Ana Sánchez, endocrinóloga: «Es falso que el hígado graso sea un problema exclusivamente relacionado con el alcohol»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

Ana Sánchez es endocrinóloga.
Ana Sánchez es endocrinóloga. Ángel Manso

La coordinadora del Grupo Esteatosis Hepática Metabólica, de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, explica que atajar el aumento de casos de esta enfermedad en jóvenes requiere medidas más allá de los hábitos de vida

18 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El incremento de casos de obesidad y de diabetes tipo 2 en el mundo van de la mano de la esteatosis hepática metabólica, mejor conocida como hígado graso. Una triada de riesgo metabólico que compromete la salud del paciente desde el silencio. Los cambios recientes en el estilo de vida han hecho aflorar muchos casos de esta condición hepática en la población infantil y juvenil, que preocupa especialmente a los especialistas en la materia. La doctora Ana Sánchez Bao (Ordes, 1988), coordinadora del Grupo Esteatosis Hepática Metabólica de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, analiza el impacto de los malos hábitos de vida en la patología.

—¿Cómo se explica que una enfermedad que afecta a una de cada cuatro personas adultas siga siendo tan desconocida para la población?

—En la mayoría de los casos no produce síntomas específicos, por lo que muchas personas desconocen que la padecen. Además, hasta hace relativamente poco no se le daba la importancia que hoy sabemos que tiene dentro de la salud metabólica y cardiovascular.

—Llevan varios años alertando de un aumento de casos. ¿Qué está sucediendo?

—La principal explicación es el aumento de la obesidad, la diabetes tipo 2 y otros trastornos metabólicos. A ello se suman cambios en el estilo de vida, hacemos menos actividad física y tenemos una alimentación cada vez más basada en productos muy procesados y de alta densidad energética. No se trata de una única causa, sino de la combinación de múltiples factores biológicos, ambientales y sociales.

—Realmente, ¿hasta qué punto influyen estos hábitos de vida?

—Influyen de forma importante, aunque, como es lógico, no son el único factor. La alimentación, la actividad física, el descanso y el mantenimiento de un peso saludable tienen un papel relevante en el riesgo de desarrollar la enfermedad. Hay factores genéticos y metabólicos, por lo que no todas las personas responden igual ante los mismos hábitos.

—Pienso en productos concretos, como las bebidas azucaradas. ¿Se ha visto si productos como estos influyen?

—Sí. Cuando forman parte habitual de la alimentación pueden favorecer el exceso de peso y la acumulación de grasa en el hígado. Las bebidas azucaradas son especialmente relevantes porque aportan una gran cantidad de azúcares con escasa capacidad de saciedad. En cualquier caso, más que señalar alimentos concretos, es importante valorar el patrón alimentario global que mantenemos a lo largo del tiempo.

—La he escuchado poner el foco también en el impacto del sueño y los ritmos de vida.

—Sí, porque cada vez sabemos mejor que el sueño forma parte de la salud metabólica. Dormir pocas horas o tener horarios muy irregulares puede favorecer alteraciones en la regulación del apetito, el metabolismo de la glucosa y el peso corporal. No son factores aislados, pero sí elementos que contribuyen al riesgo metabólico global.

—¿Se puede prevenir el hígado graso?

—En muchos casos, sí. Mantener hábitos saludables, realizar actividad física de forma regular, controlar el peso y prevenir enfermedades como la diabetes tipo 2 reduce significativamente el riesgo. No existe una medida única capaz de evitar todos los casos, pero sí sabemos que muchas de las herramientas de prevención son eficaces.

—Hay dos enfermedades que se están llevando los trozos grandes del pastel: obesidad y diabetes tipo 2. ¿Qué relación tienen con esta enfermedad?

—Es una relación muy estrecha. El hígado graso forma parte del mismo contexto metabólico en el que aparecen con frecuencia la obesidad, la resistencia a la insulina y la diabetes tipo 2. De hecho, la prevalencia de enfermedad hepática metabólica es especialmente elevada entre las personas con diabetes.

—¿No existe un componente genético o hereditario?

—Sí. Se han identificado variantes genéticas que aumentan la predisposición a acumular grasa en el hígado o a desarrollar formas más avanzadas de la enfermedad. No obstante, lo cierto es que habitualmente interactúa con factores relacionados con el estilo de vida y el entorno.

