Las doce preguntas que siempre quisiste hacerle a un psicólogo

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Un psicólogo responde a las preguntas más habituales sobre personalidad, salud mental e inteligencia.
Un psicólogo responde a las preguntas más habituales sobre personalidad, salud mental e inteligencia. iStock

¿Existe la crisis de los 40?, ¿influye la genética en la personalidad? Roberto Colom, catedrático de Psicología Diferencial en la Universidad Autónoma de Madrid, responde

16 may 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

La curiosidad es inherente al ser humano. En mayor o menor medida, sobre una cuestión en lugar de sobre otra, con más o menos intensidad, siempre hay algo de lo que las personas quieren conocer más. Por el momento, y como reza el dicho, el saber no ocupa lugar, y menos mal. 

Un tema que suscita mucho interés es la mente. Roberto Colom, catedrático de Psicología Diferencial en la Universidad Autónoma de Madrid, recibe una y otra vez preguntas sobre su especialidad. Tantas, que decidió recogerlas en su nuevo libro, Psicología para no volverse loco, editado por Plataforma Editorial, y dar respuesta una a una. «La gente es curiosa y busca información, lo que desde hace algunos años, se ha convertido en una práctica de altísimo riesgo», detalla Colom. 

El uso de internet facilita el acceso a los datos, pero no garantiza un filtro de seguridad y rigor, algo imprescindible en el terreno de la salud física y mental. ¿Cuáles son los problemas psicológicos más habituales?, ¿pueden cambiar las personas?, ¿cómo se soluciona la falta de motivación?, ¿para qué sirven las mentiras? El catedrático aclara las dudas más frecuentes. 

1. ¿Cuáles son los problemas psicológicos más usuales?

El experto indica que, a nivel mundial, los más frecuentes «son los trastornos de ansiedad y los depresivos». Los trastornos mentales y neurológicos constituyen el reto sanitario «más importante de la Europa del siglo XXI», añade. Cuatro de cada diez ciudadanos presentan alguna clase en un momento de su vida, lo que se traduce en millones. «Alrededor de setenta millones padecerían problemas de ansiedad, treinta millones depresión, y otros treinta, insomnio; veinte millones desórdenes psicosomáticos, cuatro millones trastornos de personalidad, tres millones TDAH, tres millones TOC, y algo más de un millón problemas relacionados con la alimentación», recoge Colom en las primeras páginas de su libro. 

Con estos datos, el principal problema que observa el catedrático es la falta de atención sanitaria: «Solo una de cada cuatro de esas personas recibe algún tipo», indica. Es más, señala que, los informes que hablan de estas cifras, también muestran «el preocupante panorama relacionado con la heterogeneidad de las evaluaciones e intervenciones que emplean los profesionales», detalla Colom.

2. ¿Estos problemas suelen estar presentes en la infancia?

Todo apunta a que sí. Un problema bastante habitual que suele observar el catedrático es la tendencia, generalizada, a establecer una línea entre los trastorno psicológicos del adulto y del niño, «cuando en realidad, lo que nos dicen la investigaciones que debería ser objeto de preocupación es que podamos identificar una mayor vulnerabilidad en determinadas personas a presentar una clase de trastorno», precisa Colom. Esta vulnerabilidad llega a evidenciarse, hasta en el 70 % de los casos, en la etapa infantil. 

Estudios recientes han comprobado que, si bien a los 13 años una persona tiene tendencia a presentar depresión, diez años después presentará un trastorno de depresión, y una década más tarde, otro tipo de problemáticas relacionadas con, por ejemplo, su pareja. En otras palabras, «hay individuos que, por razones que tienen que ver con su genética y con las circunstancias por las que transitan en su vida, tienen un mayor riesgo a presentar algún tipo de trastorno psicopatológico», precisa. Concluir si alguien lo tiene o no será fundamental para el futuro tratamiento. 

El tipo de trastorno poco parece importar. Mientras que en la medicina, no es lo mismo una gripe que una insuficiencia renal, Colom explica que en terreno psicológico, «todos los problemas derivan de un solo órgano, el cerebro». Por eso, insiste en una idea: «No obsesionarse con lo que alguien tiene, sino con abordar la problemática para mejorar en el funcionamiento cotidiano de la vida diaria», aclara. 

