Álvaro Sánchez, neurólogo: «Se estima que tardamos una media de dos años en diagnosticar el párkinson»
ENFERMEDADES
El experto explica que esta enfermedad va más allá del temblor, síntoma que está presente en el 60 % de los pacientes aproximadamente
11 abr 2026 . Actualizado a las 12:03 h.El párkinson ya afecta a más de 200.000 personas en nuestro país, con una incidencia anual cercana a los 10.000 nuevos diagnósticos, según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN). Además, ya ocupamos uno de los primeros puestos en número absoluto de casos: somos el noveno país con más casos de enfermedad de Parkinson en el mundo, a pesar de que solo somos el trigésimo primero en el ránking de los más poblados. Según las previsiones epidemiológicas, en el 2050 seremos el territorio con mayor prevalencia por habitante, con cifras cercanas a los 850 casos por cada 100.000 personas. Un aumento de casos que ya se está experimentado porque desde el 2012 el número de pacientes ya se ha duplicado. Álvaro Sánchez Ferro, coordinador del grupo de estudio de trastornos del movimiento de la Sociedad Española de Neurología (SEN), aborda las razones que explican estas cifras, desmiente falsas creencias que suelen darse alrededor de esta enfermedad y expone los retos a los que se enfrenta nuestro sistema sanitario a la hora de tratarla.
—El número de pacientes con párkinson se ha duplicado en España en los últimos catorce años. ¿Qué factores explican estas cifras?
—El principal factor que quizás tengamos que mencionar es el cambio demográfico. El párkinson no es solo un enfermedad de personas mayores, también afecta a gente más joven, por debajo de los 50, 40 o 30 años. Pero es verdad que es más frecuente en personas a partir de los 60 a los 65 años. En España, cada vez vivimos más tiempo, provocando que haya más personas que puedan estar expuestas a desarrollar este tipo de enfermedades. Este es el principal factor. Luego se están estudiando otros de tipo ambiental, así como también la exposición a tóxicos. Pero como digo, lo principal con lo que se ha relacionado es el cambio demográfico.
—Menciona como factor la exposición a tóxicos. ¿Qué se sabe sobre ellos?
—No está del todo claro. Hay una clara asociación entre determinadas sustancias que pueden ser tóxicas o que favorecen un poco los procesos que llevan a esta enfermedad. Se ha relacionado con pesticidas, pero hay que tranquilizar a la población porque estos están muy controlados en la Unión Europea. Pero sí que se ha visto que en determinadas zonas, con este uso de pesticidas, había más proporción de casos con párkinson. También se ha relacionado con metales pesados, por ejemplo, el mercurio: existen ejemplos de poblaciones donde ha habido vertidos accidentales. Se ha relacionado también en menor medida con la exposición a contaminación ambiental. En definitiva, hay una serie de factores que también que se están evaluando, pero probablemente no sean la causa única, sino que se trata de una mezcla de elementos.
—Me decía que el párkinson no es una enfermedad exclusiva de personas mayores, pero el diagnóstico en gente joven, no sé si está de acuerdo conmigo, pero sorprende.
—Sorprende mucho y es por este falso mito de que todo el mundo asociamos párkinson al temblor, que no es así, junto a la edad avanzada. Del 15 al 20 % de las personas afectadas se diagnostican por debajo de los 50 años. Cuesta mucho que asimilen esto, porque piensan que es una enfermedad de mayores. Incluso es estigmatizante también. Obviamente todos en algún momento seremos mayores, pero sí que, en ese sentido, es una barrera grande que tenemos a nivel de divulgación. Por algún motivo, todavía no hemos conseguido transmitir bien que no es una enfermedad exclusiva de personas mayores.
—¿Cuáles son los principales síntomas de la enfermedad?
—El párkinson no es solo temblor. De hecho, el temblor está presente normalmente en un 60 %, a veces menos, de los pacientes. El síntoma que está presente en todas las personas es la bradicinesia, la lentitud de movimiento. Es decir, que si voy a utilizar una mano para hacer una tarea rutinaria, como puede ser abrocharse un botón o lavarse los dientes, esa mano está como lenta, torpe. No me obedece bien, va despacio y no la puedo mover bien. Tengo un problema ahí de velocidad de movimiento, que hace que no pueda ejecutar bien esa tarea.
