Nico Adega, campeón del mundo tras el cáncer: «Desarrollé una fobia, todo aquello del color de la quimio me generaba malestar»

Lois Balado / Yaiza Garea LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

Marcos Rama

Tras sufrir osteosarcoma con siete años, le dijeron que no podría volver a hacer deporte; hoy, es campeón del mundo y de Europa de paracanoe

10 ago 2026 . Actualizado a las 11:55 h.

Por muy agosto que sea, Nico tiene un moreno distinto al de cualquier playista. El sol también ha acentuado el verano en su pelo, con unos reflejos rubios que se atenuarán con el cambio de estación y la llegada del frío. El día rebosa luz, pese a que la jornada estuvo salpicada por chaparrones. Las nubes han firmado la tregua cuando él discurre, apoyado en una sola muleta, junto a la margen izquierda del Miño a su paso por Lugo. El río contextualiza su aspecto. Todo en él, su piel y pelo cobrizo, casa con el de alguien que pasa horas en el agua. Trae también dos medallas. Las dos de oro. Una fue ganada en Rumanía a finales de junio, en el campeonato de Europa. La otra, en Hungría, en septiembre del año pasado. Es el premio por ser campeón del mundo de paracanoe en la disciplina de los 10.000 metros, una modalidad adaptada del piragüismo para el deporte con discapacidad. «Es una palabra rara lo de paracanoe. Es como ‘‘osteosarcoma'', otra palabra rara, pero las dos me han cambiado la vida». Osteosarcoma, puede sonar raro, pero también suena a cáncer.

El revelado tras 24 horas

La charla en la ribera del Miño con Nico Adega (Lugo, 2006) se prolonga, entre presentaciones, cortesías y demás convenciones sociales, durante unos treinta minutos. Pero solo 24 horas después, cuando comparte una carpeta alojada en la nube de lo que ha sido su vida durante los últimos doce años, las palabras se traducen en imágenes, todavía más crudas. El joven de bronceado envidiable es un niño macilento, intensamente pálido. Su aspecto va cambiando por los efectos de veinte ciclos de quimioterapia, treinta y cuatro de inmunoterapia y quince operaciones. Solo después de todo esto pudo salir del hospital. Ahora, con el apoyo de la fundación CRIS Contra el Cáncer, se ha empeñado en contar su historia, por si pudiese ayudar a cualquiera que mínimamente tenga que bordear la ruta que el atravesó. Y su historia, sobrecogedora como la de cualquier cáncer, los es todavía más cuando el campeón del mundo de diecinueve años se muestra enfermo con tan solo siete, justo después de salir de una consulta de atención primaria.

«De pequeñito era un niño muy activo. Ya en la escuela infantil le recomendaban a mi madre que me apuntase a varios deportes, que si no iba a ser imposible dormirme. Hacía todas las extraescolares que podía. En un partido de fútbol, durante un entrenamiento, mi madre me notó una pequeña cojera. En la pediatra, lo achacaron a inflamación por tanto deporte o a tema de crecimiento, nada grave, me recomendaron una semana de reposo», cuenta. Pero, claro, hay cosas que no cura el reposo. «Fuimos otra vez pasada una semana. Me molestaba en un punto en concreto de la rodilla, y a la médica eso ya le pareció bastante extraño. Me derivaron al traumatólogo, me hicieron una resonancia de urgencias, los resultados iban a tardar dos días», prosigue Nico. Aunque solo tenía siete años, cose los retales de su historia. Algunos pedazos son sus propios recuerdos; otros, quizás, fueron tejidos por la memoria de terceros. «Aunque faltaban dos días para poder saber los resultados, cuando salimos de allí mi madre ya vio algo en la cara al traumatólogo, como si se lo hubiese dicho todo. En esos dos días no pudo dormir y, cuando llegó el momento, pasó lo que nadie quiera escuchar. Nos dijeron que tenía un cáncer». Hay una serenidad reconfortante cuando Nico pronuncia la palabra cáncer. No debería, y no es tanto su mérito, sino demérito de una buena parte de la sociedad, que todavía baja la voz al pronunciar el nombre de la enfermedad.

La sombra de la quimio

Los efectos de las sucesivas cirugías se notan en el cuádriceps de Nico, perfectamente visible gracias a los tejanos cortos que lleva y también cuando se viste de licra para mostrar cómo se desenvuelve sobre su embarcación. «Sufrí un osteosarcoma de alto grado. Estaba aquí —dice, mientras señala— un poquito más para arriba de la rodilla. Cuando me hicieron la resección tumoral, se tuvieron que llevar parte del cuádriceps. De los cuatro músculos que lo componen, me quitaron uno y medio y se tuvieron que llevar también parte del fémur. De hecho, a día de hoy ya no lo tengo. Tampoco cartílagos de crecimiento. Puede parecer una tontería, pero cuando estás creciendo son súper importantes y mi pierna izquierda, que estaba completamente sana, no crecía a la misma velocidad que mi pierna derecha. Cada diez meses me tenían que estar operando para ir compensando esa dismetría. Hacía todo el proceso de recuperación y cuando estaba casi al 100 %, otra vez tenía que pasar por quirófano». Es solo una parte de lo que le tocó vivir; es evidente que es imposible resumir todo su proceso en un puñado de líneas.

Hay secuelas físicas, pero también psicológicas. «Cuando estaba recibiendo tratamiento, acabé por desarrollar una fobia a una de las quimioterapias que me ponían. Veía ese color fuese donde fuese y me entraba el malestar típico de esa medicación: náuseas, malestar, dolor de cabeza. Si iba andando por la calle y veía cualquier cosa del color de ese líquido —un tono amarillo— me provocaba los mismos síntomas que cuando me lo metían en el hospital», asegura.

Nico entrena en el río Miño tras la entrevista.
Nico entrena en el río Miño tras la entrevista. LAURA LEIRAS

«No más deporte»

Nico es un campeón del mundo y de Europa al que le dijeron que nunca más podría practicar deporte. Solo le recomendaban la natación —no le gusta— o la bicicleta estática —«no es lo mío»—. Cada visita al especialista se convirtió en un casting. «Preguntaba por todos los deportes que se me iban ocurriendo: tenis, pádel, fútbol, yudo. Siempre me decía que no, hasta por el tenis de mesa pregunté. Nada». El sí llegó cuando, cinco años después, se le ocurrió preguntar por el piragüismo. El primer día se pasó más tiempo en el agua que en la piragua, pero el resto es historia.

Ahora cuenta su historia a quien quiera escucharla. El próximo mes de septiembre, será el embajador de una carrera solidaria en Madrid que busca recaudar fondos para la investigación. «Correr no voy a correr, porque no puedo. La haré andando. Vamos a pasar un día espectacular», augura.