El camino para clasificar un carcinógeno: «Las categorías no reflejan la magnitud del riesgo, sino la solidez de la evidencia»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

Laboratorio de nanoproteómica del HULA lucense.
Laboratorio de nanoproteómica del HULA lucense. ALBERTO LÓPEZ

Para determinar si una sustancia o un hábito puede llegar a producir cáncer es necesario revisar la evidencia producida por diferentes tipos de estudios hechos en humanos y en animales a lo largo de años

30 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Carcinógeno o cancerígeno. Sinónimos, según la RAE, estos términos indican que una sustancia, un alimento o un hábito puede producir o favorecer la aparición del cáncer. Cada vez que alguna de estas palabras aparece en los titulares de las noticias, la reacción es inmediata y visceral. No ayuda que algunas de las conductas que muchos asocian a momentos de disfrute sean las más vinculadas a este riesgo de sufrir tumores, como el consumo de ciertos alimentos, la exposición al sol o el hábito de fumar. Pero ¿qué significa que algo sea carcinógeno? ¿Quién lo decide y cómo?

Responder a estas preguntas no es sencillo. El proceso que conduce a la clasificación de un agente como carcinógeno es el resultado de años —o incluso décadas— de investigación científica y evaluación por parte de expertos internacionales. Detrás de la decisión hay un procedimiento en el que intervienen especialistas en epidemiología, toxicología, oncología y biología molecular. Un procedimiento en el que participan organismos especializados como la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud.

Qué es un carcinógeno

Para desentrañar los mecanismos que llevan a clasificar una sustancia o conducta como carcinógena, es necesario conocer a qué se refiere este vocablo en términos médicos. La doctora María Alameda, secretaria científica de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) y oncóloga médica del Hospital Universitario La Paz de Madrid, la define como «cualquier agente —químico, físico o biológico— capaz de aumentar el riesgo de cáncer». Esa definición engloba desde sustancias químicas presentes en el humo del tabaco hasta agentes físicos, como la radiación ultravioleta, o biológicos, como determinados virus.

La especialista recuerda, sin embargo, que la existencia de un carcinógeno no implica necesariamente que toda persona expuesta vaya a desarrollar la enfermedad. «El riesgo depende de la dosis, la duración de la exposición, la vía de contacto, la susceptibilidad individual y otros factores asociados», aclara.

El camino a la clasificación

Todo comienza con una sospecha. Como explica a La Voz de la Salud el doctor Brad Reisfeld, profesor emérito de Ingeniería Biomédica y Salud Pública de la Universidad Estatal de Colorado e investigador con experiencia en los procesos de la IARC, «el primer paso es la identificación del riesgo, determinar si una sustancia, exposición o hábito podría potencialmente causar cáncer». Esta sospecha puede aparecer por múltiples vías. A veces son los médicos quienes detectan patrones inusuales de enfermedad en determinados grupos de pacientes; en otras ocasiones, son los estudios de laboratorio los que revelan el impacto de un factor en el desarrollo tumoral.

A nivel científico, se parte de estas sospechas para realizar revisiones. Se buscan «observaciones en humanos o estudios epidemiológicos, experimentos con animales, estudios mecanísticos —centrados en descubrir mecanismos de acción— o de laboratorio, así como similitudes con carcinógenos ya conocidos». En otras palabras, el proceso no consiste en una única prueba, sino que se trabaja analizando evidencia producida a lo largo del tiempo, intentando descifrar si existen suficientes indicios procedentes de distintas disciplinas científicas.

Así, la investigación se dirige en primer lugar hacia los estudios epidemiológicos. Se trata de trabajos que analizan grandes grupos de poblaciones humanas para determinar si las personas expuestas a un determinado agente desarrollan más cáncer que aquellas que no tienen esta exposición. Los investigadores tienen diferentes herramientas para realizar este trabajo. Pueden, por ejemplo, estudiar cohortes de trabajadores de una industria durante décadas, comparar pacientes con una enfermedad concreta frente a individuos sanos o analizar registros poblacionales completos.

Alameda explica que estos estudios buscan «asociaciones consistentes con determinados tumores, relación dosis-respuesta y control de posibles factores de confusión». Este último aspecto es especialmente importante. Si un grupo presenta más cáncer de pulmón, por ejemplo, los científicos deben determinar si la causa real es la sustancia investigada o si intervienen otros factores como el tabaquismo, la contaminación ambiental o condiciones laborales que aumenten el riesgo.

Niveles de investigación

La evidencia procedente de seres humanos constituye la base más sólida para establecer una relación causal entre un elemento y el desarrollo del cáncer. Según la metodología oficial de la IARC, para considerar que existe evidencia suficiente de que algo es carcinógeno se debe poder concluir que la asociación observada no se explica razonablemente por el azar, los sesgos o los factores de confusión.

