Del «metabolismo ahorrador» al «teléfono estropeado», la ciencia estudia los diferentes subtipos de obesidad

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

La obesidad ya se empieza a estudiar como una enfermedad con diferentes subtipos.
La obesidad ya se empieza a estudiar como una enfermedad con diferentes subtipos. La Voz de la Salud | iStock

La evidencia indica que no todos los pacientes responden a tratamientos como Ozempic, lo que sugiere que puede haber distintos mecanismos subyacentes a nivel epigenómico que llevan a desarrollar esta patología

24 feb 2026 . Actualizado a las 16:39 h.

La obesidad es una condición que cada vez se conoce mejor. En el pasado, los expertos la vincularon al exceso calórico en la alimentación, así como a estilos de vida sedentarios con un gasto energético mínimo. Sin embargo, cada vez se comprenden en mayor profundidad los mecanismos metabólicos que provocan que algunas personas desarrollen obesidad, mientras que otras, con el mismo estilo de vida, se mantengan en lo que los expertos denominan normopeso. La visión reduccionista que imperó durante décadas está empezando a cambiar. Se avanza hacia un nuevo paradigma, uno que reconoce que no existe una sola obesidad, sino que hay diferentes subtipos; que, en realidad, cada paciente es único.

Dentro de este campo, algunas investigaciones punteras están empezando a caracterizar fenotipos diferenciados dentro del paraguas de la obesidad, lo que permitirá en el futuro abordar cada caso con tratamientos específicos y una mayor precisión. La doctora Ana Belén Crujeiras, directora del Grupo de Epigenómica en Endocrinología y Nutrición del Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago de Compostela (IDIS), es una de las expertas al frente de equipos que están dando pasos en esta dirección. «Hablamos de que hay diferentes obesidades, en cuanto a los biomarcadores que estamos viendo en la investigación a nivel hormonal, molecular y de composición corporal», detalla la experta. Si bien todavía no existe una definición establecida de los diferentes tipos de obesidad, para Crujeiras, este es el futuro de la patología metabólica.

Del índice de masa corporal a la biología molecular

Durante décadas, el principal parámetro para diagnosticar obesidad ha sido el índice de masa corporal (IMC), una medida que se calcula dividiendo el peso de una persona en kilogramos entre la altura en metros, elevada al cuadrado. Sin embargo, como subraya Crujeiras, «ese valor no nos da toda la información» sobre la composición corporal de un individuo. El IMC no distingue entre masa grasa y masa muscular. Tampoco aporta datos sobre la distribución del tejido adiposo. Por esta razón, se ha ido actualizando el proceso de medición que se utiliza para analizar a los pacientes. Hoy se incorporan técnicas como la bioimpedancia, la ecografía muscular o la medición de la circunferencia de la cintura para estimar la grasa visceral, que es la más vinculada al riesgo cardiometabólico.

Con todo, el verdadero reto para llegar al cambio de paradigma está en encontrar biomarcadores moleculares relacionados con la obesidad. Estos podrían contribuir a explicar por qué algunos pacientes responden bien a un tratamiento y otros no, o por qué determinados individuos recuperan el peso perdido con mayor facilidad.

Uno de los avances más recientes en este sentido ha sido la descripción de lo que expertos como Crujeiras han bautizado el «metabolismo ahorrador». Se ha hallado evidencia de que existe una memoria epigenética, es decir, un conjunto de marcas químicas que regulan la actividad de los genes y que pueden favorecer una tendencia biológica a acumular y recuperar peso. Estas marcas «funcionan como unos interruptores en los genes que hacen que unos se enciendan y otros se apaguen», configurando el metabolismo ahorrador, señala Crujeiras. Identificar a las personas con este perfil permitiría anticipar la recuperación del peso y planificar un seguimiento más adecuado a cada circunstancia. A diferencia de patologías como el cáncer, en la que la búsqueda de biomarcadores para producir terapias dirigidas a dianas específicas lleva más de una década de desarrollo, en obesidad, la determinación de estas características está todavía poco madura.

