La Navidad también puede ser triste: «Que no me apetezca estar toda la noche con mi familia después de la cena no significa que no los quiera»
SALUD MENTAL
Dos psicólogas detallan que las emociones contrarias pueden ir de la mano en estas fechas
27 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.La Navidad es, para la mayoría, un momento de júbilo y felicidad compartido con familiares y seres queridos. Entre villancicos, regalos y largas sobremesas, estas fechas se coronan como la etapa con más magia del año. Sin embargo, al mismo tiempo, para otros tantos, estos días están llenos de tristeza, recuerdos y melancolía, lo que contrasta con la alegría del exterior.
Pese a que algunos puedan sentir que estas emociones no son válidas en medio del cotillón, los psicólogos recuerdan que no solo son normales, sino también, habituales. «Las emociones que más se mueven ahora son la alegría, el amor y la tristeza, pero a veces, estas también van de la mano de la nostalgia, de la tristeza del hecho de echar en falta a las personas que ya no están», responde María del Carmen González, miembro del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia (COPG).
Cada Navidad es diferente, como lo también lo es cada persona que las vive y los momentos que atraviesa cada año. Sentirse mejor o peor depende de muchos factores, tanto externos como internos. «La mesa en la que te sientas, la gente que hay, los vínculos que la rodean, las ausencias, el contexto y la mochila emocional que llevas», señala Noelia Samartín, psicóloga y doctora en Neurociencia, que destaca, especialmente, el contraste entre las expectativas y la realidad. «Son fechas en las que lo que se espera está muy claro, que es familia, vínculo, felicidad y descanso. Nuestro cerebro compara lo que esperamos que sea o lo que fue en el pasado con lo que es, y la discrepancia se puede traducir en tristeza, enfado, melancolía o soledad», indica la experta.
Todo depende de con qué vincule cada uno la emoción. Por ejemplo, a una ausencia o a la soledad, no solo física, sino percibida, es decir, «sentarse a la mesa y no sentirse escuchado, o que tengan la imagen de ti que ya no se corresponde y esta sea inamovible», precisa Samartín.
Los límites, cómo ponerlos también son parte del conflicto. En muchas familias, la Navidad es una oportunidad de reencuentro entre muchas personas que, o bien hace tiempo que no se ven, o bien no mantienen una buena relación. Aquí, decir que no o mostrarse tal y como es —y no como era en el pasado— puede generar un sentimiento de rechazo. Samartín explica que esto lleva a sentirse arrastrados a actuar de una forma que no actuaríamos en otro contexto: «El miedo que supone poner un límite y mostrarse con lo que te pide el cuerpo ahora mismo, es el miedo traducido en culpa, en tristeza o en enfado. Todo esto aumenta ese sentimiento de que estamos simulando algo que no nos apetece porque no tenemos esos vínculos, y además, que fingimos disfrutar cuando no es así», expone. En muchas ocasiones, uno puede caer en este error al intentar complacer al resto.
Echar de menos a los que no están
La silla vacía es, como no puede ser de otra manera, otra fuente de tristeza y nostalgia. Primero, por la ausencia en sí. Segundo, por la comparación que uno puede hacer de las fiestas en las que la persona que fallecida todavía vivía. «La tristeza puede estar alimentada por la carencia, tanto de personas que están lejos y no han podido venir a celebrar la Navidad con nosotros, como las que ya no están», señala González, que añade: «El duelo está todo el año, pero en esta época se hace más patente y puede venir más a tu cabeza porque, al final, es un día que ibas a pasar con él o ellos». En otras palabras, la ausencia se vuelve más presente.
El rizo se riza aún más cuando vivir a disgusto estas fechas provoca culpabilidad o vergüenza, lo que impide a la persona expresarse en alto: «A veces sentimos que al decirlo estropeamos las Navidades de los que queremos, lo que acarrea más emociones desagradables», apunta Samartín.
Cuidar lo físico para cuidar lo mental
Si bien no existen soluciones mágicas, las especialistas en salud mental recomiendan priorizarse. «Pararse antes de decir no o sí, escuchar al cuerpo y ver qué grado de energía tengo ahora mismo», detalla la doctora en Neurociencia, quien también aconseja tener en cuenta los valores que rigen su vida. «Puede ser la calma, el descanso o el cuidado, por ejemplo, y en base a ellos podemos tomar decisiones», añade.
También en las relaciones, conviene ceder en algunos casos: «Podemos ceder ante algo que ahora mismo no nos apetece mucho pero que cuida del valor familiar que tenemos, pero poner un límite ante algo que no está sintonía con lo que somos», explica Samartín. En este sentido, si uno se puede rodear de vínculos seguros, de conexiones que promuevan la calma, mejor que mejor.
Por su parte, la miembro del COPG recuerda la importancia de no idealizar estas fiestas y no polarizar. «Que a mí no me apetezca estar toda la noche con vosotros después de la cena no quiere decir que no quiera a la familia, sino que estoy agotada o que, simplemente este año prefiero otra cosa», destaca González.
Además, para cuidar la salud mental, lo mejor es prestar atención a la física. Mantener las rutinas aporta estabilidad y buen humor: «En la medida de lo posible, está bien que preservemos la rutina de comidas, sueño, descanso, movimiento y deporte, aunque el día a día cambie, para poder sobrellevar en lo físico los cambios emocionales», concluye Noelia Samartín.