Dentro de una unidad de obesidad: «Si un paciente pierde grasa, pero también músculo, se está debilitando»
ENFERMEDADES
En el Complexo Hospitalario Universitario de Ferrol se realiza la impedancia eléctrica, la ecografía nutricional y pruebas funcionales
15 feb 2026 . Actualizado a las 15:31 h.La institución sanitaria más importante del mundo, la Organización Mundial de la Salud, reconoce que la obesidad es una enfermedad multifactorial, crónica y compleja. En las últimas tres décadas, su prevalencia ha crecido de manera significativa, con un impacto en la salud y esperanza de vida. Todo ello la convierte en un motivo de preocupación para los profesionales acostumbrados abordarla, quienes desde sus consultas observan cómo las medidas implementadas hasta ahora para tratarla no han surtido el efecto deseado.
Sin embargo, y pese al posicionamiento de la OMS, la patología sigue conviviendo con creencias sesgadas que afectan a la calidad médica que reciben los pacientes, y los somete a un juicio social. La narrativa tradicional los acusa de una falta de voluntad, les echa la culpa de su exceso de grasa y alude a una falta de autoestima. En otras palabras, que la enfermedad tiene un componente de vicio y, hasta cierto punto, moral. Además, se pone el foco en el peso perdido —o ganado— y en un índice de masa corporal (la relación entre el peso con la estatura) que, para la clínica, resulta obsoleto. Al menos, si se acepta como valor único.
Para lograr lo contrario, por ejemplo, que optimizar la calidad de vida o no perder mucha masa muscular vaya por delante del peso, la medicina que aborda la obesidad propone nuevas formas de medirla y de entender su carácter heterogéneo y origen multifactorial. El Complexo Hospitalario Universitario de Ferrol, un hospital de tamaño mediano, cuenta con una unidad puntera en esta materia. Dentro del área de Endocrinología, se abre paso la impedancia eléctrica, la ecografía nutricional, la dinamometría o algo mucho más simple, pero no siempre puesto en práctica, como el test de la silla.
Diego Bellido, jefe de servicio y presidente de la Sociedad Española de Obesidad (Seedo), explica la importancia de todas ellas en una valoración morfofuncional: «No solo nos limitamos al peso y a la talla, es decir, al IMC, sino que intentamos hacer una valoración individualizada, fenotipando bien al paciente y buscando características morfofuncionales», destaca el experto, quien prefiere hablar de enfermedad metabólica crónica adiposa en lugar de obesidad.
Entre sus paredes, se asientan las bases de cómo se estudia la obesidad en el presente y, sobre todo, cómo debe ser en el futuro. El primero de los pasos es fiel a la práctica clásica: la relación entre la cintura y la altura, así como la circunferencia de cintura. Esto sirve para complementar el IMC, que es carente en algunos aspectos, como que no precisa la distribución de la grasa en el cuerpo, y se aplica sin distinguir entre hombres y mujeres, deportistas o no deportistas. En cambio, al incluir la circunferencia de la cintura el experto puede tener una mejor valoración de la grasa abdominal y, por tanto, el riesgo metabólico de la persona. Ahora bien, esta también tiene limitaciones. Es el caso, por ejemplo, de que no es una medida directa del tejido adiposo visceral o que es sensible a la distensión abdominal del paciente. Por ello, destaca el doctor Bellido, el análisis de la enfermedad no se puede entender sin el uso de la tecnología.
Valoración morfofuncional
El camino del paciente en la unidad ferrolana continúa, en línea con esta filosofía, con el uso de la impedancia eléctrica en posición bípeda. Esta permite echar un vistazo al interior del paciente, sin pruebas invasivas. El principio es sencillo: el cuerpo humano conduce la electricidad. Los dispositivos de bioimpedancia hacen pasar una corriente eléctrica muy débil —imperceptible para la persona— y analizan cómo atraviesa los distintos tejidos. No todos reaccionan igual. El músculo y el agua conducen bien la electricidad, mientras que la grasa ofrece mayor resistencia.
A partir de esa diferencia, el aparato calcula cuánta agua corporal total tiene el organismo y estima la llamada masa libre de grasa, que incluye músculo, órganos, huesos y líquidos corporales. Restando esa cifra al peso total se obtiene la masa grasa.
El sistema se ha ido modernizando. El de Ferrol ofrece, incluso, la composición corporal por segmentos, es decir, los brazos, las piernas y el tronco, lo que aporta información más detallada sobre la distribución del tejido adiposo. Además, esta técnica ofrece otro dato menos conocido pero clínicamente relevante: el ángulo de fase. Se obtiene a partir de los mismos parámetros eléctricos y se considera un indicador indirecto de la salud celular. Un ángulo de fase bajo puede asociarse a malnutrición o a determinadas enfermedades, mientras que valores más altos suelen relacionarse con una mejor integridad de las membranas celulares y mayor masa celular activa. «Obtenemos valores que luego podemos trasladar a un informe personalizado, donde está la valoración de la fuerza y de la potencia muscular. La grasa sin músculo no hace nada, es como el yin y el yang», aclara el doctor Bellido.