No ser un padre o madre helicóptero

Ahora bien, el catedrático recomienda no caer en alarmismos demasiado pronto. No ser un padre, o madre helicóptero, que hace de cada preocupación un exceso. A medida que un niño crece, su cerebro lo hace con él, lo que se traduce en un período de cambios muy notables, tanto en velocidad como en forma. «En un momento determinado, debido a todas estas transformaciones en su vida, pueden presentar un tipo de desadaptación, por decirlo de forma genérica, en el cole, por ejemplo», señala. Un fenómeno que puede ser temporal y que, «si le damos demasiado protagonismo, corremos el riesgo de hacer que se consolide como problema», añade. 

Es importante que el menor se sienta acompañado para ver hasta dónde llega la situación, «sin darle un carácter de demasiada magnitud». Al hacerlo, familias y cuidadores pueden contribuir a lo conocido como la profecía autocumplida: «Si no paro de investigar qué le pasa al niño, lo llevamos a 300 especialistas, hacemos que algo que podría ser perfectamente transitorio, y remitir espontáneamente, se agrave», explica. Eso sí, para diferenciarlo, conviene ponerse en manos de un profesional del que obtengan, al menos, dos o tres referencias; y nunca preguntarle al doctor Google. 

3. ¿Hasta qué punto influye la genética en un trastorno de salud mental?

«Bastante», ataja Colom. Un estudio epidemiológico siguió a varios grupos de personas, de distintas generaciones, «a lo largo del siglo XX, para ver cómo evolucionaban los distintos tipos de trastornos en las distintas edades, incluidos los trastornos mentales». Observó que conforme mejoraban las atenciones sanitarias, es decir, cuánto mayor era la calidad de los servicios médicos, «mayor era la influencia que de la genética para explicar por qué unos son más enfermizos que otros», añade el experto. 

De hecho, en las generaciones más recientes, se encontró que casi el 70 % de las variaciones «en la susceptibilidad de enfermar tenían que ver con la genética», señala el catedrático, quien considera que este dato abre un abanico de posibilidades muy esperanzador. Conocer los marcadores genéticos concretos, que aumentan el riesgo, «podrían orientarnos sobre fármacos dirigidos a la vulnerabilidad específica de cada paciente», indica. 

4. ¿Cómo detectar a un mal psicólogo?

Hay ocasiones en las que, aún con muchas opciones de terceros, el paciente se equivoca escogiendo a su terapeuta. Un buen profesional es, según Colom, alguien que destaca por su seriedad, rigor y sinceridad. Por ello, una red flag —dentro de la consulta— es aquel que da falsas esperanzas: «Si llegas a consulta y te dice que va a cambiar tu personalidad de arriba a abajo para que tu vida sea más feliz, preocúpate», añade. Por el contrario, un buen profesional dejará claro que, en el mejor de los casos, contribuirá a que la personalidad del individuo sea menos disruptiva, «o a que sus hábitos desadaptados interferirán menos en su vida cotidiana», concluye. 

5. ¿Alguien muy tímido puede pasar a ser muy extrovertido?

La respuesta depende del objetivo. «La estructura del edificio apenas cambia, es lo que es. Pero sabemos a ciencia cierta que hay cierto margen de progreso», responde. El trabajo en consulta se puede orientar a «pulir ciertos detalles», a poder tener un funcionamiento normal en contextos en los que antes no serías capaz a través del desarrollo de ciertas habilidades sociales. 

«Por ejemplo, yo antes era muy tímido, pero como me dedico a dar conferencias constantemente, he ido desarrollando estrategias que acompañan mi personalidad y me permiten actuar», explica el catedrático. 

6. ¿Cómo se puede mejorar la motivación?

La motivación es algo que muchos quieren pero no logran encontrar. La respuesta a su problema puede ser más simple de lo que piensan: haz algo que te guste. En esta materia, no se pueden buscar milagros. «No podemos hablar de la motivación como si fuese una característica psicológica aislada del resto de tu personalidad», detalla. Así, rasgos como una cierta tendencia a la inestabilidad emocional o la vulnerabilidad ante cambios externos pueden influir en el nivel de motivación que tiene un individuo para realizar una actividad. «A su vez, es algo que también tiene que ver con el nivel de sociabilidad, de responsabilidad, de cordialidad y de amabilidad», aclara el experto. Todo un conjunto de características que te suman o restan ganas. 

