Comer menos y moverse más: «Esto no es un consejo médico, es un eslogan que hizo mucho daño»

ENFERMEDADES

El ejercicio se sitúa como una medicina metabólica en la obesidad.
El ejercicio se sitúa como una medicina metabólica en la obesidad. iStock

Cristina Petratti, médica de familia con más de veinte años de experiencia en la obesidad, reclama que la conversación sobre la patología se cimente sobre la biología, sin culpabilizar a quien la padece

09 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La obesidad es un gatillo fácil para la culpa, para la autoflagelación —metafórica— que los pacientes hacen a la hora de buscar las causas. No es un invento, lo reconocen los especialistas que día sí y día también los reciben en su consulta. No es una mera cuestión estética. De hecho, hace ya trece años que la American Medical Association la empezó a categorizar como una enfermedad crónica. «Es progresiva, multifactorial y recidivante, y en ella intervienen las emociones, las hormonas y el metabolismo», dice Cristina Petratti, médico de familia y especialista en obesidad con más de 25 años de trayectoria en este ámbito, para completar su definición.

La especialista lamenta esta responsabilidad con la que muchos que la sufren, cargan: «Durante décadas se ha ignorado la biología y se ha provocado mucha frustración y estigma», precisa la especialista, que acaba de publicar el libro Obesidades sin culpa. No es falta de voluntad. Es biología (2026). La experta, miembro de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO), reconoce que es momento de cambiar muchas cosas para que el tratamiento de la obesidad sea totalmente efectivo en todos los planos. Para ello, cuenta, es necesario superar ideas erróneas o ya anacrónicas, a la vista de las recientes evidencias científicas.

El gran ejemplo de todas, la que se lleva la palma es el refrán de «menos plato y más zapato», que viene a decir que para su abordaje, basta con comer menos y moverse más. «Esto no es un consejo médico, es un eslogan que se empleó durante mucho tiempo y llegó a hacer mucho daño a las personas, es muy injusto», zanja de forma tajante. Una visión no merecida porque, en resumidas cuentas, culpabiliza al paciente cuando no eligió tener la enfermedad.

Para la experta, la conversación debe centrarse en la biología. En la obesidad, la genética llega a intervenir entre un 20 y un 70 %. Se suman otras variables de forma que, una sobre otra, sirven el cóctel perfecto: «Es una enfermedad en donde hay una inflamación de bajo grado, y en la que los factores ambientales, psicosociales u hormonales ejercen una influencia», destaca. Así, por ejemplo, es conocido que hormonas como la leptina, la insulina y la grelina estén alteradas, «y cambian la señalización hipotalámica, la que regula el hambre y la saciedad. Eso es inconsciente, no se puede controlar ni una ni otra», alerta la doctora Petratti.

Así, poco a poco, se produce un aumento del tejido adiposo, que con el paso del tiempo y al excederse más allá de los que los adipocitos pueden hacer frente, se transforma en dañino o perjudicial para el resto de los órganos con los que se comunica por liberación del tejido tóxico. «El tejido adiposo se replica, se multiplica y al tener poco oxígeno, empieza a liberar factores de necrosis tumoral y tóxicos en el cuerpo y enferman al resto de los sistemas». Prueba de ello es la relación de la obesidad con 200 enfermedades crónicas, como la hipertensión o la apnea del sueño.

Es más, según la doctora Petratti, la suma de biología, cerebro y emociones conducen a la compleja alteración del sistema neuroendocrino, algo que permite saber que la incapacidad para desarrollar y mantener buenos hábitos de vida «no es sinónimo de una debilidad de carácter, sino biología». Las hormonas, grelina y leptina, que marcan la saciedad y el hambre respectivamente, «producen una alteración en la señalización hipotalámica, y con ello, empieza un desequilibrio de señales, que es más potente que la fuerza de voluntad».

Salud mental

En muchos pacientes, también se observa un peso fundamental de las emociones. «En ocasiones, hay que trabajarlas, porque son muchos los pacientes que no comen con hambre fisiológica». Todo lo contrario. Como existe una alteración, un sistema endocrino mal regulado, «comen para calmarse, desconectarse o aliviarse, la comida funciona como una vía de escape y lo hace muy rápido». De esta forma, lo repiten una y otra vez. Es la manera que tienen de regulación emocional. «Una de las herramientas que utilizo mucho es el diario emocional que permite distinguir entre el hambre real y el hambre emocional. Muchos de estos pacientes con obesidad no tienen un problema puntual con la comida, sino un trastorno de la conducta alimentaria. No restringen, porque la restricción les genera más culpa, sino que comen de forma compulsiva, desbordada, para calmar esa emoción que no la pueden poner en una palabra o transformarla en ira. Muchas veces, eso hace que libere de la culpa», sentencia la médica de familia, tratando de delimitar todavía más la frontera entre el hambre fisiológica y la emocional.

La primera es la necesidad real de comer que aparece después de varias horas sin ingerir alimentos y suele manifestarse con sensaciones físicas como el vacío o dolor de estómago. Está relacionada con los ritmos circadianos y con los horarios habituales de las comidas, como el desayuno, el almuerzo o la cena. En cambio, el hambre emocional surge de forma más impulsiva y suele estar vinculada a la búsqueda de alimentos muy palatables, ricos en azúcar, sal o grasas, como los ultraprocesados. Aparece cuando una persona experimenta una emoción que le cuesta gestionar y recurre a la comida para aliviarla, activando un circuito de recompensa en el cerebro asociado a la dopamina. Una de las señales más claras para identificarla es que, en reuniones o eventos sociales, algunas personas están más pendientes de lo que van a comer o de los alimentos disponibles que de la interacción con los demás. Además, este tipo de hambre rara vez se dirige hacia alimentos saludables, sino hacia productos que generan placer inmediato, como aperitivos, dulces o alimentos muy sabrosos.

El ejercicio como terapia metabólica

Si la enfermedad es multifactorial, el tratamiento tendrá que resolver la mayoría de los factores que la componen. Para Petratti, uno de los más importantes —sino el que más— es el ejercicio entendido como medicina metabólica y no como una forma de quemar grasa. «Desde el punto de vista de la diabetes, mejora la sensibilización a la insulina, reduce la inflamación, regula el apetito y modula las emociones», precisa la experta.

En este sentido, es importante que la prescripción sea correcta, adaptada a la persona y segura. De esta forma, «podremos eliminar el concepto de que mover el cuerpo tiene que ser quemar calorías, y no, debe verse como una forma de activar sistemas de regulación complejos».

Su prescripción es doble. Por un lado, el paciente debe realizar entrenamiento cardiovascular, unos 150 minutos a la semana como mínimo, y por otro, unos tres días de fuerza. También es posible mezclar ambos tipos y centrarse en lo que la experta denomina entrenamiento metabólico o de alta intensidad. En general, «pueden empezar en casa, haciendo tres ejercicios básicos: sentadilla, curl de bíceps y zancada», comparte la especialista, que añade: «Pueden empezar por diez o cinco repeticiones, poquito a poco, de diez a quince minutos, e ir progresando en frecuencia e intensidad», concluye.

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.