La cardiotoxicidad de algunas terapias contra el cáncer: «Hemos desarrollado modelos que permiten estimar la probabilidad de experimentarla»

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

Una investigadora en el laboratorio.
Una investigadora en el laboratorio.

Se están estudiando qué factores influyen en su aparición; «el objetivo es adaptar los tratamientos a las necesidades de cada paciente»

21 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Algunos tratamientos oncológicos provocan cardiotoxicidad. «Es un posible efecto secundario de ciertos tratamientos antitumorales que tienen una eficacia muy bien demostrada, pero que en determinados casos pueden producir una disfunción de la contractividad del corazón», avanza Alberto Bouzas, médico adjunto del Servicio de Cardiología del Chuac e investigador del Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña (Inibic). «Y por ese motivo, los pacientes que están sometidos a estos tratamientos antitumorales son candidatos a controles periódicos mediante estudios ecocardiográficos para monitorizar la aparición de esta complicación», añade. El proyecto MCSICAR, coordinado desde el Citic (Centro de Investigación en TIC de la Universidade da Coruña), tiene ese objetivo: predecir qué pacientes pueden acabar desarrollándola. «Mejorar la calidad de vida de los pacientes oncológicos, específicamente de aquellos diagnosticados con cáncer de mama del subtipo HER2 positivo», comenta Ana López Cheda, investigadora principal. «Tratamos de predecir con antelación la aparición de cardiotoxicidad, aplicando técnicas estadísticas en el ámbito de análisis de supervivencia», añade.

El trastuzumab y la cardiotoxicidad

El trastuzumab es un fármaco que cambió el pronóstico del cáncer de mama de subtipo HER2 positivo, el cual solía ser mucho peor que otros subtipos de cáncer. La aparición de terapias dirigidas anti-HER2 supuso un punto de inflexión. Son fármacos que interactúan con la proteína HER2 y si antes de la introducción de estos tratamientos, a principios de la década de 1990 la supervivencia a cinco años era del 60 al 70 %, con una alta tasa de recurrencia, el uso de trastuzumab en combinación quimioterapia ha demostrado reducir el riesgo de recaída en un 50 %, aumentando las tasas de supervivencia global a más del 90 % a los cinco años. 

Así, «hemos desarrollado modelos que nos permiten estimar, por una parte, la probabilidad que tiene cada paciente de experimentar este problema cardíaco y, por otra parte, el período de mayor riesgo de sufrirlo», comenta López sobre el proyecto. Confirma que dichos modelos ayudan a entender qué factores influyen en la cardiotoxicidad y, en ese caso, cómo lo hacen. 

Uno de los principales avances es el uso de imágenes clínicas, en particular el Tissue Doppler Imaging (TDI), que permite observar la velocidad a la que el músculo cardíaco se relaja y contrae. Una técnica clave para evaluar la función cardíaca en detalle y detectar signos tempranos de daño. Sin embargo, las imágenes obtenidas pueden contener ruido o información irrelevante, por lo que es necesario aplicar un preprocesado para limpiarlas y optimizar la precisión de los diagnósticos.

«Tras un proceso previo de estas imágenes, lo que hemos visto es que existen diferencias significativas en la morfología de estas curvas entre las pacientes que acaban desarrollando cardiotoxicidad y aquellas que no la desarrollan. Aunque se requiere más investigación, estos hallazgos podrían contribuir a ratificar de forma más precoz el riesgo de estas pacientes y estrategias de monitorización más personalizadas», asegura Bouzas. El proyecto MCSICAR lleva en marcha alrededor de cuatro años y «tenemos publicado un trabajo basado en 270 pacientes; de las cuales, 27, el 10 % de ellas, desarrolló cardiotoxicidad», amplía. 

Antraciclinas y cardiotoxicidad

Las antraciclinas, un grupo de medicamentos quimioterapéuticos, también pueden provocar cardiotoxicidad. Son fármacos de primera línea desde hace años por su extraordinaria eficacia frente numerosos tumores sólidos y hematológicos, pero este tipo de daño cardíaco que aparece en un pequeño porcentaje de pacientes puede progresar en insuficiencia cardíaca crónica, afectando al 5 % de los supervivientes de cáncer que reciben estas terapias. 

