Helena Teede, endocrinóloga: «Nunca se ha desarrollado ni un solo medicamento para el mal llamado síndrome de ovario poliquístico»
ENFERMEDADES
La presidenta de la Sociedad Internacional de Endocrinología lideró el proceso, de catorce años, en el que se propuso un nuevo término para esta condición multisistémica
07 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El síndrome de ovario poliquístico (SOP) dejará de serlo después de catorce años de investigación, discusiones y acuerdos entre médicos y pacientes. Esta condición, que afecta a una de cada ocho mujeres, ha sido rebautizada. Ahora pasará a conocerse como síndrome ovárico metabólico poliendocrino. La capitana de este proceso ha sido la australiana Helena Teede, presidenta de la Sociedad Internacional de Endocrinología y directora del Centro Monash para la Investigación e Implementación en Salud de Melbourne, Australia. La especialista, reconocida a nivel mundial por sus investigaciones en la salud metabólica de la mujer, reconoce sin un ápice de duda que no ha sido un viaje sencillo.
—Muchos se preguntarán por qué había una necesidad de cambio.
—Había una necesidad realmente urgente de cambiar el nombre de esta afección, ya que 170 millones de mujeres en todo el mundo padecen una enfermedad cuyo nombre y clasificación son totalmente erróneos. Esto afecta a la investigación, a la formación y la prestación de cuidados. El nombre era incorrecto y tampoco reflejaba realmente en qué consistía el problema, que es una alteración de nuestro sistema endocrino u hormonal. Nuestros mensajeros químicos recorren todo el cuerpo y tienen efectos en todo el organismo; quienes la padecen saben que no tienen un síndrome ovárico. Saben que sus síntomas son más amplios, pero han estado encasilladas en la categoría equivocada y recibiendo una atención inadecuada durante demasiado tiempo. Así que, como médica que lleva mucho tiempo trabajando con estas mujeres, era algo que teníamos que arreglar. También tenía que suceder porque estas pacientes están insatisfechas con la atención que reciben, probablemente más que con casi cualquier otra afección con la que tratamos. Es como encajar una pieza cuadrada en un agujero redondo. Así que la razón de todo esto no es solo un nombre. No solo se trata de eso, sino de todo el sistema.
—¿Qué peso suponía etiquetarla exclusivamente como ovárica?
—La forma en la que funcionan los sistemas sanitarios en todos los países del mundo es que el departamento de salud encasilla una afección en una categoría y, en este caso, se la incluye en «enfermedades ováricas», aunque no sea tal. Por lo tanto, cualquier investigación que se lleve a cabo se financia únicamente con el presupuesto destinado al ámbito ovárico, lo que supone aproximadamente el 0,1 % del total. Casi nada para una afección que afecta a entre el 12 y 15 % de las mujeres. Casi no se ha estudiado. Nunca se ha desarrollado ni un solo medicamento y eso se debe a la categoría en la que se incluye.
—Usted también ha reiterado el impacto que supone el nombre de SOP en la formación de los médicos.
—Sí. Por ejemplo, en mi caso, en la carrera de medicina solo se le dedicó una hora dentro de la asignatura de ginecología e infertilidad. Así que si te conviertes en cardiólogo, médico de cabecera, en dermatólogo o psiquiatra, no piensas en que vayas a necesitar saber algo de este síndrome ni te sientes responsable de ello. Al final, solo la estudian los ginecólogos. Y aunque son muy buenos haciendo lo que se les ha enseñado, que es principalmente de carácter procedimental o técnico, las mujeres terminan acudiendo a profesionales que no saben mucho sobre el tema o que solo tienen formación en un ámbito muy concreto, como son los ovarios, los cuales no requieren cirugía en este caso. Eso es un gran desajuste. Y, en cuanto al sistema sanitario, la atención médica también se había quedado estancada en ese enfoque centrado en los ovarios. Todo el sistema estaba mal. Hemos elaborado las directrices y hemos cambiado el nombre, pero aún quedan capítulos por delante: la categoría, la investigación, la formación y la asistencia sanitaria para asegurarnos realmente de que la gente lo haga bien, de modo que 170 millones de mujeres en todo el mundo no sufran un 70 % de errores de diagnóstico y unos índices de insatisfacción altos. Ese tipo de estadísticas no se deben a que los médicos individuales no sean buenos en su trabajo, sino a que todo el sistema está mal. Tenemos que arreglarlo y eso pasaba por arreglar su nombre.
