flora intestinal —el microbioma, que llamamos de manera general— modifican el cerebro o cómo lo hacen determinados parámetros biológicos o cardíacos. Ya empezamos a ver cómo nuestro cerebro, nuestro estado de ánimo, nuestro estrés o ansiedad están modificados por cómo está el hígado, cómo está el intestino, cómo está el corazón o el sistema inmune. Por eso, la psiquiatría no puede quedarse en las fronteras tradicionales. Tenemos que empezar a colonizar, a conocer, a relacionarnos en todos estos aspectos. Por eso hablaba de una psiquiatría integral, donde tenemos que ver al ser humano en su globalidad.
—Dice que tienen que integrar la forma en la que otros órganos influyen en el cerebro, ¿puede darme algún ejemplo?
—Por ejemplo, hoy en día, el tema de la inflamación. El cerebro tiene su propio sistema inmune, con todo el tema de las células gliales y la microglía; pero también mantiene una comunicación con el sistema general. Si tengo una inflamación crónica periférica, alterará mi cerebro y es una fuente de depresión o de ansiedad. Aproximadamente un 20 % de las personas con un proceso oncológico van a tener un cuadro depresivo mayor. Ojo, no es una adaptación —estar triste o preocupado—, sino que a través de procesos inflamatorios asociados al cáncer, estos, como pasan al cerebro, son capaces de producirle alteraciones que nos hacen tener una depresión mayor. Por eso, o controlamos y conocemos la bidireccionalidad de la unión entre el cerebro y el cuerpo, y el cuerpo y el cerebro, o nos estaremos perdiendo una parte. En mi discurso dije que hay una revolución dentro de la psiquiatría porque, hasta ahora, siempre hemos hablado de depresión como un modelo único, esquizofrenia como una esquizofrenia, o de autismo como un solo autismo, y eso ya no es válido. Dentro de lo que llamamos depresión hay muchos subtipos de depresión, y dentro de la esquizofrenia hay muchos subtipos. Por eso, tenemos que empezar a ver nuestra especialidad de una manera mucho más compleja y que se ajuste más a la realidad de los pacientes que nos exige esa integración dentro de grupos. Si yo no conozco al sistema inmune ni soy capaz de hablar con los inmunólogos, difícilmente voy a poder detectar ese perfil inmunológico alterado en un subgrupo de esquizofrenia. Esto no significa que todas las depresiones o todas las esquizofrenias tengan un componente inmune o inflamatorio, pero sí que existan casos en los que esa alteración esté motivando la clínica. Por ello, los tratamientos que tendremos que darles serán diferentes de los que estén encaminados a una regulación de la parte más neurotransmisora de los sistemas de neurotransmisión sináptico. Esta es la nueva visión de la psiquiatría y hay que transmitirla a la sociedad.
—¿Cree que todavía es una especialidad con mucho estigma, incluso, hacia lo que hacen profesionales como usted?
—Ahí hay una lectura histórica. Hay que tener en cuenta que la psiquiatría, como ciencia médica, viene de tratar a la locura. Cuando se convierte en especialidad médica a principios del siglo XIX, lo que hacía era tratar a los que estaban fuera de realidad, a los marginales. Ahí se mezclaba la locura con la discapacidad intelectual, pero todos eran casos graves. Hoy en día, la evolución ha hecho que el gran porcentaje de pacientes que tenemos estén en la esfera de la depresión, la ansiedad y las adicciones; y si queremos, también los temas degenerativos. Por eso digo que esa visión de que el psiquiatra solo trata a los locos es un arrastre histórico que no se ajusta a la realidad. Como decía, el 80 o 90 % de mi tiempo se lo dedico a trastornos de ansiedad, insomnios, adicciones y depresión. La gente entra a mi consulta y luego se va a hacer un programa de radio o a dar clase en la universidad. Luego, hay otro tipo de estigma. La psiquiatría como especialidad médica, desgraciadamente, está carente de ese sustento biológico que nos acerque a la evidencia, a la ciencia. Eso permite que aparezca mucha charlatanería con poco fundamento científico.
—¿Cree que podrán llegar a diagnosticar en etapas muy tempranas un trastorno mental con un análisis de sangre, por ejemplo?
—Ahora mismo, no. No tenemos esa capacidad. Pero hacia ahí debe ir la neurociencia psiquiátrica. No solo debe orientarse a conocer las bases biológicas de cuerpo y cerebro, sobre todo centrado en este último, sino a cómo las podemos identificar. Y nos dirigimos a técnicas que sean baratas y accesibles, y lo que cumple con ambos requisitos —lo estamos viendo con enfermedades como el alzhéimer— son las pruebas de sangre. Es decir, ¿en pruebas de sangre se pueden sacar parámetros de cómo funciona el cerebro? Sí. ¿Seremos capaces de identificar esos parámetros que están funcionando mal en el cerebro de las personas con depresión e identificarlos en sangre? Esa es nuestra tarea para las próximas décadas. Ahora bien, yo diría que sí, pero no a corto plazo.
—En su discurso también destacó la relación entre el sufrimiento psíquico y la precariedad. ¿Cuánto importa el contexto en el caso de una enfermedad mental?