La clave para Colom a la hora de conseguir más o menos motivación es la actividad puesta como objetivo. «Solemos interpretar que la motivación es la causa de que yo haga algo, cuando en realidad, es al revés. Es decir, yo me siento motivado para hacer cosas que se me dan bien», explica. Por ello, si alguna vez acudes a consulta y pides consejos que aumenten tu motivación, «un terapeuta competente te diría que busques tareas que puedas desarrollar con eficacia», apunta. 

Las ganas no se deben entender como algo espontáneo que vayan a crecer por sí mismas, pero sí puedes manipularlas a tu antojo. 

7. ¿De qué depende la inteligencia de una persona?

Una de las cosas que, según Colom, más claras tiene la investigación psicológica es que la capacidad intelectual tiene mucho que ver con la genética. Si bien existe capacidad de mejora y respuesta a los estímulos que uno vaya recibiendo, el margen de recorrido viene determinado por los genes. «Es como una goma que cada uno tiene con un tamaño equis. Podemos estirarla, pero si nos pasamos de rosca, podemos romperla», advierte. En otras palabras, exigir a una persona más de lo que puede dar no resulta beneficioso en ningún caso. 

Es más, Colom se muestra especialmente preocupado por la tendencia a identificar, de manera temprana, a niños y niñas superdotados intelectualmente. «El cerebro de esos niños, de 4, 5 o 6 años, todavía sigue en pleno período de explosión del desarrollo, que no termina hasta los 16 o 18», indica. 

Precisamente, esta filosofía de «cuanto antes, mejor» está desvelando una problemática: «Cuando estos menores tienen 13 años, esa alta capacidad ya ha desaparecido porque su cerebro ha cambiado, pero se le sigue exigiendo cosas a las que ya no puede responder», añade. Por ello, recuerda que se debe tener mucho cuidado a la hora de establecer condicionantes como el cociente intelectual. La solución pasaría por hacer una evaluación regular y anual a medida que cumplen años. 

¿La capacidad intelectual se puede ver mermada?

Depende de la edad a la que se haya identificado. Al principio de la vida, los cambios en el cerebro son muy profundos y hasta que no se estabilizan, «se pueden producir movimientos dramáticos». Por ello, un momento razonable, en el que ya es poco probable que surjan transformaciones muy notables, sería a partir de los 13. 

8. ¿Existe la inteligencia emocional?

Inteligencia, que se diga, «inteligencia», parece que no. «El propio Daniel Goleman —que acuñó este término— reconoció que la denominó como inteligencia porque eso vende; al igual que ocurrió con Gardner y las inteligencias múltiples, que son otra cosa, talentos», responde Roberto Colom. 

El experto define inteligencia emocional como una configuración de rasgos de personalidad que hace la vida más fácil a las personas que la tienen, que les ayuda a gestionar de un modo más eficiente sus emociones: «Son individuos con una mayor sociabilidad, gente más cordial, que presenta mayor nivel de responsabilidad y que es más estable desde el punto de vista de las emociones», explica. Colom no niega que guarde relación con la inteligencia de una persona, «pero más que nada, porque la capacidad intelectual tiene que ver con casi todo». 

9. ¿Por qué mentimos? 

«Porque debemos hacerlo», responde Colom, quien añade que, en determinados casos, «la sinceridad puede ser mucho peor que la mentira». Es algo natural, que incluso, otros animales pueden hacer. En 1978, una chimpancé llamada Sara lo demostró en un experimento. «Premack, el psicólogo que trabajó con esta simia colocaba un plátano, fuera de su jaula, de modo que ella pudiese alcanzarlo siempre que el investigador estuviese ausente», recuerda el catedrático.

Como esto solo era posible cuando Premack no estaba presente, la chimpancé corría hacia el otro lado de la jaula y le hacía señas para que acudiese a su encuentro. Fingía que había algo que no podía perderse. En cuanto lo conseguía, «salía disparada hacia el trofeo abandonado por el humano», añade. Sara mentía, al igual que lo hace el resto del mundo. 

«La sinceridad no siempre es lo más indicado. Si sé que siendo sincero, voy a herir a alguien, es algo cruel», indica Colom, quien señala que, por definición, mentir es algo «muy elástico». No toda mentira hace daño, ni toda mentira es perversa. «No hay razón para considerar que es algo negativo», concluye. 

