Un día en hemodiálisis: «Esto no es un servicio médico, es una familia más»
ENFERMEDADES
La Voz acompaña a un paciente renal crónico en una jornada de terapia
18 may 2026 . Actualizado a las 12:55 h.Gumersindo González se despierta cada lunes, miércoles y viernes sobre las cinco de la mañana. Se levanta con calma. Se prepara, desayuna y se dirige al Hospital Arquitecto Marcide, en Ferrol. Habitualmente, camina una media hora para llegar antes de las ocho. Si algún familiar puede llevarlo, acude en coche. Esta es su rutina tres días a la semana desde hace años. Antes, hizo lo mismo los martes, jueves y sábados y, por épocas, pudo alternar con el horario de tarde. Lo mantendrá un tiempo indeterminado. Tiene un hito, aunque no una fecha: cuando reciba la llamada del Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña para escuchar algo así como: «Hay un riñón para ti». El nombre de este miembro de Alcer Coruña es uno de los que aparecen en la lista de candidatos a un trasplante que ponga fin, o al menos lo intente, al tratamiento de hemodiálisis al que debe someterse. «Mi vida consiste en presentarme aquí lunes, miércoles y viernes hasta que me llamen». La Voz lo acompaña en uno de los 156 días al año que lo repite.
El hospital lo recibe a media camino entre la noche y el día. Es un viernes de mayo. Dentro del edificio, cuesta, a eso de las siete de la mañana, cruzarse con alguien. Parte del personal de limpieza termina sus tareas, se escuchan los primeros sonidos de la cafetería y, justo en la entrada, dos hombres están charlando. Son algunos de sus compañeros de tratamiento. Gumersindo es, con 58 años, un enfermo renal crónico de larga duración. En el 2003 le diagnosticaron una nefroesclerosis: «Me hicieron una biopsia y vieron que se me estaban secando los riñones».
Su destino está en la primera planta, dejando atrás las áreas de cardiología y de neumología: la unidad de diálisis. El equipo de enfermería que la abre todavía no ha llegado, así que Gumersindo tiene que resignarse a esperar. No por mucho tiempo. Ellas entran y él —con la confianza que les da unas quince horas a la semana— va detrás. «Tú sabes que eres mi representante, hay que pedirle los derechos de imagen a estos», bromea él, en referencia a la grabación que está realizando La Voz. Se cambia para ponerse el pijama del hospital y se sube a la báscula. El control de peso se realiza tanto antes como después de la hemodiálisis para medir la retención de líquidos (ganancia interdialítica) y ajustar la máquina para retirar el exceso de agua y toxinas acumuladas.
Cada paciente tiene asignado un asiento y una máquina. Gumersindo se adelanta a la llamada. Conoce el proceso como su mano. «Empecé diálisis peritoneal en junio del 2007. Era ambulatoria y automatizada», recuerda, mientras el dispositivo se prepara, durante cuarenta minutos, para comenzar el proceso. En septiembre del 2008 le hicieron un trasplante renal, pero, debido a una infección, perdió el órgano. Así que, un año y dos meses después, tuvo que retomar el tratamiento. En este caso, hemodiálisis. Después, en el 2016, aprendió a manejar una máquina portátil para realizarla en casa y, otra vez, desde el 2020, en el hospital.
«La hemodiálisis utiliza una membrana biocompatible que separa la sangre del líquido de diálisis. A través de ella se eliminan sustancias de desecho y compuestos acumulados en exceso, como la urea, el potasio o el fósforo», resume el nefrólogo y responsable de la unidad, Cristóbal Donapetry. A la sala entran cinco hombres y dos mujeres. En general, el tratamiento dura unas cuatro horas. «La maquinita me quita 350 mililitros de sangre por minuto y me los devuelve limpitos. Se suele salir un poco cansado», explica él. Ahora, cuenta, apenas nota los efectos secundarios. En los días puente, intenta cuidarse. «Ayer caminé 18 kilómetros. El corazón tiene que estar fuerte».
Más o menos a las ocho, comienzan a funcionar las máquinas. Toca esperar. Se apagan las luces y Gumersindo se echa una siesta, él y muchos otros. Mientras tanto, una de las enfermeras, que prefiere no ser entrevistada, reconoce que la relación que se forma en esta unidad, entre ellas y los pacientes, «es muy especial». Él no la escucha cuando lo dice, pero más tarde, dice algo parecido: «A todos nos toca una familia, pero cuando te pasa lo que me pasa a mí, que estoy aquí cada lunes, miércoles y viernes, puedes decir que esto no es un servicio médico, es otra familia más».
Existen varias enfermedades que conducen a esta situación. Muchos tienen diabetes e hipertensión, «más de la mitad representan este grupo», contempla el responsable. También se encuentran las enfermedades vasculares y las enfermedades renales primarias, como la glomerulonefritis o las hereditarias, como la poliquistosis renal. En la mayoría de los casos, destaca el doctor, «es silente y, por lo tanto, no se conoce tanto». Cuando se suele detectar, ya es demasiado tarde y los riñones han perdido parte de función. «Por eso, es tan importante la prevención tanto con estilos de vida, como con análisis regulares en los que se controle la creatinina y la urea», indica el especialista.
Si bien la hemodiálisis es incómoda, ofrece cierta calidad de vida a los pacientes. La única exigencia es el control de los líquidos y la dieta. De esta última, el potasio y el fósforo. Entre miércoles y viernes, Gumersindo solo puede beber una botella pequeña de agua. «Les damos consejos: que se mojen los labios o que beban chupitos de agua», explica Mónica Cunha, supervisora, que añade: «Los hay más y menos cumplidores». La enfermera conoce la situación de todos, especialmente, la de Gumersindo. Ella se encargó de darle la formación para hacerse, en su momento, la diálisis en casa.
Son las doce y media del mediodía y las máquinas terminan su primer turno. Pronto, comenzarán el segundo. Los pacientes recorren el proceso a la inversa: se miden la tensión, se pesan y se ponen, de nuevo, la ropa de calle. También les dan un bocadillo para reponer fuerzas. «Este es mi momento», dice Gumersindo, sentándose en la sala de espera mientras lo abre. Aprovecha la ocasión para hablar con uno de sus compañeros. Le cuenta cuando, en un bar, tuvo que discutir por qué los riñones eran los órganos más importantes.