Descifrando el vínculo intestino-cerebro

En años recientes, las investigaciones en fisiología metabólica han puesto el foco en la comunicación entre el aparato digestivo y el sistema nervioso central. La doctora Luisa María Seoane, cocoordinadora del área de Endocrinología del IDIS y miembro del grupo Ciberobn del Hospital Clínico Universitario de Santiago (CHUS), describe esta conexión como «un teléfono, un cableado que lleva información de los órganos al cerebro y que según el estado del organismo le indica que debe comer más o menos».

En los pacientes con obesidad, esta línea de comunicación es un mecanismo que puede estar alterado. Este «teléfono estropeado», lleva a que, por ejemplo, no se liberen las hormonas necesarias para transmitir al cerebro la sensación de saciedad. Las señales hormonales y nerviosas que regulan el apetito no funcionan de la misma manera en todos los pacientes. «No en todos los tipos de obesidad están las mismas señales alteradas», aclara Seoane.

Esta diversidad biológica se refleja en la práctica clínica. La llamada revolución de los fármacos basados en análogos de la hormona intestinal GLP-1, entre los que se encuentra Ozempic, ha supuesto un avance significativo, pero no todos los pacientes responden igual. Para Seoane, «la respuesta o no a estas terapias es un reflejo de los distintos procesos biológicos de cada persona. No es adecuado dar un tratamiento que imite una hormona que produce saciedad en una persona en la que ese no es el problema de base».

En su laboratorio, estudian cómo el tejido gástrico e intestinal libera hormonas en pacientes con y sin obesidad, incluidas las personas sometidas a cirugía bariátrica. El objetivo es identificar qué señales están alteradas en cada caso. «Ellos ceden muestras de estómago o intestino y nosotros podemos analizar en ellas cómo se produce la secreción hormonal en cada uno de esos pacientes y compararlo con aquellos en normopeso. Esto no se puede hacer sin investigación básica de laboratorio. Es la base sobre la que se asienta todo el tratamiento farmacológico», remarca Seoane. Entender cómo se produce esta comunicación en diferentes individuos con tipos distintos de obesidad permitirá determinar cuál es la terapia más indicada en cada uno.

Para los pacientes que sí responden a los nuevos tratamientos, el tiempo es otra variable a considerar. «Estamos hablando de fármacos diseñados para tratar una enfermedad crónica como es la obesidad. Y seguramente en muchos pacientes esta medicación tendrá que ser de por vida», explica Seoane. 

En este sentido, se están desarrollando a nivel experimental estrategias terapéuticas basadas en la memoria epigenética, que utilizan patrones dietéticos específicos para cambiar algunas de esas marcas que el ambiente deja en la expresión de los genes. «También se evalúan determinadas moléculas a nivel farmacológico que son capaces de cambiar estas marcas epigenéticas», ilustra.

Más allá de la estética

Las expertas señalan que la diferenciación de la obesidad en sus diferentes subtipos será un paso importante a la hora de separar esta condición del estigma y la carga de los ideales estéticos. Crujeiras subraya en este sentido el impacto social de este cambio de paradigma: «La ciencia nos ha enseñado que no es una cuestión de voluntad, que hay mecanismos fisiológicos que realmente están alterados en las personas con obesidad». Y añade: «No se puede decir que es un problema de actitud del paciente. Tenemos que darnos cuenta de que es una enfermedad crónica, grave y que además es la puerta a más de 200 enfermedades más».

Técnicas novedosas como la transcriptómica, la epigenética, la metabolómica y los análisis masivos de datos están ayudando a subclasificar la obesidad en función de alteraciones específicas. El reto es traducir esa complejidad en herramientas diagnósticas y terapéuticas aplicables en la consulta. Algunas de estas iniciativas ya están en el horizonte y las expertas aseguran que, poco a poco, conforme avance la diferenciación de los subtipos, se abandonará el abordaje único y se avanzará hacia intervenciones personalizadas.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.