Julia Buján, catedrática de histología: «Sobre medicina estética, cuanto menos, mejor; el cuerpo va a intentar rechazar cualquier material extraño»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

La gallega Julia Buján, catedrática de histología.
La gallega Julia Buján, catedrática de histología. SANTI M. AMIL

La gallega, ya retirada y académica correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina de España, lideró un grupo pionero en la creación de vasos de sangre artificiales

16 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Julia Buján (Agolada, Pontevedra, 1952) sigue tan activa como la ley le permite a sus 74 años. «La ciencia no tiene edad», añade, después de reconocer que «aún» participa en todo lo que le dejen. En másteres, grupos de investigación, tribunales de tesis y agencias de evaluación. La catedrática emérita de Histología e Ingeniería Tisular y académica correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina de España (Ranme) lleva la palabra «esfuerzo» tatuada en su carrera. No cree en vocaciones, aunque como buena gallega, dice que alguna habrá; tampoco confía en los hallazgos fortuitos. «Las cosas no salen de la manga, es trabajo, trabajo y trabajo».

—¿La medicina fue el resultado de su vocación o de la vida?

—Fue un tema decidido por la vida. Yo siempre digo que no tengo tan claro que existan las vocaciones como tal. No digo que no existan, pero vamos, pienso que en la mayoría de los casos es la vida la que va hacia usted y usted la asume. Así se hacen las vocaciones y en mi caso está muy claro. Cuando era pequeña, a mí me gustaba el mar. Me crié en Vigo, aunque nací en Agolada. Tanto me gustaba el mar que yo quería ser marino, pero como era una chica no podía ser. Lo más próximo que encontré, y algo que también me gustaba mucho, era la biología. Quise ser bióloga marina y empecé a estudiar la carrera en Santiago. Pero, después, me fui a Madrid por un traslado de mis padres. Allí seguí con el sueño de ser bióloga marina, pero en el barco oceanográfico estaban prohibidas las mujeres. Así que, como también me gustaba el cuerpo humano, decidí hacer medicina y compaginar ambas. Tuve que cambiar de expediente dos veces, apenas tuve convalidaciones de lo que había cursado en Santiago. Y, precisamente, una de las asignaturas que tuve que repetir era la histología, el estudio de los tejidos. La tuve que hacer tres veces y, en esta última, decidí ir a hablar con el catedrático de medicina muy enfadada para ver qué estaba pasando. Él me dijo que, cuando terminase la carrera de medicina, me pasase por allí, que me daría trabajo. Y así empecé en la histología. Por eso digo que la vida no es que tú decidas, sino lo que ella va decidiendo por ti.

—¿Cómo ha evolucionado la histología desde entonces?

—Mucho. El referente es Ramón y Cajal, lógicamente. Pero la histología ha evolucionado muy positivamente. Primero era una asignatura muy descriptiva, estudiaba los tejidos y demás. Luego pasó a ser una histología diagnóstica. Cuando ya se avanzó, en los años ochenta y noventa, pasamos a saber que la célula enfermaba y, entonces, aparecía la enfermedad. Y hoy en día, ya a partir del 2000, la histología se transformó en terapéutica. La célula se convirtió en un medicamento y nuestros tejidos sirven de base para sustituir otros tejidos y otros órganos. Se convirtió en terapia. 

—Cuando su grupo era pionero allá por los ochenta y por los noventa, ¿se imaginaban en algún momento que la célula iba a ser un medicamento?

—No, creo que la imaginación no cuenta, es el trabajo de muchos grupos día a día, que hace que en un momento dado, cuando llega la reflexión, te des cuenta de lo que tienes en la mano. Así va evolucionando la ciencia en general. No hay hallazgos milagrosos, y si los hay, son pocos. Normalmente, el avance está precedido por un trabajo silencioso, del día a día y que, al final, te permite dar el salgo a poder verlo con otros ojos. 

—Dicen que la madre de todas las ciencias es la paciencia.