Es muy importante transmitir que la enfermedad de párkinson tiene un amplio abanico de síntomas. Hay un patrón común, dentro del que están estos síntomas que llamamos motores, como lentitud de movimiento y rigidez, que casi todo el mundo tiene. Luego están los no motores, que pueden ser problemas de estado de ánimo, ansiedad, sudoración, bajadas de tensión, entre otros. Además, algo muy característico es que estos síntomas van cambiando, no es una enfermedad estática. Como se trata de un proceso neurodegenerativo que va progresando, van apareciendo otros o pueden empeorar los que uno tiene. Existe mucha diversidad.
—¿Los primeros síntomas de párkinson pueden no relacionarse con la enfermedad?
—Sí, sin duda alguna. De hecho, esa es una de las barreras por las que en España se estima que tardamos una media de dos años en diagnosticar una persona con párkinson. Uno de los factores es que, en el contexto de medicina general, donde a lo mejor no se sospecha esto, si esa persona tiene dolor en un brazo porque está rígido, no se reconoce tanto que está lento, porque todavía le funciona bien, y se puede pensar que es un problema traumatológico, por ejemplo. O un paciente que está con un problema de estado de ánimo, se mueve más lento, y se piensa que es una depresión y lo derivan a psiquiatría. Incluso el propio paciente tampoco piensa en la enfermedad de Parkinson. Ni él, ni nosotros los médicos en el entorno de medicina general.
—¿Cómo de «sencillo» es, a día de hoy, conseguir un diagnóstico preciso y temprano?
—Esta respuesta va a ser ambigua, pero depende de lo que definamos como precoz. Hoy en día, cuando detectamos el párkinson, se estima que ya más o menos se ha perdido entre un 50 a un 60 %, incluso más, de las neuronas dopaminérgicas, que son las que controlan el movimiento. Con lo cual, es un proceso que lleva un tiempo ahí. De hecho, hay estimaciones de que ese proceso puede llevar cerca de diez a veinte años; en algunas personas, menos.
Con lo cual, hoy por hoy no hacemos un diagnóstico precoz, sino cuando la enfermedad ya está instaurada y tenemos esta pérdida neuronal. El diagnóstico en manos de un especialista es bastante fiable. Estamos hablando, probablemente, por encima del 90 % de fiabilidad o más. Pero sí que es verdad que todavía no somos capaces de identificar esta fase que antecede a la patología ya claramente manifiesta, que llamamos enfermedad de Parkinson prodrómica, y que como digo dura años. Eso todavía no lo podemos detectar bien.
—¿Se está trabajando en conseguirlo?
—Sí, se está trabajando en desarrollar el método, porque ahora mismo se están investigando fármacos que puedan ralentizar la enfermedad. Incluso, para que podamos recomendar ejercicio físico, esa identificación precoz es clave.
—¿Es posible prevenir la enfermedad? Es la pregunta del millón.
—En cierta manera, sí. Se ha visto en varios estudios científicos que ciertos factores se asocian a la prevención del desarrollo de párkinson. Sobre todo, la actividad física. Hay unas recomendaciones de la OMS, de que si hacemos ejercicio más de 150 minutos a la semana, intensidad moderada, que eso sería no solo salir a pasear, que está muy bien, sino poner el corazón a trabajar un poquito más rápido, se asocia a que en el futuro tengamos menos riesgo de desarrollar párkinson. También se ha visto a veces cierto papel protector de algunas bebidas con cafeína, como el café. Aunque hay que tener cuidado de no pasarse porque tiene otras consecuencias en el sueño.
—¿Qué hay de la dieta?
—La dieta mediterránea también tiene un efecto protector; o la DASH. Todas estas modificaciones de estilo de vida sí que están asociadas de manera recurrente en diferentes estudios con menos riesgo de desarrollar párkinson en el futuro.
