Del yoyó a la desescalada, los nuevos retos de la obesidad: «Estamos estudiando cómo mantener en el tiempo el beneficio que hemos logrado»
ENFERMEDADES
Tres expertos abordan los desafíos que quedan por resolver en esta enfermedad crónica tras la llegada de los agonistas del receptor GLP-1 a España
04 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.«Estoy muy emocionado por el momento histórico que estamos viviendo, este cambio de era», dice Cristóbal Morales, vocal de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo) y uno de los principales investigadores de los agonistas del receptor GLP-1 en nuestro país, unos fármacos que han cambiado el paradigma del tratamiento de la obesidad. Pero detrás de cada avance se presentan nuevos retos. ¿Sería una medicación para toda la vida o es posible una desescalada? ¿Son, como muchos los catalogan, una solución «mágica»? Unos desafíos que se suman a los que ya existían: más de la mitad de la población adulta en España presenta exceso de peso, con una mayor prevalencia en los grupos sociales con menor renta y menor nivel educativo. La obesidad se duplica en los entornos más vulnerables. Por lo tanto, esta enfermedad crónica no solo tiene consecuencias clínicas, también un importante impacto económico y social.
«La obesidad es uno de los principales problemas de salud actuales a nivel mundial porque afecta a millones de personas y aumenta el riesgo de enfermedades graves como diabetes, problemas cardiovasculares o ciertos cánceres. Además, no depende solo de decisiones individuales: influyen el entorno, la alimentación disponible, el nivel socioeconómico y factores biológicos», asegura Ana Zugasti, miembro del área de obesidad de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN).
A día de hoy, en nuestro país, un 19 % de la población adulta padece obesidad y un 37 % tiene sobrepeso. En la población infantil el panorama no es mejor: hasta un 40,6 % de los niños y niñas presentan exceso de peso, situando a España a la cabeza de Europa, según la Seedo. Además, es la causa de más de 200 enfermedades, incluyendo diabetes tipo 2, cardiovasculares, hígado graso, apnea obstructiva del sueño, artrosis y varios tipos de cáncer, entre otras. «Es una enfermedad crónica tan compleja que no podemos hacer un abordaje de solo unos meses», avanza Morales.
Los fármacos no son la solución final, sino la base
Los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (AR-GLP-1) son medicamentos que imitan la acción de la hormona natural GLP-1, producida en el intestino, para regular los niveles de azúcar en sangre, reducir el apetito y promover la pérdida de peso. Es decir, actúan activando receptores GLP-1 en diversos órganos, mejorando la respuesta metabólica tras la ingesta de alimentos.
Con todo, no son para todo el mundo. «El que viene a consulta por la "operación bikini" no es candidato a este tipo de fármaco. Tampoco el que viene por una pérdida de peso modesta, que no es un paciente con obesidad», aclara el endocrinólogo. «La indicación en España de este tipo de tratamientos en con índice de masa corporal por encima de 27 (el cual indica que existe una acumulación de tejido adiposo que supera el rango saludable, que sería de 18.5 a 24.9), con enfermedad asociada a la obesidad», añade.
Muchos de estos pacientes, según Morales, llevan toda su vida a dieta: «Es como quien nada contracorriente, porque en el momento que se descuidan un poco, tienen tendencia a ganar peso». No es, por lo tanto, un problema de «poca disciplina» ni de «falta de voluntad». Zugasti indica que simplificarla a este tipo de expresiones «genera culpa y estigmatiza a los pacientes, lo que dificulta que pidan ayuda y reciban el tratamiento adecuado. Es una enfermedad en la que intervienen factores genéticos, hormonales, psicológicos y sociales».
«Con los fármacos agonistas de GLP-1 conseguimos que ese ruido cerebral cese, se le ayuda con esa resistencia biológica y se consigue la pérdida de peso que oscila entre el 15 y el 25 %», sostiene Morales. Sharona Azriel, portavoz de la Sociedad Española de Obesidad (Seedo), considera que son «un empujón» en el abordaje de la obesidad, «pero no deben verse como una solución rápida a corto plazo, sino como parte de un enfoque integral y de larga duración».