—¿De qué forma el nuevo término refleja todo lo que implica?
—Poliendocrino significa que hay muchas hormonas, en concreto, unas ocho alteraciones hormonales diferentes que afectan a las mujeres de forma variable. Por eso es muy heterogénea o diversa. Incluso, en la forma en que cada persona la vive varía en todas las etapas de su vida, desde la infancia hasta la pubertad, pasando por la edad fértil, la menopausia y más allá, y difiere drásticamente entre unas y otras. Lo metabólico se refiere a todos los riesgos asociados a algunas de las hormonas. La insulina, por ejemplo, está implicada en la diabetes y a menudo presenta anomalías en esta afección. Estas personas tienen un mayor riesgo de ganar peso, aunque no todas lo padecen; un riesgo mucho mayor de diabetes en una etapa temprana de la vida; de enfermedad cardíaca, que es la principal causa de muerte entre las mujeres en todo el mundo; y un riesgo mayor de complicaciones metabólicas y de embarazo. Son procesos gestacionales de muy alto riesgo, y nada de esto se valora lo suficiente. Por último, seguimos utilizando el término ovárico porque los ovarios se ven afectados de forma secundaria por esas hormonas, y el de síndrome porque es complejo y presenta muchas características.
—Catorce años de esfuerzo.
—Así es. Una enorme cantidad de tiempo y esfuerzo, en parte porque era difícil establecerlo. Si se tratara de una afección más localizada, como un problema cardíaco, todos los cardiólogos se reunirían y se encargarían de ello. Pero esta condición requiere la participación de obstetras y ginecólogos, especialistas en infertilidad, endocrinólogos, médicos de atención primaria, nutricionistas, psicólogos, cardiólogos... y la lista sigue. ¿Quién debía liderarlo?, ¿quién tenía la autoridad para hacerlo? Dirigir un proceso como este lleva mucho tiempo. Requiere mucha financiación y tiempo del personal, y el proceso a partir de aquí también es bastante intensivo. El ingrediente más importante fueron las voces de las personas con la enfermedad que codirigieron el proceso en cada etapa. De las 22.000 personas que participaron, 14.500 la sufrían. Nuestra intención era conseguir esa legitimidad real al codirigirlo con personas de todo el mundo (también España) que padeciesen la enfermedad, y asegurarnos de que seguíamos sus principios, lo que incluía la adecuación cultural y toda una serie de aspectos. Por ejemplo, uno de los nombres que se sugirió fue EMOS, pero tiene una relevancia subcultural particular en la cultura española y sudamericana y se asocia con el punk y el gótico, lo cual no era apropiado. Pero si esa decisión se hubiera tomado en el mundo anglosajón, quizá se hubiera pasado por alto por completo. Esta es una de las razones por las que no se incluye el término «reproductivo», que es médicamente correcto, pero hay muchas partes del mundo en las que etiquetar a las mujeres con un problema de salud reproductiva, cuando su fertilidad está vinculada a su valor social, puede tener efectos perjudiciales. De hecho, con tratamiento, las personas con este síndrome pueden tener el tamaño de familia que deseen. Así que etiquetarlas con una afección reproductiva cuando es perfectamente tratable resultaba perjudicial. Se tuvieron en cuenta todas esas cosas.
—¿Los cambios de nombres son siempre tan exigentes?
—No, para nada. En ninguna otra enfermedad ha sido tan grande. Sí que hubo un cambio en la enfermedad hepática, pero de nuevo, fueron los hepatólogos quienes lo lideraron y no han hecho nada parecido a lo que estamos haciendo nosotros; aunque sí que contaron con pacientes, fue un número menor. Ha habido otras patologías en las que no hubo ningún afectado en el cambio de término. Y, de hecho, no han cuajado muy bien. Pero nunca nada a esta escala. Lo que ha ocurrido ahora se debe a que este enfoque de cambio a gran escala funciona muy bien. Es más, se está utilizando en múltiples comisiones de The Lancet, donde tienen problemas para reunir a la gente. Nosotros lideramos la iniciativa para cambiar parte de la terrible terminología en salud femenina, como «embarazo geriátrico» si tienes más de 35 años, o «cérvix incompetente». Hay un montón de terminología no intencionada y terriblemente crítica en obstetricia que estamos tratando de transformar utilizando los mismos principios y estrategias, aunque no a una escala tan grande.
