La presión de un ritual: «No participar en la Lotería de Navidad puede vivirse casi como una exclusión social»
SALUD MENTAL
«En España, la Lotería de Navidad forma parte de nuestra educación emocional», explica una psicóloga, pero esta normalización del juego conlleva riesgos para las personas vulnerables
20 dic 2025 . Actualizado a las 12:41 h.Desde las cajas de las tiendas y los bares hasta centros de trabajo, gimnasios o asociaciones culturales. Cada espacio en el que pasamos parte de nuestro día a día tiene, cada año, su número para participar en la Lotería de Navidad. El sorteo opera con la tentación casi coercitiva de una pregunta: ¿Y si toca? ¿Y si este año los niños de San Ildefonso cantan el número de la piscina en la que tomo clases de natación y soy la única persona que no ha comprado una participación? ¿Y si el chiringuito donde tomé un refresco durante las vacaciones de verano tiene el número ganador y he pasado por allí sin plantearme adquirir un décimo? Estos son escenarios que muchas personas tienen en mente a medida que se acerca el 22 de diciembre. Nadie quiere quedarse fuera de una ilusión que evoca algo más intangible que cualquier cosa que se pueda comprar con el dinero del premio. Se trata, en el fondo, de la ilusión de lo colectivo.
El ritual
Los españoles gastan, de media, más de 76 euros en décimos de la Lotería de Navidad, una cifra que asciende a más de 83 euros en la comunidad gallega. Muchas de estas personas no cruzan la puerta de una administración de loterías a lo largo del resto del año. ¿Por qué en diciembre sí?
Para Lecina Fernández, psicóloga y coautora de una investigación cualitativa sobre la ilusión realizada con el Colegio de Psicología de Madrid y la fundación de la ONCE, es el ritual de estas fechas lo que impulsa la compra. «La Navidad es muy sonora, es una época que se vive mucho a través de los sentidos. Luces, colores, alimentos. Además, el 22 de diciembre es el día que comienzan las vacaciones de los niños. Con lo cual, hay gente que ya está en casa, con el pijama y la tele puesta, desayunando en familia ese día», describe la experta.
A esta tradición se suma la dimensión de nostalgia que asociamos a un evento repetido año tras año durante una época festiva. «En España, la Lotería de Navidad forma parte de nuestra educación emocional. Desde pequeños vemos a nuestras familias jugar, compartir décimos y hablar de la suerte como algo natural. En Navidad, además, estamos emocionalmente más abiertos: buscamos ilusión, esperanza y sensación de unión, y la lotería encaja perfectamente en ese contexto», observa Margarita de la Paz Pascual, psicóloga del centro especializado en el tratamiento integral de las adicciones Esvidas.
Según De la Paz, esto explica por qué muchas personas que no se consideran jugadoras participan por no quedarse fuera del ritual colectivo. «No lo viven como una apuesta individual, sino como un gesto casi social, una manera de compartir algo con los demás y sentirse parte del grupo. Aunque no lo llamemos así, sigue siendo una conducta de juego que activa los mismos mecanismos de anticipación, emoción y recompensa que en cualquier otro juego de azar. La gran diferencia es que, en este caso, la conducta está normalizada, incluso celebrada», señala.
En este sentido, la experta en adicciones observa que el famoso «por si acaso» que está detrás de la compra del décimo «suele tener más que ver con el miedo que con la ilusión. No es tanto el deseo de ganar, sino el temor a arrepentirse después: “¿y si toca aquí y yo no jugué?”. A eso se suma el miedo a quedarse fuera del grupo, lo que hoy llamamos FOMO. No participar puede vivirse casi como una exclusión social».
La publicidad tiene un papel fundamental en potenciar ese FOMO. «No es menor el hecho de que sea un evento que se retransmite en directo todos los años pues no deja de ser algo en lo que queremos participar», señala el psicólogo José Manuel Fariñas, director del centro Harmonía Saúde e Aprendizaje, de Pontevedra.
El premio o la ilusión
Según los expertos, lo que lleva a las personas a participar de la lotería no es tanto el premio en sí mismo, sino «la ilusión. Es un juego entre la realidad y la ficción, el "A ver si nos toca" tiene más que ver con lo que podemos proyectar, lo que imaginamos que haríamos con el premio, y no tanto con el dinero», explica Lecina Fernández. La alegría festiva contribuye a esta ilusión. «Sentimos que tenemos derecho a ser felices y eso se traduce en la idea de que nos va a tocar ese premio», apunta Fariñas.