En este sentido, un metaanálisis publicado por la revista británica The BMJ a principios de este año confirmaba lo que muchos expertos ya venían anunciando: abandonar de golpe los fármacos contra la obesidad produce un efecto rebote, tanto de recuperación de peso, como de reversión de los efectos beneficiosos sobre marcadores de salud cardiovascular y metabólica, como el colesterol elevado y la presión arterial alta, que ya se ha demostrado que también producen estos agonistas del receptor GLP-1. Por lo tanto, la prescripción de este tipo de tratamientos siempre debe ir acompañada de una serie de modificaciones en el estilo de vida.
De la fase de pérdida de peso a la de mantenimiento
La fase de mantenimiento en el tratamiento de la obesidad es una etapa crítica y a largo plazo diseñada para evitar la recuperación del peso perdido tras la fase de adelgazamiento. En este sentido, Azriel confiesa que «estamos aprendiendo a cómo desescalar los tratamientos antiobesidad. Cuando uno alcanza un objetivo de peso y metabólico en cuanto a beneficio de factores de riesgo cardiovasculares, tenemos que utilizar pautas de desescalada como la mínima dosis eficaz o que la posología cambie, que no sea semanal sino quincenal; son posibilidades que estamos valorando».
Por su parte, Morales, que participa en la investigación de este tipo de fármacos en nuestro país, comenta que se están haciendo ensayos clínicos para esta segunda fase de mantenimiento. «En algunos se están utilizando fármacos en formato oral, como la semaglutida; en otros, estrategias para una dosis pequeña o que se alterna. Todo esto se está estudiando, para saber cuál sería la mejor forma de mantener en el tiempo este beneficio que hemos logrado —la pérdida de peso conseguida en la fase de adelgazamiento—. Sabiendo que ni en la hipertensión ni en la diabetes se deja el tratamiento, en la obesidad tampoco: los hábitos de vida y el acompañamiento farmacológico, que ya veremos cuál puede ser, será de manera personalizada a cada paciente».
Él prefiere denominarlo fase de mantenimiento, «teniendo en cuenta que es de por vida», y no desescalada. «Es muy importante el seguimiento, porque las condiciones biológicas van cambiando y el acompañamiento médico general tiene que ser muy personalizado y dinámico», subraya.
La prevención y la desigualdad
«No debemos olvidarnos que los esfuerzos mayoritarios deberían estar enfocados en la prevención; el éxito está ahí, porque la obesidad empieza en el vientre materno», remarca el endocrinólogo. No solo a nivel familiar, sino con políticas públicas, ya que se ha visto que el primer ámbito resulta insuficiente. Un equipo internacional analizó datos de 17 estudios en 10 países con más de 9.000 participantes y concluyó que los programas de prevención de la obesidad infantil centrados en madres y padres son insuficientes. Según los autores del estudio, publicado hace unos meses en la revista The Lancet, se precisan acciones más amplias y coordinadas, a nivel de salud pública.
Además, se ha demostrado que en poblaciones desfavorecidas se sufre una doble desigualdad: tienen más probabilidades de desarrollar la enfermedad y, además, deben hacer frente a una mayor dificultad para acceder a la atención sanitaria adecuada. «Hay que actuar en varios niveles: facilitar el acceso a atención sanitaria y tratamiento, mejorar la educación en salud, y crear entornos que favorezcan opciones saludables —alimentación asequible, espacios para actividad física—. Si además los tratamientos farmacológicos eficaces no están financiados, esa desigualdad se agrava, porque solo una parte de la población puede acceder a ellos», explica la endocrinóloga de la SEEN. Zugasti, sentencia: «Sin disminuir las desigualdades sociales, es muy difícil reducir la obesidad».