Siguiente paso: momento para la ecografía nutricional. Es económica, portátil, no tiene radiación y es fácil de manejar. Pero lo más importante es que permite observar, de manera directa, cómo se distribuye la grasa en el organismo. «Con ella, obtenemos un informe tanto de la grasa como del músculo, en cantidad y calidad», precisa el presidente de la Seedo, que a su vez, detalla que no se trata de una ecografía diagnóstica, sino de medida, que se realiza en el gabinete de valoración morfofuncional.
Cristina Porca, nutricionista de la unidad y vocal de la Seedo controla la medida. Ella se encarga de realizar todas las pruebas con el paciente. En el abdomen, la ecografía permite diferenciar la grasa subcutánea, que es la más superficial, de otros compartimentos más profundos. Entre ellos están la grasa preperitoneal, la grasa visceral —como la omental, que rodea los órganos dentro de la cavidad abdominal— y la grasa perirrenal, situada alrededor de los riñones en el espacio retroperitoneal. Todas forman parte de lo que se conoce como adiposidad visceral, es decir, la que se acumula en el interior de la cavidad abdominal.
Esta distinción no es menor. Los depósitos de grasa más profundos se consideran predictores de complicaciones metabólicas, como diabetes tipo 2 o enfermedad cardiovascular, lo que convierte a la ecografía en una herramienta útil no solo para medir cantidad de grasa, sino también para estimar el riesgo.
A continuación, con la ecografía, Porca pasa a también evaluar el músculo. Mide el grosor del recto anterior del cuádriceps, uno de los principales músculos del muslo. «Los resultados permiten establecer una posibilidad de carga personalizada en el tratamiento», precisa Bellido, a lo que Porca añade: «A partir de la cantidad de músculo, podemos planificar el estímulo de ejercicio que se le puede dar». La medicina de precisión ha llegado también a la consulta de obesidad.
La relevancia de la fuerza
Último punto. La fuerza y la capacidad funcional. El paciente con obesidad puede tener dificultades para desempeñar actividades del día a día, como vestirse, ponerse los zapatos o el cuidado de la higiene personal. Es más, dedican casi el triple de tiempo a estas tareas cotidianas en comparación a una persona de la misma edad en normopeso. El riesgo de caídas es mayor y, además, la enfermedad en sí es un factor de riesgo para el desarrollo de artrosis en rodilla, cadera o mano. Por todo esto, en una valoración morfofuncional, resulta fundamental que se mida el estado y evolución de la capacidad física de la persona.
En el CHUF, optan por la prueba de la silla. El paciente debe levantarse y sentarse cinco veces del asiento. «Se hace como complemento a las pruebas clásicas. Existen muchas variantes, pero elegimos la de la silla porque es más accesible en la práctica clínica y más fácil de estandarizar. Esto permite tener un estudio más dinámico y profundo de la fuerza y la potencia de la persona», contempla el especialista. La tarea se cronometra. Al principio, el paciente va despacio. Le cuesta. A medida que se produce la mejora de la composición corporal, lo hace más deprisa. A los expertos, esta valoración les habla de funcionalidad. «Estamos hablando de un paciente metabólico. Nos interesa valorar los criterios de salud global, no solo de kilogramos, entre ellos, la capacidad de moverse», destaca el jefe de servicio.
La sentadilla tiene un porqué: «El primer músculo que se afecta en una persona cuando pierde masa muscular es el recto anterior del cuadríceps, que es el que te hace levantarte de la silla», detalla. Cuando el paciente no es capaz de hacerlo significa que la funcionalidad está alterada.
Para medir la fuerza, también hacen uso de la dinamometría, que calcula la fuerza de agarre. «Cuando uno pierde peso, va a perder masa muscular. Pero hay que minimizar este fenómeno», cuenta Bellido, quien precisa que se trata de encontrar «un punto de partida inicial y evolutivo».
Así que, para conocer el progreso, medirlo es indispensable. «El músculo es vida. La persona envejece al perderlo y llega la fragilidad. Es decir, si a un paciente de obesidad le hacemos perder peso, pero también pierde mucha masa muscular, lo estamos haciendo frágil», reconoce. Para prevenirlo, la dieta y el ejercicio están en la base. Se les suma, en la actualidad, el tratamiento farmacológico siempre y cuando esté supervisado por un profesional y el paciente cumpla los requisitos. «Con ellos, conseguimos reducciones de hasta el 20 %». Se trata de un cambio que ha llegado para quedarse. «Antes parecía que la única opción para pacientes con mucho exceso de peso era el tratamiento quirúrgico», recuerda. Hoy, cuentan con más alternativas. Eso sí, siempre con una monitorización que les permita valorar que los cambios que se hacen son positivos.