—Para mí el lema es la perseverancia. Es el lema que creo que es el más importante, que no todo sale a la primera, que las cosas, a pesar de que nos las venden como que los grandes logros, parece que salen de la manga. Es trabajo, trabajo, esfuerzo y esfuerzo.

—Usted trabajó en la construcción artificial de arterias y de vasos sanguíneos. ¿Por qué?

—Sí. Las primeras investigaciones se centraron en las arterias porque son fundamentales para la circulación humana. Observábamos que las venas pueden sustituirse con mayor facilidad, ya que la sangre encuentra otros recorridos para seguir fluyendo. Sin embargo, con las arterias no ocurre lo mismo: no pueden eliminarse sin más y esperar que el tejido vuelva a recibir el aporte de sangre necesario para nutrirse. De ahí surgía la necesidad de desarrollar vasos artificiales. Empezamos a trabajar en ese reto en los años noventa. En aquella época, los biomateriales comenzaban a incorporarse al campo de la ingeniería de tejidos. Las arterias de gran calibre, como la aorta, no presentaban demasiados problemas porque el flujo sanguíneo es muy potente y los vasos artificiales ofrecían buenos resultados clínicos. La dificultad aparecía cuando había que sustituir arterias de menor calibre, como las ilíacas o las arterias de las piernas. En esos casos, los biomateriales favorecían fenómenos trombóticos, la sangre formaba pequeños coágulos que podían obstruir el vaso. Los materiales disponibles ya eran de buena calidad, pero nosotros queríamos mejorarlos. De hecho, nuestro primer gran trabajo consistió en recubrir esos vasos artificiales con células endoteliales, igual que ocurre en los vasos sanguíneos naturales. Para ello era necesario obtener esas células de otro vaso, pero encontrar el vaso donante ideal ha resultado tan difícil que, desde los años noventa hasta hoy, todavía no se ha encontrado. Después llegaron las venas y la placenta. 

Julia Buján, en su casa de Ourense, donde se ha retirado.
Julia Buján, en su casa de Ourense, donde se ha retirado. SANTI M. AMIL

—¿En qué momento dan el salto a las venas?

—En principio eran las hermanas pobres del tejido circulatorio, todo el mundo estudiaba la arteria porque era lo importante, sobre todo las arterias coronarias que eran las responsables de los infartos. En las venas hemos estudiado mucho un problema que aparentemente no es muy importante, pero sí que es relevante desde el punto de vista clínico. Son las venas varicosas. Las varices son un problema tremendamente importante porque crea mucha disfunción. Nosotros descubrimos que la enfermedad venosa es una enfermedad sistémica que no solamente afecta a las venas, sino a todo el cuerpo humano, que es un problema inflamatorio.

—¿Y de ahí, pasaron al embarazo?

—Así es. Fue por esos pequeños logros, que no son espectaculares, pero que permiten avanzar. Así llegamos a la importancia que podía tener la circulación venosa a nivel de la placenta. Uno de nuestros últimos logros como equipo de investigación fue pensar en el porcentaje de mujeres embarazadas que tienen venas varicosas durante su embarazo. Y a ese problema clínico, que es bien conocido, los ginecólogos nunca le habían dado mucha importancia. Sin embargo, descubrimos que cuidar esas venas es importante para una buena circulación entre la madre y el feto, para que el feto no tenga problemas secundarios. Todo está relacionado, lógicamente, pero vas viendo como los campos se van abriendo en el día a día de la investigación. Y como esas cosas que aparentemente no son grandes cosas pueden mejorar el bienestar, sobre todo materno-fetal, con una actitud activa. Es decir, que la mujer se ponga unas medias durante el tiempo de embarazo que favorezcan la no dilatación varicosa, que pueda hacer ejercicio y que sepa que tiene que cuidar su circulación venosa para mejorar también la salud de su hijo.

—¿Cómo se aborda el rechazo de un biomaterial?