—Acaba de destacar que esta terminología tenía un impacto en el tratamiento de la enfermedad. ¿Qué opciones existen en la actualidad?
—No son tantos como deberían si se hubiera investigado desde el principio —hoy en día podemos lograr cosas milagrosas con la investigación—, el problema es que nunca se ha podido dedicar recursos a esta enfermedad. Por eso, de momento lo que usamos son medicamentos secundarios desarrollados para otras afecciones que funcionan, pero no tan bien como deberían. Por ejemplo, utilizamos la píldora anticonceptiva, porque modula el desequilibrio hormonal de la enfermedad. A mucha gente le preocupa tomarla porque piensan que es solo un parche, pero en realidad es un tratamiento para el desequilibrio hormonal. En cuanto a los niveles de insulina, se tratan con metformina, que se considera un fármaco para la diabetes, pero aquí resulta muy eficaz. También existen tratamientos hormonales para la infertilidad, que van muy bien. Contamos con medicamentos llamados antiandrógenos.Todos ellos son tratamientos endocrinos para esas alteraciones y son efectivos, pero necesitamos otros que sean más específicos.
—¿Qué papel tienen los hábitos de vida?
—Son el factor más importante, pero hay que tener en cuenta que las personas con esta afección suelen tener un mayor riesgo de ganar peso y presentan niveles más altos de resistencia a la insulina, por lo que a menudo los médicos se han limitado a decir que se trata de un fracaso personal. Piensan que no pueden controlar sus hábitos. Les dicen: «Come menos y haz más ejercicio». Y eso conlleva un estigma o una culpa. Sabemos que es una cuestión ambiental. Es decir, las tasas de obesidad de Estados Unidos no se deben a que las personas sean diferentes a las de España, es el entorno y la cultura en el que se encuentran. Sin embargo, juzgamos a las personas; si las intervenciones en el estilo de vida no cuentan con el respaldo de cambios en los sistemas, como un suministro de alimentos saludables, la reducción de los alimentos ultraprocesados y favorecer comida asequible y de alta calidad, es demasiado difícil para la gente llevar a cabo un cambio de estilo de vida que conduzca a una pérdida de peso significativa. De hecho, solo una de cada 1.500 personas con un sobrepeso marcado logrará perder peso a largo plazo exclusivamente con el estilo de vida. Así que estamos siendo increíblemente injustos. Nunca utilizaríamos un tratamiento que funcionara para una de cada 1.500 personas. Tenemos que replanteárnoslo. El gobierno tiene la responsabilidad de hacer mucho más al respecto. Las políticas deben mejorar; muchos más países deberían seguir el ejemplo de España en cuanto al tratamiento y al abastecimiento de alimentos, así como a las culturas que los rodean. Tenemos que ser mucho más activos y seguir el ejemplo de tantas de vuestras ciudades, como Barcelona. Sabemos que el estilo de vida es realmente importante, pero no podemos utilizarlo para hacer que la gente se sienta culpable. No podemos utilizarlo sin ofrecer ningún apoyo en materia de políticas o sistemas. Así que la perspectiva es ser lo más saludables que podáis. Tampoco podemos sugerir que el estilo de vida vaya a ser una cura milagrosa para las personas con mucho sobrepeso; es más, sabemos que la terapia médica o quirúrgica es la única forma de marcar una diferencia hoy en día.
—¿Sigue habiendo un infradiagnóstico de este síndrome?
—Sí, alrededor del 70 % de las personas no reciben un diagnóstico hasta que deciden intentar quedarse embarazadas. Y si eso ocurre, tienen menos probabilidades de formar la familia que desean. Se quedan embarazadas a una edad más avanzada, con más complicaciones, y a menudo resulta bastante devastador. Así que la respuesta es sí, están infradiagnosticadas principalmente porque se las encasilla en el lugar equivocado, en el ámbito de los ovarios, y por lo tanto se les diagnostica tarde, lo que tiene implicaciones directas bastante significativas. Si se les diagnostica a tiempo y se les administra el tratamiento adecuado, cuentan con estrategias de prevención y tienen menos probabilidades de sufrir las complicaciones de la enfermedad, lo que incluye tener el mismo número de hijos que cualquier otra mujer, no tener un embarazo tardío y no sufrir complicaciones durante el embarazo.