—Dice que es silente, pero, ¿no existe ningún síntoma que pueda alertar del hígado graso?

—La realidad es que la mayoría de las personas no presentan síntomas específicos. En muchas ocasiones el diagnóstico se realiza al estudiar una alteración analítica o durante una ecografía realizada por otro motivo. A las personas de mayor riesgo, como los pacientes de diabetes tipo 2, se les puede realizar un despistaje preliminar de fibrosis en los estudios analíticos. De ahí que sea tan importante que acudan a sus revisiones de salud rutinarias.

—¿Cómo evoluciona la enfermedad desde las fases iniciales hasta las más graves?

—Habitualmente comienza con una acumulación de grasa en el hígado. Algunas personas permanecen estables durante años, mientras que otras desarrollan inflamación y posteriormente fibrosis, que es la formación progresiva de cicatrices en el tejido hepático. Solo una minoría progresa hacia cirrosis o sus complicaciones, pero identificar a esos pacientes es precisamente uno de los principales objetivos del seguimiento médico. De hecho, un diagnóstico precoz permite identificar a las personas con riesgo de progresión. La mayoría de los pacientes no desarrollará complicaciones graves, pero una parte sí puede evolucionar hacia fibrosis avanzada. Detectar la enfermedad de forma precoz permite actuar antes y controlar mejor los factores de riesgo asociados.

—¿Solo la diabetes justifica ese mayor riesgo?

—No. Principalmente son las personas con diabetes tipo 2, obesidad, síndrome metabólico o varios factores de riesgo cardiovascular. En la actualidad, las guías que tenemos recomiendan prestar más atención a estos grupos porque son quienes presentan una mayor probabilidad de desarrollar formas clínicamente relevantes de la enfermedad.

—¿Puede una persona sin obesidad desarrollar hígado graso?

—Sí. Aunque la obesidad es uno de los factores de riesgo más importantes, también existen personas con peso normal que desarrollan la enfermedad. En estos casos pueden intervenir factores genéticos, metabólicos o relacionados con la distribución de la grasa corporal.

—¿Qué impacto tiene esta patología en la calidad y la esperanza de vida?

—Depende mucho de cada caso. En personas sin fibrosis significativa el pronóstico suele ser bueno. Sin embargo, cuando existe fibrosis avanzada o múltiples enfermedades metabólicas asociadas, aumenta el riesgo de complicaciones. Con esto no quiero dar un mensaje alarmista, sino de que hay que individualizar.

—El tratamiento para el hígado graso es la pérdida de peso. ¿Se puede hablar de cifras?

—Sabemos que pérdidas de peso relativamente modestas ya pueden producir beneficios. Una reducción del 5 % del peso corporal puede disminuir la cantidad de grasa en el hígado, mientras que pérdidas superiores suelen asociarse a mejoras más importantes. Lo fundamental es que sean cambios sostenibles y mantenidos en el tiempo.

—Entiendo que en la base está la dieta.

—Así es. La evidencia apoya patrones similares a la dieta mediterránea, ricos en verduras, frutas, legumbres, pescado, frutos secos y aceite de oliva. Más que centrarnos en alimentos concretos, buscamos una alimentación equilibrada, variada y basada en productos poco procesados.

—¿Y el ejercicio?

—La mejor actividad física es aquella que una persona puede mantener de forma regular. Tanto el ejercicio aeróbico como el entrenamiento de fuerza han demostrado beneficios. Las recomendaciones generales para la población incluyen al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, complementados con ejercicios de fortalecimiento muscular.

—¿Se encuentra con muchas falsas creencias?

—Sí. Probablemente la idea de que el hígado graso es un problema exclusivamente relacionado con el alcohol o que carece de importancia. También es frecuente pensar que solo afecta a personas con obesidad. La realidad es más compleja.

—¿Qué cambios se necesitan para frenar el aumento de cifras en jóvenes?

—Además de fomentar hábitos de vida saludables entre la población general, necesitamos entornos que faciliten estas elecciones saludables: acceso a alimentos de calidad, oportunidades para realizar actividad física y educación en salud desde edades tempranas. Es preocupante la aparición cada vez más precoz de problemas metabólicos porque implica una exposición más prolongada a factores de riesgo a lo largo de la vida. Sin embargo, también es una oportunidad: cuanto antes actuemos, mayor capacidad tendremos para prevenir complicaciones futuras en pacientes.

Lucía Cancela
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Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.