—En mi grupo abordamos y estudiamos, por ejemplo, el comportamiento de los biomateriales empleados para el tratamiento de las hernias, qué problemas podían tener cuando eran rechazados. Hemos estudiado y hemos desarrollado patentes para mejorarlos, de hecho. Hicimos lo mismo con los sustitutos óseos. El lema es: cuanto menos biomaterial dentro del cuerpo, mejor. El cuerpo humano conoce cada una de sus células, dónde está cada una, y todo biomaterial es un extraño. Somos tan buena máquina que un pequeño implante en la boca, que parece que no es nada, es un gran drama para el cuerpo humano. Sabe que ahí hay un elemento extraño y ese elemento lo va a vigilar durante toda su vida.

—Pienso en las operaciones o intervenciones estéticas…

—Sí. Yo soy directora de másteres de medicina estética, y mi lema es cuanto menos mejor. El cuerpo va a intentar rechazar cualquier material extraño, y si no lo consigue, lo vigilará estrechamente. Eso va a dar lugar a que nuestro sistema inmune cambie. El gran problema del siglo de ahora es que los biomateriales van a crear enfermedades autoinmunes. No se puede pensar que todo biomaterial que incorporamos es inocuo. Por mucho que nos vendan que es biodegradable, que es biocompatible. No. Todo elemento extraño que nosotros incorporemos va a estar vigilado por nuestra máquina. Eso va a provocar cambios en nuestro sistema inmune, y nuestro sistema inmune es la base, la base de nuestro envejecimiento, la base de nuestras enfermedades y la base de que a veces se van a generar enfermedades autoinmunes, que es la gran epidemia que vendrá en este siglo.

—¿Hasta qué punto, la ingeniería tisular será capaz de detectar un biomaterial que no despierte la atención del organismo?

—Hay una cosa que debe quedar clara. Estos biomateriales son necesarios. En muchos casos va a mejorar la calidad de vida de nuestros pacientes o incluso su salud. Pero siempre con el lema de cuanto menos mejor. Por ejemplo, los implantes dentales. Hoy en día hay mucha alegría con ellos. Y mucho ojo. No es lo mismo tener veinte que cuatro, pero estamos cayendo en un pozo, por así decirlo, que al final tendrá sus consecuencias. Sucede igual en la medicina estética, la cantidad de productos estéticos que se incorporan dentro del cuerpo humano es increíble. Yo no soy «antitodo» ni defiendo que haya que rechazarlos, sino utilizarlos con prudencia.

—Usted ha dedicado su carrera a estudiar las células de distintas partes del cuerpo. ¿Son muy diferentes entre sí?

—Sí, son como las personas. Yo siempre les decía a mis estudiantes que cada célula nuestra es como una persona dentro del continente, dentro de su casa, su país y su trabajo. Es un organismo individual. Son totalmente diferentes. Es más, antes clasificábamos a los tejidos en tejido óseo, conjuntivo y muscular. Ahora sabemos que incluso dentro de los distintos tejidos las células son diferentes. También se especializan dependiendo del lugar que ocupen y la función que tengan en ese momento. Son unas trabajadoras, como nosotros. 

—¿Cómo de importante es la edad del paciente que va a recibir ese biomaterial? Entiendo que sus células envejecen al mismo tiempo que la persona lo hace.

—Totalmente. Las células envejecen como las personas lo hacen por fuera. Primero, el cuerpo humano entero se renueva cada siete años, más o menos. Es decir, cada siete años, nuestras células han cambiado, a pesar de que no lo notemos. Y esto es posible porque hay unas que están ahí desde que nacemos, que hacen que, cuando una se muera, venga otra que pueda sustituirla. Son las famosas células madre. Estas van dando un hijo y se quedan ellas, dan otro hijo, y se quedan ellas. Pero claro, se van agotando y envejeciendo porque llevan mucho tiempo y son agredidas por los factores ambientales. Lo que pasa es que el envejecimiento no es un proceso sincrónico, sino que es asincrónico. Es decir, hay unos tejidos que envejecen antes que otros y poquito a poco vamos teniendo cambios que van siendo acumulables y visibles con la edad.

Lucía Cancela
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Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.