Sin embargo, en ciertos casos la evidencia humana disponible resulta insuficiente. Algunas sustancias demoran décadas en producir efectos detectables, o bien, afectan a poblaciones relativamente pequeñas, lo que dificulta la obtención de conclusiones robustas a nivel estadístico. Por ello, los estudios epidemiológicos se complementan con investigaciones experimentales en animales. Este tipo de trabajos permiten observar qué ocurre cuando un organismo es expuesto de forma controlada a una sustancia durante cierto tiempo. Los investigadores analizan si aparecen tumores, qué órganos resultan afectados y si existe una relación entre la dosis administrada y la aparición del cáncer.

Si bien los resultados obtenidos en animales no siempre pueden extrapolarse directamente a los humanos, constituyen una parte fundamental del proceso. De hecho, los expertos señalan que numerosos carcinógenos actualmente reconocidos evidenciaron efectos en modelos animales antes de que existiera información suficiente sobre su impacto en humanos.

Asimismo, se tienen en cuenta datos provenientes de estudios mecanísticos, investigaciones dedicadas a intentar responder a la pregunta de cómo provoca cáncer una sustancia o conducta. En este tipo de trabajos, los científicos analizan si el agente «daña el ADN, produce mutaciones, altera mecanismos de reparación, induce inmunosupresión u otros mecanismos relacionados con la carcinogénesis», detalla Alameda. La importancia de estos estudios ha aumentado significativamente gracias a los avances de la biología molecular. Hoy, es posible identificar alteraciones genéticas específicas, mecanismos celulares concretos y procesos bioquímicos que explican por qué una determinada exposición puede favorecer la aparición de tumores.

Clasificaciones según la evidencia

Ninguna de las líneas de investigación implicadas en el proceso se considera suficiente por sí sola para caracterizar como carcinógeno un elemento. Para contrastar la evidencia, los organismos internacionales integran todas las pruebas disponibles. «Paneles de expertos evalúan la totalidad de la evidencia para determinar si esta respalda colectivamente una relación causal entre la exposición y el cáncer», explica Reisfeld.

Este es el trabajo que se lleva a cabo en la IARC. Sus grupos, integrados por especialistas independientes de múltiples disciplinas, revisan de manera sistemática toda la literatura científica publicada sobre cada agente. Tras analizar la calidad de los estudios, la consistencia de los resultados y la plausibilidad biológica de los mecanismos observados, emiten una clasificación. En otras palabras, la clasificación se basa en la calidad de la evidencia, no en el nivel de probabilidad de que el agente produzca cáncer.

 

En el Grupo 1 entran aquellos agentes que han demostrado ser carcinógenos para los seres humanos —en estudios con personas—. En esta categoría se encuentran el tabaco, el amianto, la radiación ultravioleta, el alcohol, la contaminación atmosférica y determinados virus, entre otros.

Por debajo se sitúa el Grupo 2A, correspondiente a los carcinógenos probables. En estos casos, la evidencia disponible apunta claramente hacia una relación con el cáncer, aunque todavía no se la considera concluyente en seres humanos. Entre ellos podemos encontrar la acrilamida (una sustancia presente en alimentos muy tostados o fritos como las patatas fritas), los gases de escape diésel o el uso de lámparas bronceadoras (rayos UVA artificiales)

El Grupo 2B engloba los carcinógenos posibles, donde la evidencia en humanos y animales es más limitada (como el edulcorante aspartamo l la exposición a humo de gasolina), mientras que el Grupo 3 incluye aquellos agentes respecto a los cuales no existe información suficiente para emitir una conclusión definitiva, pero que han sido estudiados por sospecha, como el consumo de café o té, o el uso personal de tintes para el cabello.

«Es importante entender que estas categorías no reflejan necesariamente la magnitud del riesgo, sino la solidez de la evidencia científica», explica Alameda. La oncóloga insiste en que «estas categorías indican cuánta certeza tenemos de que puede causar cáncer, no cuánto riesgo supone en una exposición concreta».

¿Existe una dosis segura de un carcinógeno?

La dosis de exposición es relevante en cuanto al riesgo que supone cada agente. Sin embargo, Alameda reconoce que «no hay una respuesta única para todos los carcinógenos». En algunos casos, especialmente cuando la sustancia actúa dañando directamente el ADN, se considera que incluso exposiciones muy bajas podrían añadir un pequeño incremento de riesgo. En otros agentes puede existir un umbral práctico por debajo del cual el riesgo resulte insignificante. Por esta razón, las agencias reguladoras establecen límites de exposición, recomendaciones de uso y medidas de protección destinadas a minimizar los riesgos reales para la población.

La clasificación de estos agentes ha permitido desarrollar algunas de las estrategias de salud pública más eficaces de las últimas décadas. Las campañas antitabaco, las restricciones al amianto, la vacunación frente al virus del papiloma humano o las medidas de protección laboral han conseguido reducir la incidencia del cáncer a nivel global.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.