10. ¿De qué depende la personalidad?

La forma de ser de una persona está determinada por los genes y por el ambiente. En esta materia, conviene distinguir entre los «factores más fríos» de la personalidad, como la inteligencia o las capacidades mentales; y las características más cálidas, «relacionadas con el nivel de sociabilidad, amabilidad, cordialidad, responsabilidad y de estabilidad emocional, entre otros», explica Colom, en referencia a la parte menos cognitiva. 

La investigación científica encontró que, en el momento en el que la personalidad se estabiliza, la genética puede suponer hasta el 80 % de la parte más fría y racional, y solo influir en un 50 % en sus compañeras. 

Ahora bien, lejos de lo que se suele pensar, a la larga —es decir, cuando la persona ya es una adulta hecha y derecha— el peso de la familia es minúsculo. «El efecto familiar es de pequeño a nulo a largo plazo», aclara Colom. El experto reconoce que las experiencias vitales en la infancia son intensas y suceden en una etapa crucial del desarrollo, pero a medida que el individuo crece, estas se desdibujan. «Cuando va ganando autonomía, empiezan a cobrar protagonismo factores que tienen que ver con la propia genética por un lado, y con la red de amistades, por otro. Es decir, qué tipo de amistades tienes en el instituto o cuáles son tus relaciones laborales tiene mucho más de peso que las familiares», resume el catedrático. Un dato que dice estar muy consolidado para la investigación científica. 

¿En qué momento se desarrolla la personalidad?

Siguiente pregunta: ¿cuándo se fija esta personalidad? Dar una edad concreta es complicado, porque la trayectoria del desarrollo es muy individual. Sin embargo, se suele estabilizar en torno a los 25 o 30 años, «cuando se completa el proceso madurativo», indica. 

11. ¿Existe la crisis de los 40? 

El catedrático de Psicología Diferencial responde con rotundo «sí», aunque no necesariamente tiene que darse a esta edad. «Los cuarenta corresponde a un valor promedio», explica, «existe un rango que puede oscilar arriba o abajo, dependiendo del propio proceso madurativo de cada persona. Pero existir, existe», aclara. 

Los cuarenta son el ecuador de la vida de la mayoría. Desde ellos, muchos miran hacia atrás, y al hacerlo, «el comienzo de nuestra andadura se vislumbra más difuso, mientras que la segunda parte se ve ahora más clara». Colom utiliza la metáfora de subir y bajar una montaña. Esta edad marca la cima, a partir de la cual solo queda descender. «Algunas personas aceptan sin más este hecho natural, otras se limitan a tolerarlo con mayor o menor dignidad. Las demás lo llevan francamente mal y se muestran inconsolables durante un tiempo», comenta el experto. Lo que muchas veces lleva a tomar decisiones más o menos cuestionables.

Eso sí, por debajo de las acciones, reside una biología. Al igual que sucede con la pubertad, esta crisis «está documentada con cambios a nivel cerebral y hormonal», precisa el catedrático. 

12. ¿Se puede mejorar la inteligencia?

Si bien la capacidad intelectual de una persona está marcada por su genética, esta tiene cierto margen de mejora. La ciencia conoce dos procedimientos efectivos con evidencia demostrada. Por un lado se encuentran los programas de estimulación psicológica, «los cuales sabemos que funcionan, pero con los que también se produce un efecto de desaparición cuando se dejan de administrar». Al igual que la capacidad física se ve mermada cuando alguien deja de ir al gimnasio, lo mismo le sucede a la intelectual al dejar de recibir estímulos. «Si tú eras una lectora voraz y dejas de leer, tu vocabulario se va a degradar», ejemplifica el experto. ¿Solución? Que la educación perdure durante toda la vida. 

El segundo procedimiento «parece de ciencia ficción», aunque ya se comente en la realidad. «El uso de fármacos que podrían estimular el desarrollo cerebral», señala Colom, que añade: «Por ejemplo, ahora se está inventando cómo los fármacos utilizados para enlentecer el proceso de degeneración cerebral se podrían remasterizar y que funcionasen como estimulantes de nuestro desarrollo», indica. Quién sabe, quizás sea cuestión de tiempo que una mente brillante solo sea una mente más. 

Lucía Cancela
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Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.