¿Por qué la diabetes daña el corazón?: «El riesgo cardiovascular se iguala al de una persona no diabética que haya tenido un infarto»
ENFERMEDADES
Los pacientes de esta condición metabólica tienen el mismo riesgo cardiovascular que una persona que ha tenido un infarto, pero no tiene alteración de la glucosa
22 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.A perro flaco, todos son pulgas. El refranero español, vasto en sus expresiones, tiene multitud de formas para resumir el problema que surge en materia de salud cuando una enfermedad se retroalimenta con otra. Un binomio con muchos nombres. Ocurre, por ejemplo, con la obesidad y la apnea del sueño, donde el exceso de peso agrava las dificultades respiratorias nocturnas y estas, a su vez, favorecen alteraciones metabólicas que complican aún más el control del peso. También sucede entre la depresión y el insomnio, dos trastornos que suelen alimentarse mutuamente en un círculo difícil de romper. O entre la enfermedad renal crónica y la hipertensión, cuando el deterioro del riñón eleva la presión arterial y esta termina dañando todavía más la función renal.
Una dinámica similar se produce entre la diabetes y la enfermedad cardiovascular: la primera multiplica el riesgo de sufrir problemas cardíacos y vasculares, mientras que estos, a su vez, complican el control metabólico y empeoran el pronóstico de las personas con diabetes. Para muestra de esta relación, un botón: la nueva generación de fármacos antidiabéticos no solo reducen la glucosa en los pacientes, sino que evitan infartos.
«La diabetes es uno de los principales factores de riesgo, reconocidos desde siempre, para la enfermedad cardiovascular. Se sitúa junto al tabaco, a la hipertensión y el colesterol», responde el doctor Antonio Pérez, miembro de la Sociedad Española de Diabetes (SED), y director de Unidad del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, de Barcelona. La afectación del corazón no es una complicación específica derivada del aumento de la glucemia —como la retinopatía diabética—, sino que es una de las variables más importantes a la hora de controlar, «ya que sabemos que la enfermedad del corazón se convierte en la principal causa de mortalidad de las personas con diabetes. Esta afectación es mucho más precoz y extensa en estos últimos», añade el especialista.
En concreto, para una persona que es diagnosticada de este trastorno metabólico a los 50 años, «su esperanza de vida se puede ver acortada en unos 10». En este sentido, es importante el punto en el que se detecta la diabetes. «Si nos encontramos con ella a los ochenta, es probable que el paciente ya no tenga tiempo a sufrir el efecto cardiovascular. Pero sí puede suceder, si no se controla, cuando son más jóvenes», contempla el doctor Pérez.
Una de las principales vías de afectación es similar al daño del colesterol. En personas que conviven con diabetes, ya sea por una producción insuficiente de insulina o por la resistencia del organismo a su acción, la glucosa termina acumulándose en la sangre, lo que en terreno médico se conoce como hiperglucemia. Este exceso de azúcar daña de forma progresiva arterias y venas y acelera el desarrollo de aterosclerosis, aumentando así el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares como angina de pecho, infarto agudo de miocardio o muerte cardíaca súbita. De hecho, según la Fundación Española del Corazón (FEC), «el riesgo cardiovascular de una persona diabética de padecer un evento cardiovascular se iguala al de una persona no diabética que haya tenido un infarto».
La alteración del azúcar también incrementa la probabilidad de padecer enfermedad cerebrovascular o alteraciones en las arterias periféricas. «Para entrar en el cerebro la glucosa no necesita insulina, ya que penetra directamente desde la sangre. Mantener unos niveles constantes de glucosa en la sangre (entre 60-110 miligramos por decilitro) evita que se produzcan daños a nivel del sistema nervioso», explica la entidad.
Sin embargo, existe un peligro mayor fruto de esta relación, y lo que es peor, desconocido. La diabetes se asocia a la insuficiencia cardíaca. Es más, se estima que cerca del 40 % de los pacientes con insuficiencia cardíaca son diabéticos. A su vez, la diabetes acelera la evolución de esta enfermedad cardiaca. «Hablamos de una complicación devastadora. La supervivencia de una persona a la que se diagnostica insuficiencia cardíaca es menor que la de muchos cánceres. Estaríamos hablando de en torno a 5 años», desvela el especialista del hospital catalán. Los mecanismos que explican esta afectación son múltiples: produce una arterioesclerosis acelerada, cardiopatía isquémica precoz y enfermedad de los pequeños vasos sanguíneos.
Por otra parte, la grasa relacionada con los ácidos grasos libres presentes en la diabetes se acumula en el corazón y provoca una auténtica enfermedad de depósito que los cardiólogos conocen como miocardiopatía diabética. Algo que explica que la relación entre diabetes e insuficiencia cardíaca es de ida y vuelta. «Los mecanismos son diferentes de lo que es la insuficiencia cardíaca clásica, la cual aparece en personas que han sufrido un infarto y, por lo tanto, ya hay una disfunción del músculo del corazón. En la miocardiopatía diabética, muchas veces, aun eliminando todos los factores de riesgo, siguen teniendo más insuficiencia cardíaca», apunta Pérez, que también pone sobre la mesa las principales hipótesis que existen para entenderlo: «Desde la infiltración grasa que puede haber del miocardio a otros factores neurohormonales relacionados con la diabetes».
Diagnosticar cuanto antes
En este contexto, un diagnóstico precoz y control de ambas condiciones resulta fundamental para evitar el progreso. Para ello, el paso fundamental es detectar el perfil de riesgo. Una clasificación que, según el doctor Pérez, es sencilla: «El 90 % de los pacientes que se controlan tanto en atención primaria como en los servicios de endocrinología tienen un riesgo alto o muy alto». Esto también facilita la identificación del 10 % que no cae en este saco. «Aquí tenemos a personas relativamente jóvenes que no tengan ningún otro factor de riesgo añadido, ni colesterol, ni triglicéridos, ni hipertensión, ni obesidad», plantea el especialista de la SED, a la vez que reconoce que no es lo habitual en consulta.
La realidad es que la diabetes tipo 2 suele convivir con otras patologías en el paciente. Es el caso, sobre todo, de la hipertensión, la dislipemia y la obesidad. Esta última es, en la mayoría de casos, el origen: «El inicio, muchas veces, está en la obesidad que es el primer factor y que, después de muchos años con ella, conduce tanto a la hipertensión como a la diabetes, como a la afectación del hígado y la dislipemia. Y esto, con los años, lleva a los problemas cardiológicos o vasculares en general», resume el experto. Así, endocrinólogos y médicos de familia saben que las personas con obesidad «tienen más alteraciones de los triglicéridos y del colesterol que protege; más hipertensión; y más del 50 % tiene obesidad». Factores que solo agravan la situación.
Con la teoría en la mano, queda actuar. Hacer un despistaje de todos aquellos candidatos a padecer una enfermedad del corazón. Existen dos vías. La primera, un cuestionario. Y, la segunda, más reciente, un TAC de las arterias coronarias para identificar la arteriosclerosis subclínica, «para ver si hay calcio o si hay placas de ateroma», precisa.
El reto es, ahora, la detección de los péptidos natriuréticos, unas sustancias que produce el corazón cuando detecta que está sometido a demasiada presión o esfuerzo, los cuales permiten identificar la insuficiencia cardíaca. «Sabemos que está claramente infradiagnosticada y esta herramienta es asequible, por lo que creo que se convertirá en una determinación que anualmente o bianualmente, se tendrá que hacer en pacientes con diabetes tipo 2 para detectar de forma precoz esta insuficiencia», concluye el director de unidad del centro de Barcelona.