Ángela Esteban, psicóloga: «Está muy bien que te guste tu trabajo, pero hay que obligarse a poner descansos»

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Ángela Esteban es psicóloga sanitaria.
Ángela Esteban es psicóloga sanitaria.

La experta remarca que más tiempo no siempre es sinónimo de un mayor rendimiento, ya que la atención en una tarea «cae a la hora y media»

27 dic 2025 . Actualizado a las 13:50 h.

 Levantarse con presión en el pecho o soñando con salir incluso antes de entrar a trabajar. Son algunos de los signos de estar en una rueda de estrés laboral, según la psicóloga sanitaria Ángela Esteban. Especializada en burnout, ansiedad y trauma, acaba de publicar No vas a heredar la empresa (Bruguera, 2025), donde da las claves para salir de la que ella denomina «la unidad de quemados». 

—¿Qué es exactamente el síndrome de «Burnout»?

—Cuando hablamos de burnout nos referimos a la sensación de estar con muchas cosas a la vez, gastando una energía que, luego, no reponemos, ante una demanda de estrés que no cambia, que se mantiene fija, porque no es lo mismo tener una carga puntual de tareas y que en ese momento nos encontremos más cansados, a que esa situación se mantenga y no existan pausas para descansar y reponer energía. Sentirse agotado, con mucha carga y que la situación no mejora. Ahí hablamos de burnout laboral. Además de que existen unos síntomas evidentes, como el agotamiento, el cansancio emocional y la despersonalización. 

—¿Qué es la despersonalización?

—Un recurso al que recurre la mente cuando ve algo que le supera y le desgasta. Lo que hace es intentar que te alejes un poco de la realidad. Miras todo como una película, como si fueses un robot; así lo define la gente. 

—Antes de llegar a ese punto, de que el «incendio» se dé, ¿puede haber señales?

—Sí hay unas fases que se pueden tener en cuenta. La primera es que ante cualquier estímulo, cambio o novedad, como una demanda más alta de tareas, podamos sentir los síntomas de ansiedad. Pueden ser dificultad para dormir, insomnio, temblores, pensamientos catastróficos, sensación de angustia, no poder parar, no poder estar tranquilo. Si el estímulo se resuelve, todos estos síntomas también. Pero si no lo hace, si sigo haciendo muchas tareas en el trabajo e incluso estas tareas están presentes cuando se sale de él, ahí ya se entra en una fase de resistencia: el cuerpo ve que sí o sí nos tenemos que adaptar a ese ritmo. Es como si se hiciese inmune al estrés. No se notan tanto los síntomas, pero tu cuerpo se está sobreesforzando por adaptarse, y ahí ya podemos encontrar también síntomas más físicos.

—¿Puede poner ejemplos de estos síntomas más físicos?

—Contracturas, dolor de cabeza, tensiones... También obviamente nos afecta en el rendimiento, en la capacidad de concentración, estamos más desmotivados, no tenemos energía, estamos apáticos, además de dificultad para concentrarse. Se trata de síntomas tanto mentales como físicos.

—¿Cree que llegamos a confundir nuestro «ser» con el trabajo, que no establecemos un límite?

—Veo que pasa mucho. Por ejemplo, cuando nos presentamos, solemos decir: soy Ángela y soy psicóloga, o soy Pepe y trabajo en tal sitio. Hemos aprendido, en general, a valorarnos por lo que hacemos. Parece que si tenemos un día muy productivo, nos sentimos muy a gusto y al contrario. Así, nos identificamos con el trabajo o nos valoremos por lo que hacemos. Muchas veces, nuestra identidad se acaba fusionando con el trabajo. Esto provoca que si este va mal, me valoro mal. Está muy hilado. 

—En el libro desmonta algunos mitos que están muy instaurados. Menciono uno: «Haz lo que te gusta y no volverás a trabajar un solo día en tu vida». 

—Cuando no nos gusta un trabajo es muy evidente. A la gente le cuesta entender que cuando sí te gusta tu trabajo, puede ser un peligro, porque cuando te gusta mucho hacer algo, lo disfrutas y no pones límites. Pero llega un momento en el que si tú misma no los pones, trabajas fuera del trabajo, hablas muy bien de él, tienes ganas de hacerlo, todo esto es maravilloso, pero el problema es que si no te pones un límite para parar, toda tu vida, al final, se va a dirigir a trabajar. Como si todo valiese para honrar a lo que me gusta y me apasiona. 