Ilusión, explica Lecina Fernández, es una palabra que en castellano tiene, principalmente, dos acepciones. «Una es la de engaño o autoengaño. Y la otra es la de la esperanza, la confianza, la alegría». En la Lotería de Navidad, confluyen ambas acepciones: existe una expectativa, aunque sepamos que la posibilidad de ganar es remota —más precisamente, una entre 100.000—, y está acompañada de esa alegría compartida. Para la experta, es esta ilusión la que nos empuja a pensar a futuro, a imaginar y a soñar, lo que puede redundar en un mayor bienestar, incluso aunque estas fantasías puedan no ser realizables.
Lecina Fernández, que ha realizado investigaciones en torno a la ilusión y ha publicado un libro sobre el tema, asegura que, cuando se pregunta a las personas qué les hace ilusión, las respuestas no suelen estar relacionadas con el dinero, sino con sus seres queridos, con planes o proyectos de vida, con compartir momentos. «La ilusión nos une con la gente, con nuestro futuro y con nosotros mismos», señala.
Normalización del juego
Los rituales se aprenden muy pronto. No solo en el entorno familiar, sino también en espacios como los colegios. «Desde la infancia, muchos niños participan en rifas o loterías para financiar excursiones o actividades, lo que transmite la idea de que jugar es una forma habitual y aceptada de conseguir algo deseado», observa De la Paz.
En la edad adulta, tradiciones como compartir décimos, comprar siempre el mismo número o repetir «el de siempre» refuerzan esa normalización. «A nivel psicológico, estos rituales aportan una sensación de control, de continuidad y de pertenencia al grupo, aunque sepamos que el resultado depende completamente del azar», señala la experta en adicciones. Para ella, «esta normalización temprana hace que el juego pierda su apariencia de riesgo. Para muchas personas no tendrá consecuencias, pero para otras puede sentar las bases de una relación prolongada con el juego, una relación que se va manteniendo en el tiempo casi sin cuestionarse».
A la hora de adquirir el décimo, entra en juego además el pensamiento mágico. Este se define como «la creencia de que ciertos gestos, números o costumbres pueden influir en el azar. Es una forma muy humana de intentar sentir control frente a la incertidumbre», observa De la Paz. Aunque racionalmente comprendamos nuestras probabilidades de perder o ganar, «emocionalmente el cerebro responde a la posibilidad de que ocurra algo positivo». En otras palabras, se encienden los circuitos relacionados con la anticipación del placer, reforzando la conducta «aunque la probabilidad no cambie».
Es este mismo refuerzo de la conducta el que puede derivar en actitudes patológicas respecto del juego. «El problema es que el cerebro aprende muy rápido. Si algo genera esperanza, alivio o una pequeña dosis de emoción, se tenderá a repetirlo. Y ahí es donde el pensamiento mágico, sin darnos cuenta, puede convertirse en un factor de riesgo, especialmente en personas más vulnerables», advierte De la Paz.
La clave está en participar del ritual colectivo sin dejarse llevar por estas sensaciones. «Lo bonito es jugar no por ganar, sino como acto social que compartimos con las personas que queremos», sostiene Lecina Fernández: comprar décimos solidarios, apoyar a asociaciones que los distribuyen o ver la transmisión del evento en familia.
«Cuando alguien juega más para evitar un malestar emocional que por un deseo real, entramos en un patrón de riesgo. Sin darnos cuenta, se normaliza gastar cantidades importantes de dinero simplemente para no sentirnos fuera, sin pararnos a pensar en qué nos mueve a hacerlo. Este es un terreno delicado, porque en ese punto el juego deja de ser algo puntual y empieza a funcionar como un regulador emocional. Una forma de calmar la ansiedad, el miedo o la incomodidad social, aunque el coste pueda ser alto», advierte De la Paz.
¿Y si gano?
Si nuestro número sale premiado, tenemos que saber gestionar esa situación. Lo curioso es que, aunque tengamos el anhelo de ganar, no siempre estamos psicológicamente preparados para que ocurra. «Ganar la lotería no te puede transformar la vida. Te tiene que traer comodidad, pero si no tienes una estabilidad personal, no te la va a dar el dinero», asegura Fariñas.
Lógicamente, tampoco es lo mismo cualquier premio. Su impacto en nuestra vida «varía en función de si es una suma pequeña, mediana o grande», explica el psicólogo. «Sí que es importante, en caso de que toque, parar a pensar antes de actuar, porque la impulsividad no nos va a llevar a una buena respuesta. Es importante que tengamos presente la reflexión, el apoyo de gente que nos pueda asesorar de manera económica, e incluso dejarnos aconsejar por profesionales de la salud para gestionarlo», recomienda el experto.