—¿El sueño también es protector?
—Sí, el sueño también. Ejercicio físico, sueño y dieta son los pilares fundamentales. Y recomiendo a la gente que los implemente cuanto antes, porque les va a bajar el riesgo.
—¿Qué tratamientos existen a día de hoy?
—Cuando una persona recibe el diagnóstico solemos utilizar fármacos para tratar estos síntomas motores, pero no son fármacos con efecto curativo. En concreto utilizamos la levodopa, un fármaco muy antiguo que se desarrolló en la década de 1950, pero que es muy eficaz. La levodopa se transforma en el cerebro en dopamina. A pesar de tener años, es un fármaco espectacular. Luego utilizamos otros derivados de la dopamina, lo que llamamos agonistas dopaminérgicos en fases iniciales.
Además, si se dan síntomas no motores, como si una persona tiene depresión, utilizamos antidepresivos. Ajustamos mucho la terapia, la personalizamos mucho a cada caso individual para tratar las manifestaciones que tenga. Y a medida que la enfermedad evoluciona tenemos que utilizar fármacos que potencian el efecto o que lo estabilizan, incluso tratamientos en infusión continua, que se ponen bien por la piel, pinchados o en la tripa, incluso con cirugía. Hablamos de terapias farmacológicas, pero todo lo que hablamos que previene la enfermedad, también ayuda a que progrese de forma más lenta.
—¿Qué perspectivas de futuro hay en este sentido?
—Empieza a haber desarrollos de fármacos que lo que buscan es normalizar la enfermedad, que es donde estamos comprometidos todos los que nos dedicamos a esto: conseguir un fármaco que ralentice el párkinson. Creo que es un objetivo que estamos empezando a tener a tiro. Existen ensayos bastante prometedores con diferentes fármacos.
—¿Proporcionaría algún ejemplo?
—Hay un prasinezumab, un anticuerpo monoclonal que, teniendo en cuenta que en el párkinson se depositan proteínas anormales en el cerebro, este fármaco se pega esas proteínas y las extrae. Se administra vía intravenosa y los resultados preliminares sí que muestran que tiene un cierto efecto a la hora de ralentizar la enfermedad. Está en un fase 3, en el cual estamos participando en muchos centros de España y también a nivel mundial, y yo creo que este sí que tiene bastante probabilidad de que en los próximos cuatro o cinco años pueda estar cerca de trasladarse al sistema de salud. Todo esto, teniendo en cuenta que se encuentra en investigación, no está garantizado. Luego hay otros que se están investigando, como los anti-GLP1 (utilizados en pacientes con diabetes y obesidad) que también han tenido algo de efecto, aunque también se ha publicado algún ensayo contradictorio. Creo que estamos ante un cambio de paradigma.
—¿Cuáles siguen siendo los retos a nivel asistencial a la hora de hablar de enfermedad de Parkinson?
—Me va a permitir que primero lo enlace con una campaña que está haciendo la Federación Española de Parkinson, «No soy Parkinson», en el que uno de los grandes retos es naturalizar la enfermedad, quitar ese estigma. Las personas con párkinson a veces no pueden compartir lo que les pasa con el entorno, por el miedo al rechazo, porque las personas tenemos mucho miedo a estas enfermedades. Otro reto, y muy importante, es que desarrollemos una terapia que cure y ralentice. Esa es nuestra labor y ahí estamos trabajando nosotros junto con las personas afectadas y diferentes actores de la industria para intentar conseguirlo. Al igual que en la identificación precoz. Estamos trabajando mucho con métodos de inteligencia artificial, sensores. En España somos muy punteros. Y el último reto, quizás en España tenemos bastante inequidad en cuanto a acceso a tratamiento. Existen diferencias entre comunidades y ciudades. Al igual que no está muy estandarizado el acceso a todo el tratamiento no farmacológico, como la rehabilitación o la logopedia. Como país necesitamos que el actor político nos ayude a que todo eso se armonice y que los pacientes puedan recibir un tratamiento de calidad estén donde estén.