Existe mucha gente a la que le encanta su trabajo, pero repercute en su entorno, no hace más planes más allá del trabajo, no respeta el descanso, se acostumbra a estar constantemente produciendo. Es como que ni siquiera considera su descanso porque prefiere el trabajo. Está muy bien que te guste, no se trata que deje de hacerlo, sino que, a veces, te obligues a poner esos descansos. Ya no tanto porque quieras, sino porque lo necesitas: separar el trabajo y atender el resto de tus áreas.

—¿Cree que todo esto que comenta suelen ser demandas de los más jóvenes? 

—Creo que en las sociedades de antes no había tantas opciones para elegir trabajos. Tampoco se daba tanta importancia a la salud mental y era algo que se heredaba, se mandaba o se hacía. A veces, no había otras opciones. Puede que muchos hayamos escuchado a nuestros padres decir que antes los trabajos eran más duros, y se normalizaba. Lo bueno de hoy en día es que hablamos más de salud mental

En cuanto a los jóvenes, tienen más trabajos y opciones, pero también las condiciones son más difíciles. Los precios han subido. Tardan mucho más en alcanzar los sueldos de las generaciones anteriores, tienen que trabajar más tiempo para llegar al nivel que, a lo mejor, sus padres ya tenían con su edad. De hecho, el grupo de población en el que se ha identificado que tiene más burnout son los millennials y la generación Z, los más jóvenes. Además, parece que siempre deben elegir lo correcto. Fracasar o cambiar de carrera está muy mal visto en la sociedad, y esto suma exigencia. 

—¿Más horas trabajando es igual a mayor rendimiento?

—No, no tiene por qué. Si haces las pausas adecuadas puede ser, pero sin que sea un número de horas excesivo. Se ha visto que la atención en una tarea cae a la hora y media. Ahí es cuando se recomienda hacer un descanso de, al menos, veinte minutos. Trabajar seguido, sin pausas, provocará que la atención decaiga, al igual que el rendimiento. Si, de alguna manera, respetas ese tiempo de descanso y te levantas, vas a beber agua o al baño, lograrás que, cuando te vuelvas a sentar, la mente sepa que empezamos de nuevo.  

—¿Debemos ponernos metas?

—Sí, porque motivan. Pero tienen que ser realistas, alcanzables y flexibles. 

—¿Es normal sentirse mal después de poner un límite?

—Sí, poner límites cuesta. Es importante que estén presentes, pero el hecho de ponerlos puede acarrear malestar. Al final, empatizamos con los demás y no nos gusta que alguien se sienta mal por nosotros. De hecho, el malestar es una señal que nos dice que no estamos acostumbrados a poner límites. Cuanto peor nos sintamos, también es indicativo de que no estamos acostumbrados a ponerlos, valorarnos, y a la vez indica lo importante que es mantenerlos.

—Y si la persona a la que le ponemos el límite no lo toma bien, ¿cómo podemos actuar?

—Puede provocar que incluso quitemos el límite, pero tenemos que entender que la otra persona puede no estar acostumbrada a que le pongamos uno. Si nunca solemos decir que no, el día que lo hagamos nos van a mirar mal porque no están acostumbrados a que no lo hagamos. Lo importante es mantenerlo, para que esa persona se habitúe. Al final, ella también necesita espacio, porque es difícil aceptar límites. 

—¿Cuándo deberíamos plantearnos dejar el trabajo?

—¿Por qué me estoy planteando dejar el trabajo? ¿Por los compañeros, los horarios, las tareas excesivas, porque no se respeta el horario? Identificar qué está fallando, qué tendría que mejorar para que no me planteara eso. Si por lo que sea, con el tiempo, por mucho que lo intentes no funciona, a lo mejor tienes que plantearte hablar con alguien de la empresa. Diría que es cuando has intentado todo lo posible y, si sigues igual, incluso hay cosas que a lo mejor tú no puedes cambiar y depende de la empresa, es cuando hay una evidencia de que ya no va a haber esos cambios ni mejoras, ni lo que tú necesitas para estar bien en el trabajo.

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.