—Depende del tipo de enfermedad. Pero aquí hay que valorar si, a través del entorno, el contexto, se influye en la biología. Hay mucha evidencia de cómo sometidos a determinadas situaciones de estrés —a modelos animales, incluso, celulares— la biología de células gliales o de neuronas cerebrales se modifica. Eso es una realidad. Pero no podemos determinar ese impacto. Es algo en lo que tenemos que ir avanzando, porque seguramente haya una susceptibilidad, una predisposición individual a poder enfrentarme a determinadas situaciones que algunos tienen y otros no. El entorno influye en el cerebro, ¿pero su influencia suficiente para producir patología? Es una pregunta clave, porque estamos mezclando pérdida de bienestar con patología mental. Claramente, el entorno nos pesa a todos. No hay que ser ningún visionario para decirlo. Si estoy ahora mismo en mi despacho y me llama el gerente para decirme que me despide, como es lógico mi reacción será de asombro, de tristeza, de preocupación, y eso es biología. Ahora, ¿eso es patología? Yo creo que no toda pérdida de bienestar es enfermedad mental. La sociedad debe diferenciar bien y no pensar que todo el malestar emocional, muchas veces relacionado con el entorno, es una enfermedad mental. Es cierto que el entorno, en determinadas situaciones, puede producir una depresión, pero solo en esas personas con una vulnerabilidad biológica.
—¿Se puede separar alma de cuerpo y cerebro de mente?
—No. Ese es el gran error de Descartes. Lo que llamamos mente, las funciones, vamos a decir, superiores, la capacidad de planificar, de evaluar, de criticar, de anticipar, todo esto surge del funcionamiento biológico cerebral. Muchas veces, pongo ejemplos de cómo el daño cerebral hace que la persona pierda la capacidad de planificar, por ejemplo. La mente no es una entelequia independiente, sino que surge o emana de un funcionamiento cerebral que si yo lo daño, repercutirá en estas funciones. Por otra parte, cada vez está más clara la interacción dinámica y bidireccional entre órganos como el sistema inmune, el hepático o el intestinal con el cerebro. Es un órgano plástico, influenciable por el entorno externo y por el interno, por lo que lo que tomamos, lo que fumamos o el ejercicio que hacemos. Esa relación es completamente activa. No solo tiene esa capacidad de modular el cerebro en su funcionamiento, sino que es continuo, es fluido, no es algo que solo suceda por la mañana. Nuestro cerebro está alimentándose y alimentando al cuerpo y alimentándose del cuerpo, con lo cual ahí no hay ninguna duda de que la separación no es real.
—Usted fue coordinador del Programa Nacional de Esquizofrenia de Cibersam. Hoy se saben muchas cosas sobre esta enfermedad, como los precipitantes o el impacto de la genética. ¿Qué queda por saber?
—Desconocemos mucho más de lo que conocemos, aunque eso no quiere decir que no vayamos avanzando. Damos pasos adelante en el conocimiento, aportando información que a veces nos hace darnos cuenta de que los caminos iniciados eran incorrectos, planteamos otro, pero esto es ciencia, esto es investigación. El estudio del cerebro y de la neurociencia es así. Fíjate, si miramos a nuestro hermano mayor, el alzhéimer, se ha investigado y se sigue haciendo, se ha puesto recursos y, aunque sabemos más que antes, todavía conocemos poco de modificar el curso evolutivo de la enfermedad o de su aparición. En esquizofrenia, siendo el hermano pequeño y más pobre, con menos recursos, se ha investigado menos. Es decir, avanzamos pero todavía nos faltan cosas por saber del cerebro y, hasta que las sepamos, difícilmente podremos avanzar en el conocimiento de las enfermedades.
—¿Por qué los trastornos mentales suelen debutar en la adolescencia?
—Es un tema muy curioso. En el modelo médico, hay menos presencia de la enfermedad cuando somos jóvenes, por supuesto está la pediatría, pero si miras la curva, la patología aparece cuando empezamos a cumplir más de 50, 60 o 70. Ahora bien, cuando hablamos de la patología mental, es lo contrario. Es decir, donde empiezan es a edades jóvenes, con lo cual el modelo asistencial debería adaptarse a ese cambio. ¿Qué ocurre? Pues que el proceso del neurodesarrollo y de la adaptación de ese cerebro es totalmente plástico durante esos años. Si está genéticamente determinado, ambientalmente, o las dos cosas, puede empezar a funcionar mal. Si esto sucede, surgen a edades tempranas la esquizofrenia, la depresión, las adicciones y, mucho antes, todo el tema de las enfermedades del espectro autista. Antes de los 25 años han debutado casi el 70 % de las enfermedades mentales. En un cerebro que está en crecimiento, en desarrollo, en remodelación, ocurren muchos fenómenos. La conectividad entre regiones y la maduración de vías de neurotransmisión también se producen ahí. Si en esas épocas de máximo riesgo estamos sometiendo al cerebro a estrés, a sustancias, a situaciones adversas, ese cerebro va a desarrollarse de manera anómala. Hay muchas funciones biológicas que están perfectamente orquestadas, o funciones muy biológicamente controladas, y que se ven alteradas por estos factores que pueden ser genéticos o que pueden ser ambientales.