«Ya sabíamos que los pacientes que tienen hipertensión arterial poseen más riesgo de desarrollar toxicidad por antraciclinas. Lo único que no sabíamos muy bien era cuál era el mecanismo por el que esto sucede», relata Borja Ibáñez, director científico del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), cardiólogo de la Fundación Jiménez Díaz, jefe de grupo en el CIBERC (Centro de Investigación Biomédica en Red Enfermedades Cardiovasculares) e investigador principal del estudio. Y remarca: «Siempre se evalúa el riesgo-beneficio de las antraciclinas y aunque sabemos que el 5 % de los pacientes desarrollarán insuficiencia cardíaca, incluso en estos pacientes favorece utilizarlas. Solo queremos identificarlos mejor y poderles dar tratamiento adyuvante». 

Así, el equipo del CNIC ha identificado por primera vez el mecanismo biológico que explica esta susceptibilidad: la hipertensión arterial genera una vulnerabilidad metabólica oculta en el corazón que se desestabiliza cuando se administran antraciclinas. «Lo que hemos visto es que el mecanismo por el que la hipertensión provoca que haya un aumento de la demanda de energía por parte de las fibras del corazón y este puede compensarlo produciendo más energía. Pero las antraciclinas, como reducen la producción de energía por parte de estas mitocondrias, es lo que desencadena esta insuficiencia cardíaca», explica Ibáñez. 

El estudio, publicado en European Heart Journal, se llevó a cabo en un modelo experimental lo más similar al humano. «El que utilizamos es el cerdo, que es el que más se parece en anatomía y fisiología a nuestro sistema cardiovascular», añade Ibáñez. El equipo indujo una sobrecarga de presión crónica en el corazón —equivalente a la hipertensión arterial— durante meses, antes de administrar un régimen de antaciclinas que fuese comparable al utilizado en oncología clínica. 

Los resultados fueron concluyentes: los sujetos con sobrecarga de presión previa desarrollaron insuficiencia cardíaca con mucha mayor frecuencia que aquellos expuestos solo a antraciclinas. «Hemos podido observar que que ni la hipertensión ni las antraciclinas son suficientes por sí solas para generar un daño cardíaco severo; pero cuando coinciden, desencadenan una tormenta perfecta. Lo verdaderamente novedoso es que identificamos una vulnerabilidad metabólica previa, silenciosa, que se hace evidente solo cuando el corazón sufre el estrés añadido de las antraciclinas», señala Carlos Galán- Arriola, primer autor del estudio e investigador en el Laboratorio Traslacional para la Imagen y Terapia Cardiovascular.  Es decir, identificar la vulnerabilidad antes del daño clínico. 

Cómo se actúa si se identifica cardiotoxicidad

Cayetana Barbeito, médica adjunto del Servicio de Cardiología del Chuac e investigadora del Inibic junto con Bouzas, explica que en el caso de confirmarse la cardiotoxicidad, se establece «cuál es el grado y en función de este, se administra un fármaco para que el corazón recupere la fuerza. Eso va acompañado de una suspensión del tratamiento, que bien puede ser temporal o, en casos graves, incluso permanente». 

El objetivo es mejorar la calidad de vida de los pacientes, pero los retos, siguen existiendo. «Detectar quiénes van a tener más riesgo de presentar esas toxicidades cardiovasculares, porque es verdad que, aunque se saben ya factores de riesgo y en este trabajo, como comentaba Alberto, se vio que ese parámetro de la imagen también podía ser un factor predictor, aún no existe la precisión con la que podemos detectar qué pacientes tienen más riesgo que otros, todavía no es la ideal», expresa Barbeito. Seguir a los pacientes con más riesgo de manera más estrecha es uno de los objetivos principales. «Y eso también es una manera de optimizar recursos», concluye.

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.